Culto
Pearl Jam: regalones de la casa

Pearl Jam: regalones de la casa

Los de Jeremy no son sólo unos “sobrevivientes” del grunge, etiqueta que quizás abandonaron a la altura de Vitalogy (1994). El quinteto es básicamente un clásico.

Los escuchan más en Santiago que en su natal Seattle. El dato de Spotify es elocuente y no hace más que confirmar lo que han demostrado en sus distintos pasos por el país: que lo que genera Pearl Jam por estos lados es una devoción muy especial.

Quizás tiene que ver con atributos particulares. Esto de ser una banda sobreviviente de una escena que tuvo muchos caídos y de ser un conjunto que conecta de manera especial con su público, entre otras cosas por la cortesía de convertir cada uno de sus conciertos en una experiencia nueva. Y a lo mejor eso explica que sea Santiago el lugar escogido para estrenar esta nueva gira que los tendrá dando vueltas por el mundo durante los próximos meses y que hasta presentará un nuevo sencillo, “Can’t deny me”, editado recién el pasado fin de semana.

Otra explicación puede venir desde el perfil del grupo que lidera Eddie Vedder. Una banda que hace años dejó de ser de gusto exclusivamente rockero y que fue ampliando su audiencia de acuerdo a cómo fue modificando o suavizando su propuesta. Sin registros recientes realmente relevantes, su permanencia se ha ido acomodando a un estilo que en los 80 se conocía como AOR. Sí, es probable que Pearl Jam sea el Journey de esta época. Un grupo de paladar adulto y con suficiente oficio como para satisfacer a aquellos que todavía valoran a los que tocan en serio y con energía.

Y la tercera teoría puede venir desde una cosa generacional. Los que fueron jóvenes en los 90 están hoy en posición y en condiciones económicas, entre otras, como para agotar en cosa de horas las entradas para su show de esta noche en el Movistar Arena o repletar recintos de mayor convocatoria como pasó en San Carlos de Apoquindo, en 2005, el Estadio Monumental, en 2011, y el Estadio Nacional, en 2015.

Los de “Jeremy” no son sólo unos “sobrevivientes” del grunge, etiqueta que quizás abandonaron a la altura de Vitalogy (1994). El quinteto es básicamente un clásico. Así como en los 90 era clásico Led Zeppelin. Hoy en plena edad del plástico, los de Seattle cultivan una transversalidad que atrae a distintos púbicos. Y sí, quizás hoy son más blandos y menos rockeros que antes y sus discos se han vuelto algo repetitivos y carentes de urgencia. Pero ahí están con una entrega que ya se quisieran los más jóvenes. Y un arrojo que escasea en el mundo del pop actual donde todo esta quirúrgicamente calculado.

Todavía con Pearl Jam resiste la idea de la experiencia. De un riesgo que ya no es creativo sino de puesta en escena. Y eso en un mercado que ya ha visto suficiente como el chileno, es algo que se valora especialmente. Una banda de rock que no claudica aunque no sea tan rockera. Un grupo que aún sabe cómo golpear fuerte y seducir con las baladas. Para muestra un botón, el de Kramer en Viña del Mar, imitando a Vedder, cantando “Yellow Ledbetter”, y provocando una ovación que a muchos hizo pensar en lo bien que les iría si alguna vez subieran el escenario de la Quinta Vergara. Y quién sabe en el futuro.

Lo claro por ahora es que al igual que U2, Iron Maiden o Faith No More, entre otros, Pearl Jam también es un regalón de la casa.

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