Culto
Ratatouille: ¿Puede cualquiera convertirse en un gran artista?

Ratatouille: ¿Puede cualquiera convertirse en un gran artista?

Inspirado por un fallecido chef que dijo que "cualquiera puede cocinar", la pequeña rata Remy sueña con conquistar los paladares más exigentes de París.

Ganadora de un Oscar a Mejor película de animación en 2007, Ratatouille se remonta a un cortometraje publicado por Pixar en los 90, llamado El juego de Geri, escrito y dirigido por Jan Pinkava.

Allí, el animador y dibujante comienza a idear una película basada en una rata que quiere convertirse en chef.



Según relata el propio Pinkava en el libro Pixar a través de sus películas (T. Dolmen Editorial), de Doc Pastor: “Todos se rieron y a John Lasseter —fundador de Pixar— le encantó la idea, más que a mí mismo”.

De la mano de Carter Goodrich (Coco) y Matt Nole (Cars) comenzó el trabajo de producción de los personajes en 2001 y la escritura de una historia simple y memorable, que, como todo en el universo de Pixar, está llena de guiños y pequeños juegos privados para sus seguidores.

(Por ahí aparecen la silueta de Dug, el perro de Up, y el mimo Bomb Vayage de Los increíbles.)

Ratatouille, la película que finalmente dirigió Brad Bird —Pinkava fue reemplazado en 2005—, muestra a Remy, una rata igual que muchas en apariencia, pero distintas a todas las demás.

Remy no quiere comer basura y tiene un paladar privilegiado —más refinado si se quiere—, que poco a poco lo llevará a convertirse en un gran chef, a medida que pierde a su manada y se inserta en un medio humano.

La pequeña rata es inteligente, al mismo tiempo que inconformista y soñadora.

Un día se topa con Alfredo Lingüini, un joven desgarbado que llega a pedir trabajo en el restorán Gusteau’s, uno de los más prestigiosos de París.

Allí comienza sacando la basura hasta escalar posiciones y convertirse en el chef estrella gracias a la ayuda de Remy.

Lingüini es, por así decirlo, el héroe de la película —si es que hay alguno—, aunque lo único que quiere es ser él mismo.

Ese parece ser el mensaje de la película: que podemos ser lo que queramos, pero lo que debemos ser por encima de todo es nosotros mismos.

Ahora, la búsqueda de la identidad nunca es tarea fácil y, según el libro de Doc Pastor, Pixar lo explica bien.



Remy, por ejemplo, debió enfrentarse a su familia, que no entendía su gusto por la cocina.

Entonces decidió dejar de escuchar a los demás y escucharse a sí mismo y probar suerte en París, donde debió sortear al manipulador Skinner —el nuevo dueño del restorán— y las severas reseñas de Anton Ego, el crítico gastronómico al que todos temen por sus despiadados comentarios e influencia.

En Ratatouille, Ego es representado como el Conde Orlok de Nosferatu el vampiro, con un estudio con forma de ataúd y una máquina de escribir con forma de calavera.

“En muchos sentidos el trabajo de un crítico es fácil”, dice Anton Ego en el memorable monólogo que cierra Ratatouille: “Arriesgamos poco porque gozamos de una posición que está por encima de los que exponen su trabajo y a sí mismos a nuestro criterio”.

“Nos regodeamos en las críticas negativas que son divertidas de escribir y de leer, pero el hecho más amargo que debemos afrontar los críticos es que, a la hora de la verdad, cualquier producto mediocre tiene probablemente más sentido que la crítica en la que lo tachamos de basura”, agrega.

A pesar de lo anterior, siempre según Ego, “hay veces en las que realmente un crítico se arriesga en pro del descubrimiento y la defensa de algo nuevo. El mundo es hostil para los nuevos talentos y las nuevas creaciones. Lo nuevo necesita amigos”, advierte en el monólogo.



Quizá el mayor trasfondo de la película sea que dos personajes diametralmente opuestos están destinados a entenderse, o en este caso a ayudarse: Lingüini y Remy.

A pesar de que no pueden hablar entre ellos, a pesar de no ser de la misma especie animal, los dos llegan hasta la cocina del chef Gusteau, cuyo lema es “cualquiera puede cocinar”, y triunfan haciendo lo que siempre quisieron hacer.

Tal vez el crítico Anton Ego lo explica mejor en su acertado monólogo final: “No es que cualquiera pueda ser un gran artista, si no que los grandes artistas pueden proceder de cualquier lugar”.


Disponible en el catálogo de Netflix.

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