Culto
Francisco Ortega, escritor chileno: “Los mitos son la verdadera religión de este país, nuestros únicos panteones y demonios”

Francisco Ortega, escritor chileno: “Los mitos son la verdadera religión de este país, nuestros únicos panteones y demonios”

El autor de Logia vuelve a librerías con Dioses chilenos, volumen editado por Planeta en que rescata 17 relatos populares del centro y sur del país, del mítico Diablo chileno al Grial de Calera de Tango. Lo escribió, cuenta el periodista, mientras se recuperaba de un accidente que sufrió el año pasado, y en él optó, por primera vez, dar un giro hacia la autoficción.

Escala obligada en Edimburgo durante su viaje a Berlín. Es agosto de 2017, y Francisco Ortega (43) se echa a andar por el aeropuerto escocés en busca de café y una librería para matar el tiempo. Entra a la WH Smith Books y encuentra una copia de Norse mithology, de Neil Gaiman, “su novela-ensayo de ficción y no ficción, algo así, en que el autor de Sandman ‘recuenta’ los mitos escandinavos”, anota luego. Lee la contratapa y, sin dudarlo mucho, decide comprarlo. Ya en el avión, devora el libro entero y se le vienen a la cabeza las historias que alguna vez escuchó en su Victoria natal. Todas esas leyendas que sus abuelos, las mujeres que lo criaron y hasta los pastores evangélicos que lo vieron crecer y dudar, seguían contándole por años a los niños más curiosos. Como él.

“Pensé: tengo que escribir algo así”, cuenta hoy Ortega en su departamento en Providencia. Pero el periodista y autor de la exitosa Trilogía de los Césares, que desde la aparición de El verbo Kaifman, en 2015, ha vendido sobre los 100 mil ejemplares, ya trabajaba entonces en una nueva novela, Madre Patria, que seguirá los pasos del protagonista de Logia, Elías Miele, y que tendría lista para la Feria del Libro de Santiago de este año. Sin embargo, un accidente cambió sus planes: semanas después de su viaje a Europa, y mientras cruzaba el canal de Beagle de vuelta a Puerto Williams, una ola gigantesca y que por poco voltea la embarcación en la que iba, terminó con la tibia de su pierna derecha quebrada en dos, además de un tobillo trizado.

“La recuperación fue más rápida de lo que pensaba”, dice, rodeado de los dinosaurios de juguete y las figuritas de Star Wars y Marvel que decoran su habitación. “Se suponía que recién a los seis meses iba a estar caminando y lo hice a los tres, y ya no hay dolor. Tampoco quedé cojo, sí con cicatrices, pero bueno, algunos tienen tatuajes y quizás estas marcas le den un poco de onda a mi pierna”, bromea.

Aún se reponía de todo cuando se le abrió una úlcera en el estómago por culpa de los analgésicos. “Esa vez estuve dos días en la clínica. Llegué justo antes de que fuera peritonitis”, recuerda. “Por eso bajé casi 30 kilos, lo que no deja de ser malo (ríe). Hoy estoy haciendo ejercicio, levantándome de nuevo y bien de ánimo. En eso apareció este nuevo libro”, agrega.

Cuatro meses tardó en dar forma a Dioses chilenos, volumen editado por Planeta en el que reúne 17 relatos populares del centro y sur de Chile, y que el 1 de marzo llega a librerías. “No es un libro de ficción. Tampoco es un ensayo de no ficción. Dioses chilenos es folklore y dentro de esa cómoda categoría -advierte en el prólogo-, (casi) todo cabe: lo que es, lo que no es y lo que puede ser”.

Escritor nerd de profesión

El recorrido parte con el relato titulado Génesis, en el que Ortega entrelaza hasta seis versiones distintas del origen del pueblo mapuche. Le siguen, entre otros, La maldición del hombre de cobre, que arranca con el hallazgo del cuerpo momificado de un indígena tras un derrumbe en 1899 en la mina La Descubridora, actual Chuquicamata, y hasta relatos sobre el Diablo chileno y del mítico Grial de Calera de Tango, que fue hurtado de la Catedral de Santiago en 1982 sin que aún se sepa de su paradero.

¿Qué le interesó de estos relatos?

Siempre me sentí atraído por el mito chileno. Una parte de mi familia era muy cercana a los ferroviarios, entonces había en mi casa varias revistas En Viaje y Mampato, donde venían historias de Oreste Plath (a quien dedica este volumen). Suelo decir que este libro lo quería escribir desde que era chico, y lo pensé para lectores de entre 8 y 88 años, porque casi todos los que leí de este tema estaban escritos en un lenguaje muy infantil, casi lúdico, y además porque me interesaba que estas historias se leyeran como quien te está hablando. Por eso tienen diálogo y ese giro más periodístico, y me gustó mucho que quedara así. Siento que después de Sonia Montecino y Oreste Plath no ha habido otro gran cronista del mito chileno.

¿Cuáles son sus historias favoritas?

Las de monstruos y cualquier figura deforme, grande y que diera miedo. Y el Diablo, porque siempre contaban historias del Diablo en el sur, que se cruzaba en el camino y que tenía los dientes de oro. Y bueno, cuando yo me hice cargo de la revista Muy Interesante (en los primeros años 2000), ahí comenzó esta recopilación realmente. En el fondo, Dioses chilenos es el trabajo de 15 años. Algunos son artículos de los que alguna vez se publicaron extractos, o que sirvieron de investigación para algún número especial sobre mitología chilena. Y después los ocupé también para escribir Mocha Dick (2016), Logia (2014) y Andinia (2016). Es como la parte de no ficción de los libros de ficción que he escrito.

Es no ficción en cuanto a la tradición del mito, pero este último sigue en el terreno de la ficción, ¿no?

Exacto, y el libro juega un poco con eso. Es bastante tramposo. Es ficción, sí, pero por el otro lado no lo es, porque hay crónica. Es difícil decir qué es realmente, a menos que creas que exista la Ciudad de los Césares o el Caleuche, que es válido. Yo no quería decir con este libro que estas historias fuesen reales, sino que existen. Pero siempre he creído que los mitos son la verdadera religión de este país, nuestros panteones y demonios, y no pueden perderse. Lo importante es contarlos, y si quieres creer en ellos da lo mismo, pero ahí están y seguirán estando.

¿Por qué esta vez decidió sumarse como un personaje más?

Fue después del accidente en el sur. Entre todos los juegos mentales que uno tiene cuando sufre un accidente, pensé: “¿Y si me hubiera muerto?”. Y aún lo creo: si es que me llega a pasar algo a mis 43 años, yo tengo que contar todo esto. Además, lo que más me gusta de estas historias fue haberlas oído de niño y haber sido parte de un diálogo, de esa misma tradición oral. Por eso quise encarnar a quien escucha, al chileno promedio. Y me pareció además un muy buen ejercicio de autoficción y cruce de géneros, pero sobre todo un cruce estilístico, que me interesaba mucho, aunque sé que es un libro que corre bastantes riesgos.

¿Por qué lo dice?

En la misma historia del Grial de Calera de Tango, la idea de presentar una entrevista inédita a Miguel Serrano, por ejemplo, me conflictuó mucho porque fue un ser complejo. Claro, tú puedes decir que fue un gran escritor y que construyó un Chile mítico, pero su negacionismo del Holocausto y su simpatía con el nazismo, es una cuestión que a mí personalmente me complicaba. Lo entrevisté hace 10 años para la revista Rolling Stone, pero nunca salió el artículo porque la edición chilena se fue acabando, no teníamos páginas. Y justo es la última entrevista que se le hizo, pues seis meses después murió (en 2010). Y cuando estaba escribiendo me acordé que había hablado con él tanto sobre la Ciudad de los Césares como del Grial, y busqué los cuadernos porque él no me dejó grabar. En fin, es algo inédito que tiene este libro.

Ud. publica una o dos veces al año, y ha dicho que tardó dos décadas en vivir de sus derechos de autor. ¿Cómo logra ese ritmo?

Cuando aparece Logia y le empieza a ir bien, comienzo a darme cuenta de que podía vivir de esto, aunque sumado al periodismo y otras cosas. Pero entonces decidí que podía además asumir la figura del escritor profesional, que de paso suele mirarse muy de reojo, y yo creo que eso es una tontera. Yo soy un escritor que tiene un compromiso con sus lectores, que efectivamente publica una o dos veces por año, porque al final esta es una pega y mis lectores me exigen.

¿Cómo se lo exigen?

Me escriben harto, y yo mismo intento comunicarme mucho por redes sociales. Soy súper activo en Facebook, Twitter e Instagram, y trato de anticipar constantemente lo que estoy haciendo, entrego adelantos y hago concursos para regalar ejemplares de distintas ediciones que tengo de mis libros. No me gusta la idea del lanzamiento de libros, eso sí, prefiero ir a las librerías, lleguen dos o 100 lectores, pero estar ahí, porque como te digo, esta es una pega y yo respeto a mis lectores. Aunque sí puede ser que estén mal acostumbrados, y la verdad es que yo he sido el gran culpable de eso.

Los autores bestseller suelen tener una imagen, una personalidad. ¿Cuál cree que es la suya?

(Risas) Yo soy un escritor súper nerd. Mi personaje usa lentes, tiene dinosaurios de juguete, usa poleras de Star Wars y escucha a Steven Wilson. Ese soy, un nerd súper pop. Pop en el sentido de que me interesa el pop, la música, Pink Floyd, por ejemplo, y desde Stephen King a Charles Dickens, o de Paul Auster a un autor de cómics. Creo que mi imagen se asocia a estos thrillers de suspenso, como lo será Madre patria, y también a los más históricos, a los monstruos, al terror y al cómic. Yo he defendido el cómic siempre y lo he hecho durante mucho tiempo. Y es curioso lo que pasa con ellos, porque los premios y la crítica, que suele hacerme mierda por la parte literaria, me levanta por los cómics. Es como si de alguna forma mi literatura artística estuviera en las historietas. Y me fascina.

Sobre el autor: