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Culto
¿Quién teme a los clásicos? Tres directores golpean la mesa

¿Quién teme a los clásicos? Tres directores golpean la mesa

Nuevas versiones de Hedda Gabler de Henrik Ibsen, a cargo de Claudia di Girolamo; de Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, bajo la dirección de Alvaro Viguera, y de ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee, encabezada por Pablo Halpern, volverán a poner en entredicho la vitalidad de tres dramaturgos y textos contemporáneos que saben a clásicos.

Hablan sin rodeos a través de las palabras que pronuncian sus personajes, y al mismo tiempo se camuflan en sus silencios, fragilidades y torpezas, impidiendo esclarecer cuánto hay de sus vidas -y sobre ellos mismos- en esas historias. “En todo lo que escribo hay rastros de mí, de mis tormentos e ilusiones”, decía el ruso Antón Chéjov, por lejos uno de los autores teatrales favoritos en estos tiempos de relecturas.

No es raro toparse con una obra suya o de Brecht o de cualquier otro dramaturgo contemporáneo llamado “clásico” en la cartelera local. Bastaría con hacer un poco de memoria: en 2014, Alfredo Castro dirigió a Marcelo Alonso y Amparo Noguera en Un tranvía llamado Deseo de Tennessee Williams en el GAM. Dos años más tarde y en la misma sala, el director Alvaro Viguera (38) se aventuró en una trilogía que abrió el fuego con el musical Happy End de Bertolt Brecht, Kurt Weill y Elisabeth Hauptmann. Y el año pasado, en CorpArtes, anotó el segundo capítulo de la misma serie con una colorida y cercana versión del Tío Vania de Chéjov adaptada por Rafael Gumucio, que de paso llegará al Teatro UC el próximo 8 de marzo.

“Pero ha llegado el momento de comenzar a desprenderse de toda esa estirpe de autores”, dice Viguera. Recién en julio y también en la sala de Plaza Ñuñoa, el director pondrá en escena una versión de Todos eran mis hijos del norteamericano Arthur Miller (1915-2005). Estrenada en Broadway en 1947, la historia de Joe Keller, un hombre de 60 años que fue absuelto tras ser acusado de tráfico de armamento y de la muerte de 21 pilotos durante la Segunda Guerra Mundial, no solo fue el segundo intento del dramaturgo y ex marido de Marilyn Monroe de triunfar sobre el escenario tras el desastroso debut de su obra Un hombre con mucha suerte (1940), sino que además le puso una soga al cuello por sus duras críticas al sueño americano, y en plena Caza de brujas.

“Creo que de las tres, esta será la obra que más va a resonar acá”, opina Viguera. “Primero, porque EEUU logró meterse mucho más incisivamente en la sociedad latinoamericana, en comparación con un alemán (Brecht) o un ruso (Chéjov). Y Miller es uno de los grandes autores de esa tradición dramatúrgica americana y cinematográfica además (la misma obra fue llevada al cine en dos ocasiones, en 1948 por Irving Reis y en 1987 por Jack O’Brien). Me sorprende que este texto no se haya montado recientemente o que al menos yo no lo recuerde, porque la importancia del dinero, la aparición de nuevos ricos y toda esta tragedia del hombre común, a nosotros los chilenos nos calza perfecto”, añade.

Para el elenco ha convocado a Cristián Campos y Coca Guazzini para los roles principales, además de Antonia Santa María, Elisa Zulueta, Jorge Arecheta, Benjamín Westfall, Luis Cerda y Sol de Caso. “Esta vez y por el carácter biográfico del texto, pues está lleno de pasajes subliminales y hasta de un realismo sicológico, creo que afinaré mucho más la traducción y a trabajar la obra más desde lo actoral, con cierta pulcritud”, adelanta.


Bravas mujeres

Dicen que todos tenemos un alter ego femenino. Si intentáramos no tomar distancia de dicha regla, es probable que hallemos en Hedda Gabler mucho de lo que pudo haber sido el indescifrable autor noruego Henrik Ibsen (1828-1906). Una vez terminada la función de estreno de la homónima pieza de 1891, la crítica alemana se le abalanzó por retratar a una mujer tan compleja y moralmente contraria a las convenciones sociales, como una víctima más del patriarcado e incapaz de nadar contra corriente.

“Si uno intentara tomarle una foto a una persona y la luz fuera tan díficil que resultara imposible hacer foco, yo creo que con Hedda Gabler ocurriría siempre lo mismo. Con ella es imposible hacer foco”, dice la actriz y directora Claudia di Girolamo (61), quien en 2007 se puso bajo la piel del mismo personaje en las órdenes de Víctor Carrasco. Ahora, el próximo 7 de noviembre, volverá a la dirección con su propia versión del texto, que estrenará en el GAM junto a Amparo Noguera (como Gabler), Manuel Peña, Francisco Ossa y Francisca Gavilán en el reparto.

“Ella adopta, muy entre comillas, el rol de mujer y ama de casa, papel que no le viene mucho. Menos ser madre, porque no lo quiere y desprecia ese y otros roles impuestos”, añade. “Pero tampoco era una rebelde. No estamos hablando de una Simone de Beauvoir ni una feminista como las conocemos hoy. Hedda Gabler se mantiene constamente lejos de nosotros, nos mantiene en el misterio y esos misterios son tremendamente cautivadores para uno. Por eso, cuando uno se pregunta por qué dijo tal o cual cosa, piensa de inmediato en un hombre y, por qué no, en Ibsen: es como si el autor se hubiese apropiado de ese cuerpo femenino para rugir y ponernos al tanto de su descontento”, concluye.

Martha y George llevan poco más de 20 años juntos, casados y viviendo bajo el mismo techo. Ella es la hija de un reputado rector universitario, mientras él, algo más joven, parece acechado por una frustración congénita y que sobrepasa su rutina laboral. Aunque estrenada en 1962, ¿Quién teme a Virginia Woolf?, la obra cumbre del autor norteamericano Edward Albee (1928-2016), subió recién al podio de los grandes clásicos del siglo pasado luego de que Mike Nichols filmara en 1966 la recordada cinta protagonizada por Elizabeth Taylor y Richard Burton.

Tras dirigir La casa de Rosmer de Ibsen el año pasado, el ex secretario de Comunicaciones del gobierno de Eduardo Frei , Pablo Halpern (57), encabezará la nueva producción de la misma pieza que debutará el 14 de junio en el Mori Bellavista, estelarizada por Willy Semler, Solange Lackington, Diego Ruiz y Victoria de Gregorio. “No elijo las obras en función de las anteriores que he dirigido. No hay hebra alguna y tratar de encontrarla sería un ejercicio artificial”, advierte el director. Y agrega: “Elegí Virginia Woolf porque es la historia de amor más compleja y a la vez más dolorosa de la dramaturgia contemporánea. Se pregunta por el destino de una relación que evita desesperadamente confrontar la realidad, como pasa con muchas relaciones”.

Una noche que parece interminable, el matrimonio invita a su casa a otra pareja mucho más joven. Pero el alcohol y todo lo que no se ha dicho hasta entonces, convierte la velada en una sarta de discusiones, reproches mutuos y odios ocultos. “Las relaciones de pareja tienen hoy esencialmente los mismos problemas que han tenido siempre”, opina Halpern: “La dificultad de aceptar al otro en toda su singularidad, el tedio, la mentira, la falta de compasión, las expectativas defraudadas y finalmente el desamor. La obra profundiza en estos y otros temas de un modo descarnado. Y hasta brutal”.

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