*

Culto
Concita de Gregorio: cuando las palabras faltan

Concita de Gregorio: cuando las palabras faltan

Desde un hecho de la crónica, la periodista italiana Concita de Gregorio ha escrito una novela que da voz a una madre doliente. El libro se ha hecho una obra teatral que se exhibe en estos días en Francia.

A veces faltan las palabras. En Parece que fuera es primavera se nos recuerda que si uno pierde a su pareja, se es viudo; si se pierde a los padres, huérfano; pero no hay una palabra para quien pierde a un hijo.

Irina Lucidi, abogada italiana, ejecutiva de una multinacional, culta y cosmopolita, vive en Lausana (Suiza). Está casada con un ingeniero suizo-alemán. En 2005, tuvieron dos hijas gemelas. Algo empieza a ir mal; él es un poco “rígido” (deja post-its con instrucciones sobre todo y en todas partes) y el matrimonio se debilita y termina en 2011. Ese mismo año, él se lleva a las niñas de vacaciones, pero las secuestra y desaparece. Días después él se suicida en Italia y le deja a su ex mujer una nota diciéndole que nunca verá a las niñas de nuevo. Ella ya no tendrá más noticias de sus hijas, a pesar de las investigaciones y la atención de los medios.

Parece que fuera es primavera es la transfiguración en novela de esta historia real, escrita por la periodista italiana Concita de Gregorio (Pisa, 1963, ex directora de L’Unità, actualmente escribe en La Repubblica) y que da voz a la madre, a lo que queda de ella, escribiendo incluso algunas cartas imaginarias: a los profesores, a la abuela, los amigos, el padre o el jefe de la policía.

¿Cómo supo del caso?

Irina Lucidi vino a mi casa. Había leído un libro mío sobre la muerte dedicado sobre todo a los niños (Così è la vita. Imparare a dirsi addio, Einaudi) y me pidió una cita a través del periódico. Ella pensó que yo sabría escucharla. No conocía su historia. En los meses en que sus hijas fueron secuestradas yo estaba en el extranjero y poco después mi padre enfermó y murió. No había seguido la historia. De todos modos, Irina no me dijo, cuando pidió la cita, quién era ella. Sólo dijo que necesitaba hablar conmigo. Llegó a casa una tarde con un ramo de flores, una caja de chocolates y una gran sonrisa. Tenía el pelo muy corto, botas de cuero y jeans. Parecía una niña. Puso las flores en agua y propuso cocinar para mí. Le dije que podía estar con ella una hora como máximo. Comenzó a hablar, y se quedó una semana. Fue mi invitada.

¿Por qué decidió darle forma de novela?

Inmediatamente me quedó claro que el tema del que Irina quería hablarme no eran lo “hechos”, sino su estado de ánimo posterior. Irina después de los hechos. Ella necesitaba hablar y yo necesitaba escucharla. Los sucesos en sí -el secuestro de las hijas, el suicidio de su marido- siempre han permanecido en el trasfondo. Ella no los dijo, yo no los pregunté. Lo que nos interesaba no era entender qué había sucedido, sino por qué: qué le había impedido ver, por qué había elegido a ese hombre, cómo se había sentido con él. Y finalmente: cómo se sobrevive a un dolor.

El libro es una tragedia casi griega: una madre privada de sus hijas.

La historia de Irina es una especie de Medea al revés. Es el padre quien la castiga llevándose a sus hijas. Una tragedia griega, pero el negativo de lo que conocemos como arquetipo de tragedia. Es, entonces, una tragedia contemporánea que nos habla de nuestro tiempo.

El ex marido es un poco maníatico, pero no era suficiente para predecir ese resultado…

El aspecto más interesante de la relación de Irina con Mathias es que ella nunca sospechó, casi hasta el final, que estaba en peligro. Las señales de su marido parecían una rigidez normal, pequeñas manías personales o incluso características del lugar donde creció: la Suiza de habla alemana. Hacia Irina, italiana, su marido y su suegra, toda la comunidad, tenían una actitud de denigración y prejuicio que todos los que sienten del norte tienen hacia el sur. Italia es el sur de Suiza. Pero Irina estaba mejor evaluada en su trabajo, mejor pagada, tenía un rango más alto. Era como si hubiera soportado el comportamiento de su marido para no hacerlo sentir disminuido, dentro de la casa, una especie de compensación de la vida pública y laboral.

¿Por qué ella resulta estar tan aislada en Suiza?

El silencio y el prejuicio que rodea a Irina, en Suiza, es el mismo que los italianos tienen con los africanos, los norteamericanos con los mexicanos, cada norte hacia cada sur. Siempre hay alguien más al sur.

“Las palabras son mecanismos de precisión”, dice la protagonista. ¿Son peligrosas las palabras?

Las palabras son peligrosas pero también son la salvación. Este libro cuenta la salvación de una mujer a través de la palabra. La capacidad de decir, contar una historia y compartirla. Existimos solo si somos vistos u oídos por alguien. Existimos en la mirada y en la escucha de los demás. La palabra es lo que nos hace humanos.

Sobre el autor: