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Culto
Casas de Parra

Casas de Parra

En el inventario que se realiza de los bienes de Nicanor Parra están incluidas sus cuatro casas: La Reina, Las Cruces, Huechuraba e Isla Negra. La Escuela de Arquitectura UC hará un taller el 2018 para levantar los planos y materiales de todas ellas. Los profesores a cargo explican aquí de qué se trata. Y el Tololo, nieto del poeta, repasa los recuerdos encerrados en esas viviendas que Parra rearmó a su antojo.

“Entonces mi abuelo dijo ‘uuuhhh’, un sonido que hacía cuando algo le gustaba”. Eso lo recuerda Cristóbal Ugarte, el Tololo. Y ésta es la escena: su abuelo Nicanor Parra entra a su casa en La Reina, después de medio año sin venir, y se encuentra de frente con uno de sus viejos relojes. El más grande, el que está sobre un pedestal, de pie al inicio del corredor. No había sonado en mucho tiempo, pero esta tarde -el viernes 19 de enero-, el reloj sorpresivamente suena.

El poeta se siente feliz. También los que lo rodean. Dos de sus hijos: Chamaco y Colombina. Y varios de sus nietos, entre los que están el Tololo y Josefa Cristalina, a quien el abuelo, bueno para los sobrenombres, llamó Lina Paya. Nadie podía prever que sólo cuatro días después Nicanor Parra iba a morir aquí, en esta casa, en su pieza, a metros del reloj que le había sacado un suspiro de emoción.


Parra, durante una conversación en su casa de Isla Negra.

Hora de inventario

Nicanor Parra siempre hablaba de lo que llamó “Operación inventario”. Lo escribió también en sus cuadernos. Tenía la necesidad imperiosa de hacer un catastro de sus bienes. Una inquietud que se le hizo aún más urgente cuando a mediados del 2017 vino de su casa de Las Cruces a su casa de La Reina y vio el deplorable estado en que ésta se encontraba. Sucia, abandonada, sin cuidados. Primero había vivido aquí su hijo menor, Juan de Dios -a quien apodaba Barraco-, después se habían quedado amigos de él y “al final se la habían tomado unos okupas”, explica Tololo. Era prioritario intervenir.

Entonces empezaron las coincidencias. Uno de los vecinos de Parra en Las Cruces es Emilio De la Cerda, director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica, que es donde estudió el Tololo. Este último se le acercó para pedirle ayuda sobre qué hacer para declarar monumento histórico las casas de Parra. De la Cerda -que antes fue cabeza del Consejo de Monumentos Nacionales- le dijo que lo primero era saber qué había en esas casas. Al igual que Parra, él habló de un inventario. Y ofreció ayuda.

De la Cerda consiguió soporte de la UC para realizar este trabajo titánico. Así, en enero ya se empezó a inventariar la extensa biblioteca del poeta en La Reina. La llamada “Operación inventario” ha incluido también el trabajo del abogado Luis Valentín Ferrada, que ha logrado recuperar varios de los cuadernos de Parra que estaban perdidos. Pero hay más. Durante el 2018 la Escuela de Arquitectura hará un taller de título donde ocho alumnos se enfocarán en las cuatro casas que dejó Parra: La Reina, Las Cruces, Huechuraba e Isla Negra.

“Se hará un levantamiento arquitectónico de ellas. Se tomarán medidas, se harán planos, se verán sus materiales. Como Parra las intervenía de manera constante, hoy existe muy poca información de ellas”, dice De la Cerda, quien dirigirá el taller junto al profesor Pedro Correa. Tololo será el ayudante. Porque este esfuerzo necesita que la arquitectura se conecte con la memoria y los recuerdos familiares que hay en cada casa. Ese link lo dará el nieto preferido de Nicanor.


Una de las tantas puertas de la casa de La Reina.

La Reina íntima

La primera casa que Parra compró fue la de La Reina, en 1958. En la calle Julia Bernstein 272-D, como lo dice un cartel con la letra del poeta que aún está a la entrada. Hoy esta parcela está rodeada de condominios, pero cuando Parra la compró era sólo campo en la punta del cerro.

Para llegar a la casa hay que subir un empinado camino de tierra. En la ruta está el viejo esqueleto de un Volkswagen escarabajo blanco. Cerca hay una silla y un platillo de batería sobre su atril. Luego se entra a una terraza de piedra, con una mesa y dos sillones de fierro forjado. La reja alrededor la forman respaldos de cama de bronce.

Es viernes 19 de enero y el Tololo aún no llega. Fue a buscar a su abuelo a Las Cruces. Parra le pidió venir. Quiere ver cómo está quedando la recuperación de su casa La Reina, a la cual el nieto se ha dedicado un año, puliendo maderas, arreglando pisos, poniendo pasto, ordenando. Mientras esperamos, Josefa Cristalina -parte del grupo que trabaja en el inventario de los libros- me muestra la casa. Pasamos por el pequeño comedor, que está con la mesa puesta con loza de porcelana. Me muestra el living, con un par de sillones y una mesita de centro. En las murallas hay varias de las famosas bandejitas de cartón de Parra. Vamos a la biblioteca de dos pisos, que Parra llamaba La Pagoda. Allí, en medio de estanterías y cajas, se están ordenando los libros. “Empezamos hace tres días y ya llevamos inventariados como 400 libros. Hay libros en ruso y en esloveno, con anotaciones de mi abuelo”, dice Josefa, hija de Juan de Dios y que en agosto se irá a la NYU en Abu Dhabi a estudiar economía y comunicaciones multimedia.

Seguimos el recorrido por el corredor de los dormitorios. En algunas piezas cuelgan las cortinas de patchwork que hizo Clarisa Sandoval, la madre de Nicanor. A la entrada de la pieza de Parra, al final del pasillo, está su famosa Venus de Milo con el cartel “Soy frígida”. La habitación de Parra tiene grandes ventanales y una cama de una plaza. Afuera hay otra terraza desde donde, cuando en esta zona casi no vivía gente, se podía ver el Santiago de los años 60. Hoy sólo se ven árboles grandes y medio secos, un columpio colgado en una rama, unas sillas. Las puertas de la casa son imponentes. Y las ventanas tienen vitrales y delicados marcos, muchas conseguidas en demoliciones.

A las seis de la tarde de este viernes 19 de enero, llega Parra. Viene en el asiento de atrás del auto que maneja el Tololo. Colombina, su madre, es la copiloto.


Josefina Parra y Cirstóbal Ugarte en la casa de La Reina.

Del cerro al mar

“La casa de La Reina te descontextualiza, todo el rato te pone en escenarios que van cambiando. Te transporta a otras épocas. Juega con las escalas, es una casa engañosa: hay un corredor que en una foto parece de 50 metros, pero en realidad son cinco. Es una casa muy escenográfica, muy de ópera, muy de teatro”, dice el Tololo. “Es una casa en broma y en serio. La casa funciona como casa, pero igual es una tomadura de pelo ver una casa en la punta del cerro con una antena enorme que podría estar en un observatorio de la NASA. O su pagoda china. O su capilla literaria, que mi abuelo armó con elementos de iglesia y donde recitaba con entonación de canto gregoriano”.

Emilio De la Cerda dice que esta casa es la única que Parra partió de cero, ya que las otras tres ya existían cuando las compró. Como no hay planos, la única guía preliminar para comenzar el trabajo en La Reina es un dibujo que hizo Colombina Parra -también arquitecto- de la planta de la casa. Sobre ese dibujo, la hija del poeta puso los objetos que recuerda y las historias de ellos.

Como a Nicanor Parra la alergia y el asma lo atacaban en La Reina, buscó algún otro lugar donde escapar de ellas. Al menos en los meses de primavera e inicio del verano. Así llegó a Isla Negra. A inicios de los 70 se compró una casa, la menos conocida de todas.

Quienes han estado allí dicen que está dentro de un bosque, cerca del mar, pero no en la orilla como la de Neruda. Que tiene un piso, un par de habitaciones y que está llena de ventanales que, cuando los árboles aún eran chicos, daban vista al mar. En un costado, elevada, tiene una pieza con balcón que Parra usaba para leer. La pajarera, la llamaba.

“A mi abuelo le gustaba ese balneario. Como uno de sus hobbies era la búsqueda de propiedades, un día encontró esta casa. Su hermano Roberto le ayudó a hacer ampliaciones igual que lo hizo en La Reina; mi abuelo lo llamaba maestro Pinina. Mi abuelo vivía la mitad del año allí, y mi mamá y su hermano iban seis meses a un colegio de la zona. En esta casa escribió mucho. Aquí nacieron sus tablitas con dibujos. Aquí escribió Sermones y prédicas del Cristo de Elqui. Aquí pasó veranos con la ‘mujer imaginaria’, la Ana María Molinare”, recuerda el Tololo.

Hoy la casa está vacía; sus vecinos se encargan de cuidarla. Pero el poeta nunca la olvidó. Iba a verla siempre, aunque fuera por el exterior. La última visita la hizo con la Colombina en enero, una semana antes de su viaje final a La Reina.


La vivienda que el autor compró en Huechuraba.

Conchalí, luego Las Cruces

A fines de los 70, Parra sumó una tercera casa. En Conchalí, hoy Huechuraba. Era en ese tiempo un espacio rural, que hoy quedó cerca de la Ciudad Empresarial, por el camino Rinconada del Salto. La calle para llegar aún es de tierra.

En esa casa de adobe, Parra escribió su famoso poema . En esa casa pasaban los fines de semana sus hijos menores. En esa casa vivió sus primeros años el Tololo, junto a sus padres. Se fueron cuando la zona se empezó a llenar de edificios y se secaron las napas para los pozos de agua. En esa casa, hace un año, se casó por segunda vez la Colombina y su padre llegó de sorpresa a bordo de un auto manejado por una amiga que llegó hasta adentro de la carpa de la fiesta.

“En una parte de esa casa funciona uno de los estudios de música más grandes de Chile, el de Francisco Straub. Los Prisioneros grabaron allí, mi mamá ha grabado sus discos allí, yo también. En la otra parte de la casa vive un artista. Es la única de las casas de mi abuelo que se arrienda, porque a él le gustaba tenerlas siempre disponibles para él llegar e instalarse”, dice el Tololo. “Que estos años haya estado arrendada ha ayudado a su conservación”, agrega Emilio De la Cerda.

En los 90, Parra puso otra vez el ojo en un balneario. En Las Cruces se compró primero una construcción alta, de cinco pisos, toda de alerce, que bautizó como el Castillo Negro. “Es interesante que Parra haya buscado esta casa que es como una imagen de torreón mirando al mar”, dice el arquitecto de la UC, Pedro Correa. Alcanzó a amoblarla con buena parte del mobiliario que se trajo de Isla Negra, pero un incendio devoró la construcción. Sólo quedó la terraza. Junto a ella, años después, un 25 de enero de 2018, se cavaría la fosa para enterrar su cuerpo de 103 años. “Hoy es como un mausoleo hecho en estas ruinas del castillo que a mi abuelo le encantaban”, dice el Tololo.

Para el taller que se va a hacer en la UC, esa construcción que ya no existe es igual interesante. “Es la única de la que existen planos”, señala Emilio De la Cerda.

Casi inmediatamente después del incendio, Parra compró la casa contigua al castillo, en Lincoln 113, que fue la que habitó hasta el final. Como en todas las otras, empezó pronto a intervenirla. En un proceso que los arquitectos del taller UC definen de apropiación y luego de descontextualización. “Como poner tu firma en una casa que no hiciste tú”, dice Pedro Correa. En Las Cruces, Parra literalmente rayaba las paredes.


El “Castillo negro” de Las Cruces.

Los arquitectos ven otro punto común entre las casas de Parra: su ubicación geográfica. Una búsqueda de la ocupación periférica. “La de La Reina queda arriba del cerro; la de Conchalí fuera del anillo de Vespucio, como una especie de colonización rural; la de Las Cruces también como una especie de salida de Santiago; y así”, dice Pedro Correa. Según el Tololo, “son casas que cuidan mucho la privacidad. Casas herméticas. La de Las Cruces está más cerca de la calle, pero es una época en que mi abuelo ya estaba dispuesto a recibir a la gente que lo fuera a saludar”.

Cuenta Emilio De la Cerda que un día fueron a visitar a Parra para sacar información para el taller. Le dijeron: “A usted le han gustado mucho las casas”. Y el poeta respondió: “Sí, las Casas y también las Muñoces”.


La casa que luego Parra adquirió en ese mismo balneario.

Partir tranquilo

Cuenta el Tololo que el viernes 19 de enero, luego de llegar a La Reina, Parra fue a ver cómo estaban ordenando sus libros. “Fenomenal”, dijo. Después le dijo a la familia que no quería más enfermeras. Le hicieron caso; y entre ellos hicieron turnos para cuidarlo. El reloj de pie, el que no había sonado tanto tiempo, no paró de dar campanadas desde la llegada de su dueño. Sonaba sin orden de frecuencia ni de duración.

Así, hasta que la madrugada del martes 23 de enero Parra dejó de respirar. “Cuando se estaba muriendo, el reloj sonaba cada 10 minutos. Era impresionante”, recuerda el Tololo, sentado en el living de la casa de La Reina.



¿Cómo has sentido la muerte de tu abuelo?

Sentimientos encontrados, pero ha ganado el de la alegría, porque él pudo venir y ver su casa arreglada antes de morir. Él era un pilar tan fuerte para la familia, que hace dos años no sabíamos cómo reaccionar frente a su muerte. Pero yo lo resolví a tiempo. Hace un año me vine solo a La Reina, como un ermitaño con escopeta, a recuperar esto. Ahora todo toma sentido. Están los relojes sonando, la casa brillante, mis familiares agradecidos, el proyecto de inventario andando, el abogado decidido a recuperar los cuadernos de mi abuelo… Todo eso permitió que él se pudiera ir tranquilo.

Mientras el Tololo habla, el reloj de esta casa -tal como lo ha hecho desde ese viernes que Parra entró por última vez- no deja de sonar.

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