Culto
Everything Sucks!: cuando la vida es bonita

Everything Sucks!: cuando la vida es bonita

Parece repetida, pero no lo es. Parece sonrojarse por el uso y abuso de arquetipos, pero no lo hace. Parece triste, pero hace reír. Parecen niños, pero están dejando de serlo. Una nueva ficción de Netflix se mete en los noventa para, sin misterios paranormales, golpear directo en la nostalgia.

Chico conoce a chica. Ella es lesbiana.

Everything Sucks!, disponible en Netflix hace un par de semanas, muestra la vida de un grupo de personas que dejan de ser niños y se adentran en ese pasillo oscuro lleno de masturbación, revistas porno y papás entrando en la habitación sin aviso previo que es la adolescencia.

Boring, un pueblo en el que la gente se toma fotos sólo junto al cartel de bienvenida, pero nadie entra -algo así como “Peor es Nada” en Chile- le sirve de escenario a una preparatoria del Estados Unidos noventero que de alguna extraña manera vive en el inconsciente de muchos, sin siquiera haberlo experimentado.

Esa escuela, que se mueve al ritmo de Oasis, llora con Weezer y grita que la vida es bonita con Ace of Base y Duran Duran, es un gran set en el que se desarrolla la batalla entre el “AV Club” y el “Drama Club”. No se asusten, que no hay nada de Glee en esto. Sólo conflictos humanos adornados con referencias a pasajes de los noventa que se sienten menos plásticos e implantados de forma artificial que en cualquier otra serie de Netflix, MTV, Discman y afiches de bandas mediante.


Si en The Get Down el funk anuncia que viene el hip-hop, en Stranger Things el miedo susurra que se viene la adolescencia y en Love suena Wilco para transformar en arpegios de guitarra esa sensación que sólo se puede resumir como “no quiero estar solo”, en Everything Sucks! el tema de fondo es el fluir del tiempo y las heridas que puede cargar cada personaje, que entre todos esos vaivenes debe viajar en el autobús de la escuela, rodar una película o perseguir sus sueños en alguna ciudad que ofrezca algo mejor que la vida de pueblo. La obligación, en medio de ese colegio estadounidense en que la sala de los castigados es lo más parecido a las salas normales de América Latina, no es más que ser alguien para un otro.

La chica es lesbiana, pero el chico muere por ella igual. El resto, puede descubrirse en medio de planos abiertos en que los personajes logran destacar como en “Where is Waldo?”, zoom in, zoom out y un timing exquisito para presentar los conflictos que hacen de Everything Sucks! un intento de hacer lo mismo de siempre, tocando cuerdas tan disímiles como la estupidez del director de la preparatoria -un poco parecido a Michael Scott de The Office, que se sugiere aún más con la mentada dirección de cámara- y hacer frente a las realidades tristes de la adolescencia: amar al que no te quiere y hacer las pases con quien no quieres.


Sobre el autor:

Gabriel Labraña |
Subeditor digital de @latercera.