Culto
Pritzker premia la arquitectura social del indio Balkrishna Doshi

Pritzker premia la arquitectura social del indio Balkrishna Doshi

El arquitecto y docente de 90 años es el primer indio en recibir la distinción. Destaca por su compromiso urbano y medioambiental en la construcción de viviendas.

Tal vez sea Sangath, que en el vocablo sánscrito quiere decir “acompañar o moverse juntos”, el edificio que mejor sintetice la visión arquitectónica del indio Balkrishna Doshi (1927). Construido en 1980 en Ahmedabab -la séptima ciudad más poblada de la India-, se trata de su propio estudio que también funciona como escuela, y resalta por una serie de bóvedas de grandes arcos, revestidos en mosaicos de porcelana, donde conviven canales de agua, superficies reflectantes y un pequeño anfiteatro cubierto de vegetación.

“Todos los objetos que nos rodean y la naturaleza misma -las luces, el cielo, el agua y la tormenta-, todo es una sinfonía. Y esa sinfonía es de lo que se trata la arquitectura”, decía ayer Doshi poco después de que se anunciara en Chicago (EEUU) su distinción como Premio Pritzker 2018, sindicado como el Nobel de la Arquitectura. “Mi trabajo es la historia de mi vida, continuamente en evolución, cambiando y buscando eliminar el papel de la arquitectura y mirar solo a la vida”, añadía quien recibirá como parte del premio US$ 100 mil.

Doshi, de 90 años, el primer indio y el profesional con más edad en recibir la distinción, lleva casi 70 años promoviendo la idea de unidad entre los conceptos de urbanismo, paisajismo y arquitectura. En los más de 100 edificios y barrios que él y su estudio han levantado en India, demuestra su preocupación por integrar la arquitectura en la vida cotidiana de su país, respetando por sobre todo su cultura, pero también respondiendo a las necesidades urbanas a través de la tecnología moderna.

Si en 2016 se premió con el galardón los proyectos reconstructivos del chileno Alejandro Aravena y en 2017 se distinguió la combinación de naturaleza y valores locales de los españoles Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta, en esta edición el premio ha recaído en uno de los arquitectos más comprometidos con la sociedad y la sustentabilidad.

Tom Pritzker, presidente de la Fundación Hyatt, que patrocina el premio y lo entregará oficialmente en Toronto (Canadá) el 16 de mayo, lo explicaba ayer así: “Su arquitectura explora las relaciones entre las necesidades fundamentales de la vida humana, la conexión con uno mismo y con la cultura, y la comprensión de las tradiciones sociales en el contexto de un lugar y su entorno”. Luego agregaba: “(Su trabajo) es una muestra del arte de la arquitectura, a la vez que un servicio inestimable para la humanidad”.


De Kahn a Le Corbusier

Conocida es la frase de Doshi “el diseño convierte refugios en hogares, viviendas en comunidades y ciudades en imanes de oportunidades”. Sin embargo, no siempre tuvo arraigado el sentido de responsabilidad social, económica y medioambiental frente a la construcción de viviendas.

Estudió arquitectura en Bombay, para luego con 24 años emigrar a París, donde permaneció por cuatro años. Fue ahí donde conoció al suizo-francés Le Corbusier, de quien hoy reconoce su influencia. “Sus enseñanzas me llevaron a cuestionar la identidad y me instaron a descubrir una nueva expresión regional y contemporánea para formular un hábitat sostenible y holístico”, admite.

Fue con él con quien diseñó sus primeros edificios en India, específicamente en la ciudad de Ahmedabab, donde construyó y fundó, las escuelas de arquitectura y urbanismo que dirigió durante décadas.

Si de Le Corbusier admite haber aprendido el lenguaje moderno y el uso de hormigón, también reconoce las enseñanzas que dejó en él el arquitecto estonio Louis Kahn, cuando construyó el Indian Institute of Management. Con una clara tendencia a la monumentalidad e influencia de las antiguas ruinas, de Kahn aprendió que lo arcaico depurado mantenía su vigencia.

Hoy sus construcciones así lo demuestran. Es autor, por ejemplo, de las viviendas sociales Atira en Ahmedabad, que datan de 1958, uno de sus primeros proyectos en el que la huella de Le Corbusier para depurar el lenguaje arquitectónico convive con la atención a los problemas de la ciudad. También del Teatro Tagore (1967) de la misma ciudad, uno de sus inmuebles más expresivos que demuestra cómo supo interpretar el brutalismo y potenciar el mensaje de los edificios de hormigón desde la tradición local.

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