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Culto
Entre cucaos, araucarias y chilcos

Entre cucaos, araucarias y chilcos

El mundo que desvela la poesía de Leonel Lienlaf está conectado con el paisaje mapuche y con cierta sensibilidad capaz de estimular la memoria atávica del lector.

Entre los años 1989 y 2016, Leonel Lienlaf publicó cuatro poemarios que fueron celebrados por sus pares y por la crítica, aunque lamentablemente no alcanzaron la difusión que merecían entre los lectores comunes y corrientes. Ahora, gracias a La luz cae vertical, es posible detenerse en una enjundiosa muestra de la poesía de Lienlaf, que incluye su primer libro completo (Se ha despertado el ave de mi corazón), fragmentos de los tres restantes y algunos poemas inéditos. En la breve presentación de esta antología, el autor explica que su obra transita por el mundo que habita, un espacio bilingüe en el que intenta “dialogar con dos idiomas que van en direcciones opuestas”, el mapuzungun y el castellano. Lienlaf trabaja en ambas lenguas y sólo uno de sus libros, Kogen, fue escrito íntegramente en castellano, pero “está pensado en mapuche”, frase cuya veracidad le resultará fácil de comprobar al que lee cuando se enfrente a palabras unidas por guiones bajos que -se diría que por arte de magia, de magia poética- crean conceptos que no existen de manera independiente en nuestra lengua.

El mundo que habita Lienlaf, que nació el año 1969 en Alepue, en la provincia de Valdivia, o, mejor dicho, el mundo que desvela la poesía escrita por Lienlaf, está conectado con la naturaleza característica de la zona, con la historia y la mitología mapuche, y con cierta introspección que a veces se manifiesta por medio del contorno íntimo de los sueños y, otras, por medio de la delgada línea dispuesta entre hablantes vivos o hablantes convertidos en espectros ancestrales.

La amalgama de estos elementos, y las variaciones dentro de las nítidas fronteras que la unión permite, le otorgan fuerza y eco a una voz de registros congruentes, sólidos, evocadores, voz que en un instante puede alcanzar el tono de la contemplación sublime (“Me encontré esta tarde con mi sombra / pensando que yo había desaparecido”), en otro se entrelaza con la memoria atávica (“y vi una cruz que me cortaba la cabeza / y vi una espada que me bendecía / antes de mi muerte”), y al siguiente da testimonio de una tragedia sangrienta: “Le sacaron la piel de la espalda / y cortaron su cabeza. / ¡A nuestro valiente cacique! / y la piel de su espalda / la usaron de bandera / y su cabeza me la amarraron a la cintura”.

En ocasiones, los ambientes creados por Lienlaf discurren entre lo tangible y lo cosmogónico, entre lo distinguible y lo metafórico. El proceso da pie a transformaciones cautivantes, profundas, como cuando el hablante sostiene que “La vida de árbol / invadió mi vida / comencé a sentirme árbol / y entendí su tristeza”. Aquí el relieve se convierte en personaje, e incluso es capaz de expresarse al modo humano: “Una vieja caverna llora fantasmas de guerras pasadas / caballos y hombres que durmieron desnudos / en nevosos inviernos que echaron raíces. / Abrazó al último dormido entre sus musgos / y ahora imagina corceles azabaches galopando por el acantilado”.

El trasfondo ecológico es otro rasgo distinguible en la poética de Lienlaf, claro que en estado de nobleza máxima, esto es, liberado de estridencias acomodaticias o de estribillos panfletarios. La depredación forestal, por ejemplo, no sólo afecta al hombre, sino también al viento, que “se enloqueció entre las rocas / porque a sus oídos / ya no llega / el canto suave de los árboles”. En suma, La luz cae vertical traza en cada verso, por lo general breve, un paisaje y una cosmogonía milenarios, y la huella de este admirable ejercicio de concisión puede llegar a remecer hasta lo más profundo la presencia de la memoria atávica.

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