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Jamiroquai: cuando el funk es asunto de blancos

Jamiroquai: cuando el funk es asunto de blancos

A punto de cumplir los 50, la banda de Jason Kay sobrevivió a la angustia noventera del grunge y atravesó décadas abrazando el retro-funk futurista, un estilo del que han tomado nota desde Pharrel Williams a Mark Ronson y Bruno Mars.

Cuando uno se tira por una montaña rusa tiende a apretar las protecciones con la mano hasta que los nudillos se ponen blancos. Esa es la traducción aproximada de la voz inglesa White knuckle ride que da título a uno de los singles de Jamiroquai que está por cumplir una década.

También resume a la perfección la sensación que experimentan los periodistas que han logrado entrevistar a Jason Kay (48), el rey blanco del funk y líder de la banda, un músico tan completo que —dicen algunos— canta como Stevie Wonder al tiempo que da vida a un grupo con más de 25 años de escenarios, giras, discos… y que huye de las grabadoras.


Desde que lanzaron su primer single, “When you gonna learn?”, Jamiroquai ha vendido 27 millones de álbumes. Quizás por eso Jason Kay —“un chico de la calle convertido en estrella de rock”, según un perfil de Página/12— se volvió insoportable en las entrevistas.

En varias oportunidades ha dicho estar cansado del negocio y de la “constante rutina de componer, grabar, hacer giras, sesiones de fotos y entrevistas en las que intentan sacarte del mapa y te hacen preguntas estúpidas”.


Para la promoción de Rock dust light star (2010), su penúltimo disco, el hombre de los sombreros a medio camino entre lámpara y jefe azteca recibió a los periodistas en su mansión de más de cuatro millones de dólares en Buckinghamshire, un capricho con 28 hectáreas de campo, lago artificial y circuito de karting.

Bajo la promesa de posar frente a alguno de los bólidos que forman su colección de más de 50 automóviles (donde hay al menos cuatro Ferrari, varios Porsche, BMW, Mercedes y un Rolls Royce, según una crónica de El País), el músico recordó sus impresiones de Latinoamérica (a Chile ha venido en cuatro oportunidades): “Sé que en todo el continente las contradicciones son muy grandes y hay mucha corrupción y los gobiernos se ocupan de atender a los más poderosos. No sé bien qué, pero creo que algo hay que hacer antes de que todo estalle”, dijo a la prensa.



Casi al final de ese encuentro con la prensa, mientras uno de sus empleados se dedicaba a cerrar los garajes con calefacción que guardan su colección de vehículos, Jason Kay, el hombre que cantaba que era muy joven para morir, en una época en que se rodeaba de pianos Rhodes y bajos Warwick, cuando la mayoría escuchaba la angustia del grunge, dio un trago largo a su cuarta cerveza y habló con énfasis.

“Con lo que contamina toda la puta industria armamentística se podría generar la energía que mantiene encendidos los refrigeradores de medio mundo, ¿cómo es posible que se fijen si mis vehículos contaminan o no? Un automóvil es arte; me gustan los antiguos, esos que casi se han hecho a mano. Estoy harto de que me digan estas cosas”, dijo ofuscado antes de irse y olvidar la sesión de fotos.


¿Qué es el funk?

En un polvoriento número de la extinta revista Rock&Pop, Dante Spinetta, la mitad de Illya Kuryaki & the Valderramas, dijo que “el funk es el sexo de la música”. El ritmo cadencioso del género podría darle la razón.

“El bajo en el funk es como la sangre al corazón”, contó en esa misma época Felipe Ilabaca, bajista de Chancho en Piedra y uno de los buenos exponentes del instrumento en el país.

Si bien el bajo junto a la batería forman la base rítmica del rock, para quienes hacen funk —o tienen como cabecera a gente como Parliament, James Brown y George Clinton— el bajo adquiere una categoría especial. Algo así como una especie de columna vertebral. Sobre todo después de que los Red Hot Chili Peppers “blanquearan” el género a fines de los ochenta, gracias a las líneas de su bajista Flea, inspirado en el slap de gente como Larry Graham.


En Chile, desde esa misma época, Felipe Ilabaca de Chancho en Piedra; David Edelstein, el “Rulo” de Los Tetas; y Mario García de PapaNegro, siguen siendo grandes ejemplos de bajistas de funk. Pero… “¿qué es el funk?”.

“KVzón”, como es conocido Pablo Ilabaca de Chancho en Piedra, contó alguna vez que una prima del sur se fue a vivir a su casa cuando ensayaban lo que sería un disco como La dieta del lagarto (1997). En ese ambiente de música funk, un día ella le preguntó “¿dónde venden ropa funky?”. Algo hizo cortocircuito en el guitarrista, que entendió que el funk no era una moda y que una persona no se convierte en funky solo por vestirse de alguna determinada manera.

Según dijo “KVzón” a un viejo número de Rock&Pop, el funk puede resumirse en una frase de Heatwave: “Leave the worries behind/ we’re ridin’ on the groove line tonight”, algo así como “deja tus problemas atrás y sigue el camino de la buena onda”.



Bajo códigos musicales similares —aunque con Stevie Wonder como banda de cabecera—, el inglés Jason Kay (48) armó Jamiroquai en 1992 cuando todavía era un veinteañero y lo desarmó cuantas veces quiso en adelante.

Jamiroquai mezcló desde sus orígenes ritmos negros como el soul, el disco y el acid jazz con la firma de Stuart Zender a cargo del bajo y el fallecido Toby Smith en el piano Rhodes, marcando la época dorada del grupo.

Aunque ambos músicos abandonaron la banda en distintas etapas y por distintas razones, el sonido de Jamiroquai abrazó, por así decirlo, el camino de su vocalista.


En una entrevista más reciente, Jason Kay explicó que cuenta entre sus influencias, “desde Chopin a Stevie Wonder, y de Miles Davis a Marvin Gaye”.

“Todos aportan algo, aunque algunas veces no se note directamente en lo que hacemos”, añadió.

Según el líder de Jamiroquai, “nosotros apuntamos a la experimentación aunque partamos de alguna rítmica heredera del funk”.


No solo compartió códigos musicales con la escena funk chilena. El hombre de “Canned heat” vino a Chile por primera vez en octubre de 1997, de la mano de Travelling without moving (1996), un disco publicado el año anterior y que figura entre los Guinnes World Records como el más vendido del apartado funk.

De allí se desprenden canciones insignes de su catálogo —a la rápida: “Virtual insanity”, “Cosmic girl”, “Alright” y el tema que nombra al disco—, todos vigentes en sus presentaciones recientes.

Tal vez ese detalle —que sigan haciendo las canciones que alegraron a quienes no comulgaron con el grunge en los 90—, sigue siendo el atractivo de una banda que hace del soul y el funk una ejecución perfecta gracias al registro impecable de Jason Kay y a otros doce músicos en escena, incluyendo el bajo de Paul Turner, los teclados de Matt Johnson y la batería de Derrick McKenzie, uno de los compañeros de ruta más antiguos del británico, junto al percusionista Sola Akingbola.

A punto de cumplir los 50, Jason Kay dijo medio en broma sobre un escenario: “Tenía 23 años cuando empecé, mis caderas no mienten”.

Aunque Automaton (2017) —su último disco, ese del video que recuerda a Twin Peaks— diga lo contrario, la música de Jamiroquai atravesó décadas abrazando el retro-funk futurista, un estilo del que han tomado nota desde Pharrel Williams a Mark Ronson y Bruno Mars, y que sigue dando muchas concesiones a la pista de baile.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars