Culto
Los perros: carencia de empatía

Los perros: carencia de empatía

Sin demasiadas sorpresas y con muchos clichés referentes a toda una clase social, la película no logra la urgencia encerrada en su tema, como tampoco mantener del todo nuestra atención.

En Los perros, segundo largometraje de ficción de Marcela Said, conocemos a Mariana (Antonia Zegers), una mujer de 42 años que vive su vida con algo de aburrimiento debido a que no posee preocupaciones y las cosas que le deberían preocupar, simplemente no la inquietan.

Hija de un importante empresario (Alejandro Sieveking), está casada con Pedro (Rafael Spregelburd). Ambos hombres la subestiman y la tratan como si fuera una adolescente mimada. En gran parte esto es cierto. Mariana es una mujer mimada, que siempre ha tenido lo que quiere y nunca ha conocido el no como respuesta.

En sus ratos libres, los que son muchos, toma clases de equitación bajo el mando de Juan (Alfredo Castro), un ex militar algo taciturno y con un pasado oscuro. Cuando Mariana se entera que Juan está acusado por crímenes contra los derechos humanos, comienza una tímida exploración en el pasado de la gente que conoce.

Los perros cuenta con dos sólidas actuaciones de su dúo protagónico. Zegers y Castro interpretan sus papeles con sutilezas, en roles llenos de ambigüedades morales y emociones contenidas. En esto Said se muestra segura y lleva a sus protagonistas por lides más que atendibles. Donde Los perros no logra funcionar, es en el interés que debe despertar en el espectador.

Mariana, quien está virtualmente en todo fotograma de la cinta, es una mujer burguesa que ha tenido todo en la vida. Cuando algo no le ha gustado, simplemente lo ha cambiado o ha hecho la vista gorda. Esto sucede con su matrimonio, absolutamente sin amor ni afecto. Ocurre también con su supuesto trabajo, en una galería de arte a la que casi nunca la vemos asistir. Y en su familia, con una historia más que turbia por parte de su padre durante los años de la dictadura militar y de la cual ella ha preferido no enterarse.

Said utiliza a Mariana como una alegoría de todo un sector de la población que ha elegido hacer la vista gorda frente a varios temas, convirtiéndose en cómplices pasivos, tema que ya había tratado en su documental El Mocito. Pero acá se extrañan sutilezas y matices en su presentación al espectador, porque por muy equivocada que esté Mariana en su actuar – y claro que lo está – se necesita crear un vínculo con ella, lo que nunca ocurre. Ella no inspira simpatía ni compasión alguna. Tampoco se entiende su motivación por la mini investigación que comienza. ¿Es de aburrida? ¿Es porque realmente quiere develar aquel pasado?

Sin demasiadas sorpresas y con muchos clichés referentes a toda una clase social, Los perros no logra la urgencia encerrada en su tema, como tampoco mantener del todo nuestra atención.

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