*

Culto
Perry Farrell y el despegue de Lollapalooza

Perry Farrell y el despegue de Lollapalooza

El Big Bang ocurrió en 1991 y fue idea del cantante de Jane’s Addiction. Cuando Farrell lideraba una banda que se codeaba con la escena punk y artística de Los Ángeles, pensó que podían "agarrar a toda esa gente del underground y despegar con ellos".

Aunque con cierto delay, la información llegó hasta Chile en forma de revistas y programas que ya no existen: cuando Perry Farrell llamó a sus amigos Trent Reznor, Henry Rollins y Siouxie para armar la primera edición de Lollapalooza, el-hijo-de-un-joyero-del-barrio-de-Queens-que-se-había-ido-de-casa-para-surfear tenía amasada una idea de festival. La palabra Lollapalooza se había prendido en su cabeza como un cartel de neón.

“Cuando nos estábamos yendo para arriba con Jane’s Addiction, la gente que estaba con nosotros eran punks, artistas, gays; y nosotros sabíamos que condensábamos algo que realmente se estaba gestando”, escribió Perry Farrell en el libro The ‘90s: the inside stories from the decade that rocked, publicado en 2010 por Rolling Stone. “Yo empecé Lollapalooza en 1991”, continuaba Ferrell, “porque pensé que podíamos agarrar a toda esa gente del underground y despegar con ellos”.

Farrell había oído esa palabra en un capítulo de Los Tres Chiflados, y le agradó porque hacía referencia a “algo inusual y extraordinario”.

A pesar de la larga tradición de festivales en Estado Unidos —Woodstock, Monterey Pop, Altamont—, un evento musical como Lollapalooza no era exactamente algo usual para la época. Desde los 60 que la música no se percibía como algo tan importante para la cultura joven. Y Farrell parecía la persona indicada para aprovecharlo: algo de su personalidad hacía que las cosas orbitaran alrededor suyo con naturalidad.


Farrell junto a su esposa, Etty Lau.

No es casual que Lollapalooza haya comenzado en 1991, el año en que se editó Nevermind de Nirvana y se implementó el sistema SoundScan para monitorear las ventas de discos y el volumen de rotación de los videos musicales, algo que propaló a toda una nueva generación de músicos independientes, evitando que a las grandes disqueras le resultara tan sencillo manipular los resultados y las etiquetas de los discos para favorecer a las superestrellas como U2, Michael Jackson o Madonna.

Tan importante era Lollapalooza que, para 1994, cuando Perry Farrell estaba en Venice Beach hundido en su adicción a la heroína mientras, a unas cuadras, Kurt Cobain se escapaba de una clínica de rehabilitación para terminar dándole un final anticipado a la década después de apretar el gatillo de una escopeta Remington en su boca, los de Seattle debían tocar poco después como número principal del festival.

Lollapalooza significó el evento que mejor representó la música emergente de los 90, y su impacto, auge y caída durante esa década fue tan definitivo en la cultura popular que hasta Matt Groening le dedicó un histórico capítulo de Los Simpson.


Lollapalooza filtrado por Los Simpson.

A pesar de surgir y morir junto a la Generación X, tanto Farrell como Jane’s Addiction y su idea de Lollapalooza siguieron representando otros asuntos durante la década actual. Cuando el evento inauguró sus exitosas escalas en Sudamérica, en un lugar apartado como Santiago de Chile —hasta donde llegó el músico en 2011 para dar pie a la primera edición del festival fuera de Estados Unidos—, Lollapalooza se volvió el más importante de la cartelera y transformó a la ciudad en una atractiva plaza para disfrutar de conciertos al aire libre cerca de las comodidades que brinda una ciudad como la capital chilena.

Hace 26 años que Eddie Vedder se tiró al público en la segunda edición del Lollapalooza original, llevando el stage-diving, esa acrobacia underground, a la escala de los grandes festivales como un bautismo de masividad.

Cuando cierre la noche del viernes 16 de marzo en Chile, la voz de Pearl Jam mostrará la intensidad de ese vuelo que Farrell comenzó en 1991, cuando pensó que podía “agarrar a toda esa gente del underground y despegar”.


Eddie Vedder en 1992.
Sobre el autor: