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Culto
Una vida a contrapelo: las vicisitudes de una checoslovaca en Chile

Una vida a contrapelo: las vicisitudes de una checoslovaca en Chile

Flores de cobre. Chile entre 1969 y 1973 es una crónica novelada de los años revolucionarios que tuvieron a Jarka Stuchlik como testigo privilegiado.

En 1973, para cuando llegó el “Once”, la ciudadana checoslovaca Jarka Stuchlik llevaba 4 años en Chile con sus dos hijos. Desde el ’71 estudiaba antropología en la sede Temuco de la U. Católica, en un departamento creado por su marido, Milan Stuchlik, quien llegó antes que ella para estudiar la estructura social de los mapuches en la reducción de Coipuco, y hacer vida académica en la U. de Concepción.

Había vivido en Cholchol y luego en Temuco. Había recorrido el país con los suyos y recibido la admiración de revolucionarios chilenos que la creían comunista. Y se había sorprendido con una democracia que, con lo deficitaria que les parecía a muchos, era un remanso de libertad para alguien que venía de un régimen de partido único.

Vino por doce meses y llevaba más de cuatro años. Sin embargo, el golpe la forzó a partir de vuelta a Europa. Pero no ya a Checoslovaquia, sino a Francia y luego a Belfast, otro hervidero político-social.

Milan Stuchlik murió en la capital norirlandesa en 1980, a los 48 años. Sus observaciones chilenas constaban en diarios, cartas y otros documentos que se sumaron a las cartas y a los diarios de su viuda. Juntos, tejieron el manuscrito de un libro originalmente encargado por una editorial checa en el exilio. Diversos episodios, entre ellos la Revolución de Terciopelo de 1989, dilataron sin embargo la aparición de un volumen que en los ’90 no resultaba ya oportuno.

Por eso la obra sólo vino a ver la luz en 1997 (con un título que puede traducirse como Indios, políticos y coroneles). Veinte años más tarde, tiene ya una traducción en el lugar donde todo comenzó.

Publicado por el Centro de Investigaciones Barros Arana, de la Dibam, Flores de cobre. Chile entre 1969 y 1973 es una especie de crónica novelada. “Una descripción detallada de la cotidianidad chilena”, al decir de la historiadora Constanza Dalla Porta en su estudio introductorio al libro, que da cuenta del “ambiente político, la participación de la sociedad en las movilizaciones populares y las transformaciones culturales”. Todo ello, con una mirada a ratos descreída y contrariada, a ratos cándida y entusiasta, teñida casi siempre de curiosidad por un país remoto y algo extraño.

De norte a sur

El 30 de junio de 1969, tras 20 horas de vuelo y una escala en Lisboa, Jarka Stuchlick culminaba el trayecto Praga-Santiago. Pocos meses después de la invasión soviética, su marido les había conseguido, a ella y a los hijos de ambos, Peter y Lidia, un permiso para unírseles en Chile. Instalada en Cholchol, cuyos paisajes se le antojaban propios de un western, comenzó una experiencia más bien a contrapelo del entorno.

Propietarios de una citroneta que “siempre se ponía en huelga a grandes alturas”, los Stuchlik viajaron al extremo norte, donde conocieron en un modesto cementerio las flores del título, hechas de monedas de cobre martilladas en chapas delgadas como papel. Yendo hacia el otro extremo, entraron en contacto con alemanes, que “eran una minoría privilegiada que vivía inserta en una mayoría cuya cultura era distinta”.

También, considerando el trabajo de su marido, tuvieron gran cercanía con los mapuches. A juicio de Jarka, estos “tenían muy claro cuál era su posición en la sociedad chilena, sabían que eran vistos como un lastre y tolerados a duras penas”. Aquellos descendientes de fieros guerreros, prosigue, “esos caciques que resonaban con campanas de plata, hoy subsistían a duras penas en sus diminutos lotes, restos de terrenos divididos cien veces. Los indomables que habían preferido el corte de ambas manos a rendirse, existían ahora sólo en las leyendas”.

Nota aparte merece el modo en que los Stuchlik observan el fervor revolucionario en su entorno. Huyendo como venían del comunismo, se tomaban la cabeza a dos manos ante el asambleísmo y la agitación, ante las tomas y ante las corridas de cerco promovidas por el MIR y su brazo campesino, el MCR. También está la situación con los alumnos de la UdeC, que llegaron a ver en Milan a un “momio”.

Cuenta su viuda, no sin sarcasmo, que su cónyuge “tuvo la temeridad de esperar que sus estudiantes leyeran literatura antropológica de otras partes del mundo”. Para colmo, agrega, “los exasperó al cuestionar sus capacidades para llevar a cabo una campaña política exitosa entre los mapuches, dado que no sabían absolutamente nada de su vida o su cultura”.

Pero cuando el director adjunto de la facultad, su amigo Edgardo Garbulski, trató de persuadirlo para que redujera la exigencia académica, el checo perdió los estribos, “gritando que este país estaba sufriendo de un déficit agudo de profesionales formados en casa y que por eso tenían que contratarse extranjeros a un costo elevado. Que eso llevaba a una degradación nacional y a una indeseable dependencia política. ‘¿Cómo puede una persona trabajar -escupió con rabia- cuando apenas llega le cuelgan una etiqueta política? ¡A nadie le interesa ni lo que sabe ni lo que hace, todo lo que les importa es a qué partido apoya! (…) ¡No tenían que molestarse en invitarme a trabajar aquí, lo que les sobra son activistas políticos, pero les faltan profesionales! ¡Mejor cierren el Departamento de Antropología y abran una oficina del partido!’”.

Provista de lo que llama una “visión objetiva” de los acontecimientos, Jarka Stuchlik ha vuelto a Chile más de una vez. Y tiene su propio parecer sobre el país posdictatorial, que transmite vía e-mail a La Tercera: “El espíritu de Chile era mucho más sano y prometedor después del plebiscito, en 1990. Ahora parece estancado y ahogado por el consumo y el aburrimiento político”.

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