Culto
Bosé y Viña 2018: bailar y llorar

Bosé y Viña 2018: bailar y llorar

Bosé es alguien que conocemos y a la vez no conocemos pues el tiempo, en vez de agotar su música, no hecho más que aumentar su valor sentimental, como si la cercanía aumentara su extrañeza.

Las primeras veces que Miguel Bosé vino al Festival de Viña él era un artista en ciernes, a pasos de volverse una estrella pop inevitable, y el festival era un elefante blanco del espectáculo chileno. Eran los 80 y Viña del Mar quería parecer un balneario mediterráneo, acaso la escenografía escapista de una dictadura que ahí, en medio de los oropeles de la industria del espectáculo, aspiraba a maquillarse con el brillo falso de un primer mundo. El chauvinismo de las viejas glorias del certamen proviene de esos momentos donde cualquier presunción de lujo era idéntica a la peor forma de la chabacanería. Por lo mismo, Bosé apareció en el clímax exacto desde donde se terminó de dibujar la mitología clásica de la Quinta Vergara, aterrizando en un mundo donde los primeros televisores a color de los chilenos prometían un paraíso camp a quien quisiese usar el control remoto.

Bosé vino el 81 y el 82, dos años seguidos. Brilló y luego se consagró. Era casi un adolescente pero también un príncipe del pop europeo. Llevaba la fiesta en su cabeza y en medio de las luces sus actuaciones no escondieron la posibilidad de la transgresión: la ambigüedad sexual venía acompañada de la celebración del propio cuerpo y el baile era un campo de batalla donde estaba en juego la propia identidad. Por supuesto, era imposible de saberlo pero el contrabando estaba ahí. Sus hits eran maletas de doble fondo y Bosé era una criatura fascinante porque encarnaba cierta condición contemporánea. Estaba ahí el kitsch como ideología; estaban ahí el jet set y la fama instantánea; estaba ahí esa industria cuyos excesos recordamos ahora como un cuento fantástico; estaba ahí lo que captó la imagen que Warhol le hizo para la carátula de Made in Spain: su rostro repetido varias veces, deformado apenas por los trazos de colores fluorescentes; un Narciso que solo sabe ser idéntico a sí mismo.

Bosé volvió nueve veces más a la Quinta Vergara. Hoy es la décima. El público envejeció con él. Lo vieron cambiar de piel varias veces; aparecer en una película de Almodóvar; componer hits automáticos que acumuló como arrugas mientras abrazó una especie de madurez tan elegante como política, presentándose como el principal sobreviviente de todas las modas que abrazó e impuso. Mientras, era rozado por algunos escándalos propios y ajenos, quizás inevitables: el fichaje de la estrella porno Nacho Vidal para un videoclip; la venta que hizo su madre de un Picasso que no era suyo; el intento de extorsión para mostrar el rostro de sus hijos, los besos en el escenario con músicos amigos. Todo lo anterior solo aumentó su complejidad como objeto pop mientras siguió manteniendo en vilo el misterio transparente de su sexualidad; la única verdad era la que importaba estaba dentro de sus canciones.

Por lo mismo, es interesante que vuelva a la Quinta aunque nunca se haya ido de Chile realmente. Bosé es uno de sus mitos de origen pues concentra el eco de lo perdido; los susurros de ovaciones pasadas y la lucha del pop contra su propia condición efímera. Todo eso alimenta su contradicción básica; como las estrellas de antaño, Bosé es alguien que conocemos y a la vez no conocemos pues el tiempo, en vez de agotar su música, no hecho más que aumentar su valor sentimental, como si la cercanía aumentara su extrañeza. Así, después de haber sonado casi por 40 años, sus canciones se han vuelto una suerte de tradición sentimental latina; una patria emotiva a la que sus fanáticos pueden agarrarse porque es un lugar privado e inconquistable donde bailar y llorar quizás son lo mismo.

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