Culto
Primal Scream: por las cuerdas

Primal Scream: por las cuerdas

El viernes, Primal Scream salió adelante apelando al cariño, pero hay mejores shows para recordar.

Alejandro Paz & Los Resentidos concluyen su teloneo con un repertorio original que se rinde a Depeche Mode mientras el público que merodea en la explanada de Matucana 100 conversa y busca algo para beber. Luna llena, aún queda verano, noche perfecta para ver nuevamente a Primal Scream. En 2016 protagonizaron el festival Primavera Fauna, y en esta cuarta visita son el preámbulo de la segunda versión otoño del evento con fecha en mayo.

Los escoceses aparecen y, sorpresa, falta un integrante.

Desde Buenos Aires, donde tocaron el jueves, se reporta que la bajista Simone Butler se ha intoxicado. Reducidos al líder Bobby Gillespie, el guitarrista Andrew Innes, el batero Darrin Mooney y Martin Duffy en las teclas, Primal Scream en formato cuarteto fue como un auto con tres ruedas.

A no mediar que el artista al frente sea The Doors o Alain Johannes trío, increíble cuánto se puede resentir la performance de un grupo rock en vivo si no tiene la presencia fundamental de un bajo.

En varios temas los baches se taparon sin pudor con pistas. En otros no quedó más remedio que poner al baterista a marcar el tiempo con más energía desde el bombo, un truco que merece pase a retiro en las estrategias del rock en directo.

En la estructura musical de Primal Scream no se trata de las individuales pero bajo y batería llevan el groove, la frecuencia lisérgica y el pulso del trance. El viernes la mitad de ese equipo no estaba. Ya en 2011 la salida de Mani fue sensible para el grupo en imagen y musicalidad. Ahora, sin Simone Butler por una situación extraordinaria, Primal Scream salió airoso a lo sumo.

Bobby Gillespie sigue dueño de ese carisma que personifica al rock star que se puso hasta las cejas. Aunque dio vuelta la página, las drogas no eran la causa de su singular dominio del escenario. Esmirriado, como un muñeco a punto de desarticularse y sin poseer una gran voz, Gillespie es un convertido a la fe del rock, esa que dicta que cualquiera puede ser una estrella. En “Jailbird”, el segundo tema de la noche, ya se había quitado la chaqueta para quedar con una camisa plateada atrayendo las miradas. Pero en “Shoot speed/Kill light”, un temazo de XTRMNTR (2000) ni su presencia ni los presagios de la guitarra podían suplir la ausencia del bajo orgánico, que precisamente en ese corte carga con el riff central. El público reaccionó entusiasta a “Kill all hippies”, otro clásico de aquel álbum, una canción de la que Kasabian sacó molde sin disimulo para su disco debut.

A partir de “Higher than the sun” el concierto se ralentizó y se volvió algo somnífero. Los decibelios y la energía se reactivaron hacia el remate con “Swastika eyes” y una seguidilla de clásicos como “Loaded”, recibida con vítores y el público intercalando el coro característico de “Sympathy for the devil” de los Stones; luego la guitarra afilada de “Country girl”, y la magia eterna de un título como “Rocks”.

Las canciones pueden ser buenísimas y Bobby Gillespie la adorable encarnación del rockstar. El recuerdo del viernes también se enmarca como el reencuentro con un nombre legendario. Ninguno de esos méritos puede ocultar la desidia de actuar con un integrante menos y soslayar su aporte fundamental como si no pasara nada. Primal Scream salió adelante apelando al cariño, pero hay mejores shows para recordar.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras