Culto
Humor, festivales y Olmué: la noche de los muertos

Humor, festivales y Olmué: la noche de los muertos

Lo más interesante del Festival del Huaso del Olmué fue que en el humor abrió Felipe Avello y Álvaro Salas cerró, algo que quizás fue simbólico. Avello era el presente y Salas, el pasado. De hecho, el entretenimiento local se podría explicar por medio de la distancia entre ambos.

Ya vendrá el momento de evaluar si la decisión de los canales locales de llenar los fines de semana del verano con la transmisión de cuanto festival se produzca en Chile, fue la correcta. Por ahora el efecto es interesante: la paranoia y la locura por Viña han decrecido de modo casi automático junto con una descentralización y democratización del espectáculo popular, con el Festival del Huaso de Olmué a la cabeza gracias a la identidad propia que ha mantenido por décadas.

Este año lo transmitió TVN. Lo más interesante fue que en el humor abrió Felipe Avello y Álvaro Salas cerró, algo que quizás fue simbólico. Avello era el presente y Salas, el pasado. De hecho, el entretenimiento local se podría explicar por medio de la distancia entre ambos. Así, si Salas cerró con una rutina hecha de chistes eficaces pero repetidísimos haciendo de su presentación una especie de dejavú inesperado; Avello despejó toda duda respecto a cómo podía funcionar en un evento masivo. Así, no solo tomó el fragmento de un viejo youtube de Zalo Reyes para sacar de ahí una frase delirante (”¡Están matando a un huevón!”) sino que terminó subiendo a gente del público a imitar a los Backstreet Boys de modo tan patético como divertido.

Lo que quedó fue el delirio: una rutina que funcionaba en tantos niveles que era imposible seguirle la pista porque crecía hacia dentro de sí misma como una infinita caja de sorpresas. Aquello volvió interesante a Olmué; verlo era preguntarse qué sentido tenía el humor chileno pero también de qué estaba hecho y cómo sus materiales podían ser tanto una parodia de la intimidad transformada como la crónica de un desmoronamiento (el centro de la rutina era la separación del comediante, que usaba como excusa/esqueleto para su relato), algo que podía ser algo atractivo y peligroso a la vez, nada nuevo para quienes seguimos a Avello desde hace tiempo.

Un apunte personal: ese show me hizo recordar la vez que lo vi hace casi una década en un local donde se presentaba con varios comediantes de stand-up. Avello no hacía stand up, una etiqueta que le quedaba pequeña y poco tenía que ver con su trabajo, que esos años aún se relacionaba con la tele y los videos de YouTube. En ese espectáculo oficiaba de presentador, al modo de un maestro de ceremonias del infierno cuya performance involucraba a la “tía”, esa actriz anciana que lo ayudaba a veces y a quien él mismo había filmado en topless imitando a Cecilia Bolocco en Miami, o tratando de quemarse a lo bonzo afuera de Canal 13. Esa noche, la “tía” fingía morir (asesinada por Avello en su presentación) y quedaba tirada en el escenario del local mientras el resto de los comediantes hacían sus rutinas. Ellos la miraban a veces pues ese cuerpo en el suelo les incomodaba, era una tormenta muda que se les colaba por el rabillo del ojo en un memento mori secreto, haciendo más patente la fragilidad de sus propias palabras.

Esas imágenes me volvieron a la cabeza mientras veía a Avello en Olmué, quizás gracias a esa sensación de incomodidad que pocas veces la tele abierta es capaz de recrear al confirmar que el mejor humor proviene de la precariedad, la violencia y la paradoja porque está hecho con el ruido de lo que está en la calles. Ahí, el comediante es una suerte de médium capaz de captar esas tensiones contradictorias y lanzárselas en la cara al espectador sin posibilidad alguna de consuelo. Avello hizo eso en Olmué y marcó un punto de no retorno en esta temporada de festivales. “¡Están matando a un huevón!”, repitió una y otra vez, de modo casi paranoico. Pero el muerto ya estaba ahí; era el cuerpo fantasma de la tía de su rutina que volvía de modo invisible e inesperado en el Patagual y tenía que ver con ese segundo de duda que precede a toda risa (pues Avello ha hecho de esas vacilaciones su reino y coto de caza), ese segundo donde el espectador hace una pausa, atrapado por la jaula de sus miedos, antes de ser liberado por el estruendo de la carcajada.

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