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El gran momento del cine chileno

El gran momento del cine chileno

Esta noche, Sebastián Lelio puede hacer historia y dar a Chile su primer Oscar a Mejor Película Extranjera, pero el director de Una mujer fantástica no está solo: forma parte de una generación de realizadores que ha logrado proyección internacional, atención de la crítica extranjera y un reconocimiento sin precedentes para el país.

El año pasado, la revista Variety anunció el surgimiento de Chile “como el principal país cinematográfico de América Latina” y destacó el estreno de la cinta Los perros, de Marcela Said, en la Semana de la Crítica de Cannes 2017 y de otros tres títulos locales en las principales secciones. Dentro de Latinoamérica, sólo Argentina se comparaba en presencia. Gracias a este peso internacional que ha logrado la “generación dorada” de directores nacionales, el cine chileno marca agenda, construye audiencias y cosecha premios por donde pasa.

Sebastián Lelio ganó el Goya a Mejor Película Iberoamericana el 3 de febrero pasado por Una mujer fantástica, y la actriz Daniela Vega fue ovacionada en la ceremonia gracias a su frase de batalla: “Rebeldía, resistencia y amor”. La cinta ya se había adueñado del Oso de Plata a Mejor Guión del pasado Festival de Berlín y Gloria, filme anterior del director, obtuvo el Oso de Plata a Mejor Actriz para Paulina García en 2013.

Ese mismo año, Pablo Larraín hizo historia y fue nominado a los Oscar por No -primera cinta chilena finalista a este premio-, luego a los Globos de Oro por El club en 2015 y Neruda en 2016. No también triunfó en la Quincena de Realizadores de Cannes 2012.

Para su generación este camino lo empezó a abrir La nana, de Sebastián Silva, que consiguió el Gran Premio del Jurado en Sundance 2009 y fue la primera cinta criolla nominada a los Globos de Oro.

De forma inédita, la filmografía local comenzó a concentrar la atención de la crítica extranjera y a conseguir reconocimientos históricamente esquivos para los realizadores nacionales.

Así, La vida de los peces, de Matías Bize, lograba el Goya a Mejor Película Iberoamericana 2011. La ambición chilena prosiguió con Joven y alocada, de Marialy Rivas, Mejor Guión de Drama en Sundance 2012, galardón que pasó a la posteridad al ser agradecido por su guionista, Camila Gutiérrez, con un elocuente: “Gracias. Tengan mucho sexo”.

El realizador Fernando Guzzoni estrenó en 2012 Carne de perro, donde Alejandro Goic encarnaba a un ex militar involucrado en violaciones a los derechos humanos. La cinta obtuvo premios en San Sebastián y Toulouse. El cine nacional siguió exhibiendo su musculatura con El futuro, de Alicia Scherson, primer largometraje basado en un libro de Roberto Bolaño (Una novelista lumpen) y premio de la crítica en el Festival de Rotterdam 2013, y Matar a un hombre, de Alejandro Fernández Almendras, Mejor Película en la categoría Cine Mundial en Sundance 2014.

Alfredo Castro -actor de seis películas de Larraín y de Los perros, que se estrena el 15 de marzo en Chile- celebra esta metamorfosis generacional. “Tienen una mirada personal, original y privada que logra integrar la realidad local al imaginario universal, mundial”, señala. “Recuerdo que el director del Festival de Berlín quedó muy impresionado con El club. Él había sido víctima de abusos por sacerdotes y nos dijo que la película se insertaba en este conflicto a escala mundial por esa clase de atrocidades”, agrega sobre la película que se adjudicó el Oso de Plata del jurado en la Berlinale 2015.

Castro interpretó a un cura pedófilo en El club; al director de la fallida campaña del Sí del plebiscito del 88 en No; al impávido funcionario que presencia la autopsia a Salvador Allende en Post mórtem y al psicópata y doble de John Travolta en Tony Manero. Según el actor, “los personajes de Tony Manero y Post mórtem, seres mínimos, son un símbolo de todo el horror que se vivió a gran escala en el país. Lo mismo ocurre con Una mujer fantástica, que ha instalado en el discurso público las reivindicaciones de la diversidad sexual y la identidad de género como ninguna película chilena lo ha hecho antes. Con Gloria pasó lo mismo al tratar el potente tema de la mujer adulta pero trascendiendo la historia local”.

Para Guillermo Calderón, dramaturgo y guionista de El club y Neruda, estas y otras cintas chilenas destacan en el extranjero al evadir la historia local literal y optar por miradas íntimas y provocativas, menos evidentes. “Es un cine desinhibido, valiente y que no necesita rendirle cuentas a la historia. Estos directores entienden el cine como una forma de mirar al país por dentro”, sentencia Calderón. “Son películas que no tienen ninguna deuda respecto del cine de los grandes centros de producción mundial. Siempre nos dicen que ver cine chileno es una grata sorpresa. Son películas con un vuelo y una estética distinta de nuestros traumas y arrinconamiento cultural, nada predecibles. Una mujer fantástica es un buen ejemplo. Es una película osada y de gran ambición estética”, agrega.

Escépticos y ombliguistas

Hay mucho paño que cortar, indica el crítico Christian Ramírez. “Hay dos directores internacionalizados -Larraín y Lelio-, uno vinculado al mundo indie -Silva-, otro en transición hacia esa ruta -Fernández Almendras- y un talento mayor que ha optado por un camino propio, tan internacional, como nacional y particular: José Luis Torres Leiva”, clasifica Ramírez. “Todos ellos han conseguido algo que les fue muy esquivo a nuestros cineastas del pasado: ir generando obra en más de una década de trabajo intenso y casi sin pausas”, agrega.

A pesar de los premios, los críticos chilenos han renegado de estos directores “prodigio”. “Se les ha acusado, sin mucha razón, de haber despolitizado al cine chileno, de haberlo orientado a los festivales extranjeros, de darle la espalda al gran público, pero en la raya para la suma, muchos de esos reclamos eran apresurados”, señala Ramírez. Y concluye: “La tensión social y política de nuestro cine es aún más fuerte que la de principios de los 2000. Su cine está más interesado en la cosa pública de lo que muchos creyeron al principio. Hay vasos comunicantes entre los filmes y no cuesta encontrar hilos conductores entre ellos”.

Como apunta el crítico Pablo Marín en su libro El cine chileno en democracia, ninguno de estos directores enarbolaron un programa o un manifiesto común, distanciándose del Nuevo Cine Chileno en la UP, pero en los hechos irrumpieron a título de nueva generación y no se dejaría de hablar de ellos como “cineastas centrífugos, excéntricos, astutos, ombliguistas o escépticos”.

La mayoría de estos directores también aparecen descritos en el libro El novísimo cine chileno, donde los editores Ascanio Cavallo y Gonzalo Maza registran el surgimiento, a mediados de los 2000, “de un grupo considerable de cineastas que ha atraído la atención nacional e internacional, y a veces más esta última que la primera, una ironía clásica del último medio siglo”.

Tras el éxito de Gloria, la crítica Carolina Urrutia habla en su libro Un cine centrífugo: ficciones chilenas no sólo de “una sensación de efervescencia y entusiasmo hacia la producción local, sino también de un aparataje, compuesto por productores dedicados exclusivamente a esta labor, por directores de arte y de fotografía especializados, por montajistas y sonidistas”.

Este buen momento también se amplía al documental y la inédita nominación de La once, de Maite Alberdi, como Mejor Película Iberoamericana en los Goya 2016. Un caso aparte es el fenómeno comercial de Nicolás López: Sin filtro es la segunda película chilena más vista en la historia, con 1,3 millones de espectadores, y No estoy loca logró 565 mil en seis semanas. López y su productora Sobras han expandido los límites de su éxito: la versión mexicana Una mujer sin filtro convocó 2,3 millones de espectadores en su primer mes y en España se acaba de estrenar otro remake, Sin rodeos, con Maribel Verdú.

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