*

Culto
De la cordillera al mar: cuando Los Jaivas llevaron Los Andes hasta el Lollapalooza de Chicago

De la cordillera al mar: cuando Los Jaivas llevaron Los Andes hasta el Lollapalooza de Chicago

Por petición explícita de Perry Farrell, la segunda banda de rock más longeva del mundo encumbró su espíritu en la edición original del festival.

“Venimos de Chile, de Sudamérica y esperamos que disfruten nuestra música”.

2012. Diez días antes de celebrar medio siglo de música, Los Jaivas, banda histórica, el zorro viejo de la música chilena, se plantó como humildes desconocidos en el escenario más grande del Lollapalooza Chicago.

El horario, ingrato. Un cuarto para las una de la tarde. El tiempo asignado, poco: apenas 45 minutos.

Partir con un instrumental parecía imperioso para poner en contexto a cientos de corajudos gringos que se acercaron a la explanada. Algunos dateados con que verían una banda de culto, otros acudiendo al llamado de un beat que les parecía extraño.

Convencidos, se despacharon los 15 minutos de “Tarka y Ocarina”. Era la forma de despuntar con fuerza la energía de Mutis, Parra y compañía.

De fondo en el escenario la bandera mapuche. De frente, un par de tímidas banderas chilenas haciendo presencia en la inmensidad.

Pero la historia había comenzado meses antes, tras la presentación de la banda en el Parque O’Higgins. Perry Farrell, mente tras el festival, quedó atónito al verlos en acción.

Llevarlos a la cuna del Lollapalooza se convirtió en su máxima obsesión. Y cumplió.



4 de marzo de 2012.

La holgura con que Los Jaivas realizan sus shows en Chile queda atrás con la urgencia del tiempo. En Chicago, los relojes corren más rápido y las ansias de un debut tras 50 años arriba de un escenario no dan espacio a letargos.

Así desfilan otras cinco canciones cuidadosamente seleccionadas. “Vengo de la cordillera al mar/ voy de paso por este lugar”. El vozarrón de Carlos Cabezas, elegido para llenar el zurco irreparable que dejó la partida del Gato, retumba en el Grant Park.

Mario Mutis, al bajo, se daba el lujo de aleonar al público en un inglés intencionalmente atarzanado.

“¡Hágase la luz, que alumbre esta tierra negra!”, gritan como si fuera la primera vez en “Pregón para iluminarse”.

La prosa de Neruda invoca una poderosa muerte en medio del infernal calor del verano americano.

“Entonces en la escala de la piedra he subido/ Entre la atroz maraña de las selvas perdidas”, la inmensidad de Los Andes se instala en una ciudad que sólo conoce las cumbres de sus edificios. Siguió, como en el disco, “Amor americano”.

“Mambo de Machaguay”, en una de las reversiones más gloriosas del clásico peruano, también se ganó su lugar en el setlist. Después de la reflexión, Los Jaivas siempre se han encargado de la fiesta.

Al final, con un montón de rubios sin polera a sus pies, la barrera idiomática, las costumbres que no son tal en un lado ni en el otro y la chapa de extrenticidad con la que era vista el show desaparece.

El cliché de “Todos juntos” vuelve como un racconto de la grandeza del zorro viejo, de la banda histórica, del medio siglo de música, de la institución hecha carne viva.

Reverencia y para la casa. Los desconocidos vuelven a tomar su lugar en la historia.


Sobre el autor:

Raúl Álvarez |
Periodista. En Twitter es @Causaruido.