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Culto
Ecos rusos: otra “proeza” de Nabokov

Ecos rusos: otra “proeza” de Nabokov

Una de las novelas rusas de Nabokov, Gloria, ahora llega por primera vez en español. Los escenarios son Berlín, Suiza y Cambridge durante los años 20.

En alguna de las peripecias de Martin Edelweiss, el protagonista de Gloria -una de las novelas rusas de Vladimir Nabokov- él siente cómo se van mezclando distintos idiomas a medida que se desplaza por el ferrocarril que lo traslada y piensa que, en realidad, su vida había sido como un viaje en tren pasando de un vagón a otro: ingleses, suizos, alemanes… En cierto sentido podría decirse lo mismo del propio Nabokov, escritor ruso a quien la Revolución obligó al exilio en diversos países europeos hasta llegar a los Estados Unidos, en 1940 para volver a Europa 20 años después, tras el éxito de Lolita, su novela más célebre.

De Nabokov se ha destacado su condición “extraterritorial”, motivada por esos distintos viajes, y expresada en sus virtudes políglotas que lo convirtieron en un estilista en varias lenguas y uno particularmente destacado en la inglesa, que no era la suya.

Nabokov (1899-1977) escribió nueve novelas en ruso entre 1925 y 1937, publicadas por editoriales de emigrados entre 1926 y 1952. Gloria, publicada en 1932, fue traducida y adaptada al inglés en 1971 por el propio autor y su hijo Dimitri. Es su quinta novela rusa, la última de ellas en ser traducida al inglés y la última de las suyas en aparecer en español, ahora editada por el sello Anagrama.

El libro gira alrededor de Martin Edelweiss, un joven ruso de apellido suizo, a quien la revolución bolchevique lo ha encontrado en Crimea con su madre (el padre murió poco tiempo después de la separación del matrimonio). Ambos escapan y en el viaje en barco a Grecia, Martin tiene su primer romance con una poeta rusa casada de nombre Alla, pretendida por grandes duques e incluso Rasputín. Después de Atenas, Martin y su madre encuentran refugio en Suiza con un tío, que más tarde se convertirá en padrastro, al casarse con su madre.

Martin decide ir a estudiar a Cambridge, en Inglaterra, y camino hacia allá se queda un tiempo con la familia Zilanov, expatriados como él, en Londres. Allí conoce y se enamora de una de las hijas, Sonia, atractiva, inteligente y mordaz. Según Nabokov en su prólogo, “debería ser aclamada por los expertos en seducción y saber popular como la más extrañamente atractiva de todas mis jovencitas, siendo a un tiempo, como es obvio, una coqueta tornadiza y despiadada”. Pero parece más seductora para los personajes del libro que para su lector.


Juegos de palabras

En Cambridge, Martin disfruta de las posibilidades académicas y se interesa en estudiar con Archibald Moon, profesor de literatura rusa. También traba amistad con Darwin, entre otros compañeros, quien tiene talento literario y una historia como héroe de guerra. Darwin también se interesa por Sonia, pero ella lo mantiene en ascuas hasta un rechazo final. Con Darwin, a la amistad se suma la rivalidad, que los lleva incluso a un combate de boxeo.

Después de sus estudios en Inglaterra, Martin no busca un empleo en Suiza, sino que sigue a la familia Zilanov, a Sonia obviamente, hasta Berlín, trabajando como instructor de tenis. Allí conoce a los círculos de amistades de ella, entre los que se cuenta el escritor ruso expatriado Bubnov.

Durante este período, Martin y Sonia imaginan “Zoorland”, un país del norte que no permitía el acceso a todos y que defiende la igualdad absoluta (una ley que obliga a todos a afeitarse la cabeza o la orden de tratar todas las enfermedades de forma idéntica). Sonia también rechaza a Martin, amor no correspondido que no le ha impedido ni le impedirá una serie de otros romances. Con todo, decide viajar al sur de Francia y llega a un pueblo pequeño donde permanece un tiempo trabajando como jornalero. Cuando regresa a Suiza, descubre en una publicación de emigrados, que Bubnov ha publicado un relato, Zoorland lo que considera una traición de Sonia, convertida en amante de Bubnov, pero también lo dejará.

Martin gusta de realizar “proezas” para alcanzar la “gloria” (ambos son los sentidos de la palabra rusa del título de Nabokov): como arquero de un equipo de la liga de fútbol universitaria inglesa o como escalar un precipicio en el que ha caído pudiendo morir, venciendo el vértigo; la que intentará es volver de manera ilegal a la Rusia soviética a través de Letonia, dejando el libro un final abierto, sin saber el resultado de su última “proeza”.

El héroe del libro comparte una serie de experiencias con su autor: “Martin es el más amable, honrado y conmovedor de todos mis hombres jóvenes”, dice Nabokov en su prólogo, y afirma que hasta cierto punto “podría considerársele un primo lejano mío (más amable que yo, pero también mucho más ingenuo de lo que yo fui nunca)”. Pero aunque la novela encierra rasgos autobiográficos, en ellos no está el interés del libro, sino (dice Nabokov) en “ecos y vínculos de acontecimientos menores”.

En ella están presentes algunos de los temas a los que Nabokov vuelve (la situación de los rusos emigrados, la frustración sexual, la nostalgia de la juventud). También la pirotecnia en los detalles de las descripciones, la complejidad de su sintaxis, la profusión de incisos, imágenes y adjetivos, los juegos de palabras, su curiosa mezcla de voluptuosidad y precisión. Hablando de un salón de té, señala: “En aquel local, muy frecuentado por estudiantes, uno podía comprar pastas de todo color imaginable: rojo vivo con motas de nata (lo que le confería un aspecto de mortífera amania); azul purpúreo, como un jabón con esencia de violeta; negro satinado, negroide con alma blanca. En la esperanza perpetua de que acabará descubriendo algo bueno de verdad, uno sigue devorando una pasta tras otra, hasta que todo se le hace un grumo en las entrañas”.

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