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Culto
Una mujer fantástica: cuando te veo no sé lo que veo

Una mujer fantástica: cuando te veo no sé lo que veo

Dentro del traje de filme político, la columna vertebral de la última película del director Sebastián Lelio es la silenciosa resiliencia de una mujer que canta.

Su nombre es Marina (Daniela Vega), trabaja como mesera durante el día y por las noches se las arregla como cantante en un club. Entre medio, mantiene una relación con Orlando (Francisco Reyes), un sastre burgués veinte años mayor que abandonó su familia para irse a vivir con ella, una mujer transgénero.

De repente, el romanticismo moderno deviene en un infierno clásico: el hombre muere de manera súbita, la policía sospecha de la mujer y la familia del muerto persiste en hacerle la vida imposible.

“Cuando te veo no sé lo que veo”, le dice Sonia (Aline Kuppenheim), la esposa anterior de Orlando, a Marina. Ella, la protagonista de una película que rescata la estética del centro de Santiago, tal vez rabiosa, tal vez contrariada —esto no lo sabemos—, apenas reacciona.

En el esqueleto más íntimo de Una mujer fantástica parece haber una contradicción vital: Marina, entre largas pausas y miradas perdidas, parece absorber la violencia sin palabras ni sonidos. Marina, cuyo oficio es el canto, responde con silencio. ¿Qué pasa con su voz?

No es casual la presencia de Vega en el rol de Marina. Cuando escribieron Una mujer fantástica, Gonzalo Maza y Sebastián Lelio hicieron una película pensando en Daniela. Solo la cantante lírica y actriz transexual podía protagonizar esta historia cosida a su medida.

Una cinta capaz de enseñarnos nuevas formas de observar lo que vemos y de, por qué no, ponerle nombre a aquello que sentimos y que no sabemos cómo nombrar.

Ahora, hay otro momento de la película en donde se ven las costuras: uno en que Marina interpreta “Ombra mai fu”, el aria que abre la ópera Jerjes presentada por Händel en 1738.

Una pieza desgarradora, acaso una plegaria que resuena como el lamento de la esposa del guerrero caído en batalla:


Sin embargo, su lectura trata de otro asunto mucho más banal: es el canto del rey de Persia mientras descansa bajo un árbol, a quien le agradece por la sombra que le brinda.

Una mujer fantástica, como el propio realizador explicó a Culto, es también un juego entre categorías (“el thriller, el cine de fantasmas, el drama, es decir una película transgénero”) que opera como una intromisión insolente con cierta sociedad chilena y actual.

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