Culto
No quiero que me lloren

No quiero que me lloren

Acá todo se monta en torno al rescate de las pistas vocales de Sandro, y así los arreglos originales desaparecen a cambio de cierta uniformidad. La decisión de Dattolli es arropar 12 clásicos del astro con una sonoridad de banda rock orquestada con bronces y cuerdas tan eficaz como anodina, un sonido que puede ser de ahora o de hace 20 años.

Datos. Este álbum se planificó hace 13 años, antes de que la salud de Sandro comenzara a resquebrajarse severamente hasta su deceso en 2010. Era parte de una triada -un disco de poemas, otro de rock y este de duetos- del que solo queda pendiente el segundo. Fue producido por Carlos Dattolli, un músico de larga trayectoria iniciado en los 70 en el dúo artístico argentino Flash. Entre los acompañantes de la voz de Sandro figuran Cristian Castro, Franco de Vita, Alejandra Guzmán, Carlos Vives y Chayanne, entre una docena de artistas de Hispanoamérica, y figuras argentinas como Soledad y Axel.

Acá todo se monta en torno al rescate de las pistas vocales de Sandro, y así los arreglos originales desaparecen a cambio de cierta uniformidad. La decisión de Dattolli es arropar 12 clásicos del astro con una sonoridad de banda rock orquestada con bronces y cuerdas tan eficaz como anodina, un sonido que puede ser de ahora o de hace 20 años. Los músicos son un lujo como se estila. El arranque en batería de Rosa Rosa es digno de la etapa clásica de Iron Maiden. Se puede ver así también: si el disco de rock de Sandro nunca se concreta este es un buen consuelo. La nerviosa y libidinosa energía del Gitano, la grandeza y los excesos de una garganta vibrante y caprina, aún cuela por los parlantes.

Aquella versión de Rosa Rosa no solo tiene esa tremenda batería y a la banda arrollando de inmediato, sino la participación de Cristian Castro, todavía una de las voces más prodigiosas del pop en español de los últimos 25 años, en uno de los mejores cortes de la selección. Franco de Vita pone vena y sudor a Como lo hice yo, mientras las voces de ópera pop de Il Volo timbran convincente dramatismo en Penumbras. Una muchacha y una guitarra sufre una de las transformaciones más logradas gracias a Carlos Vives. Pasa del aire surf latino del original a un torbellino tropical con guitarra eléctrica y acordeón. Chayanne asoma inconfundible en Las manos, en una power ballad donde el boricua resucita el antiguo recurso del spoken word, tan típico de la balada de los 70. Cómo te diré, junto a Soledad, es una tremenda balada y probablemente el mejor complemento armónico de todo el álbum.

Todas esas versiones funcionan pero no sucede lo mismo con “Whole lotta shakin‘ goin’ on”, un experimento que intenta maridar a Elvis Presley con Sandro. Los resultados de poner al maestro con el alumno responden de la misma manera que dos imanes enfrentados al mismo polo, como si ambas voces compitieran desde el más allá sin que ninguna ceda.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras