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Culto
El antipolvo de Parra

El antipolvo de Parra

“Nunca me he encatrado con una mujer más vieja y más horrible, pero no me fue posible defenderme de ella”, escribió Nicanor.

La historia la contó el propio Nicanor Parra en una carta que envió a su amigo Tomás Lago, cuando recién había llegado a Oxford. 30 o 31 de noviembre de 1949, dice el registro de estas dos carillas escritas a máquina por el poeta, que aparecen íntegras en un artículo publicado por César Soto, en una edición especial de la revista Estudios Públicos que el CEP hizo para el centenario del poeta.

Soto, hoy acusado por Colombina Parra y su hijo de haberse quedado con cuadernos del autor, publicó un estudio bibliográfico que contiene este registro del día en que Parra se vio acachado en una habitación inglesa una “horrible” mujer.

“Todo se reduce a un pequeño acuerdo comercial en que siempre sale perdiendo el extranjero inexperto. Yo estuve en el alma en un hilo durante unas semanas creyendo haber captado una enfermedad fantástica. Felizmente yo estaba equivocado. Nunca me he encatrado con una mujer más vieja y más horrible, pero no me fue posible defenderme de ella, debido principalmente a la falta de práctica del idioma.

Se metió en el taxi que yo iba a tomar y a viva fuerza me acompañó hasta el hotel. Allí posó de ser mi mujer legítima ante el portero y de esta manera logró llegar hasta mi dormitorio. Procedió entonces a formularse la siguiente petición: Give me two pounds please. What, respondí yo sobresaltado. You sai (sic) one pound would make it. No, agregó esa víbora. Una libra al aire libre (en los prados de Hyde Park, se comprende), pero dos bajo techo. You must leave the room right away, repliqué indignado. No tengo un solo centavo más. All right said she y empezó a empelotarse en el acto.

Me habían dicho que las prostitutas inglesas no se desnudan ante el cliente. Esta lo hizo con ansiedad. Era una mujer alta y muy blanca; ojos azules, enorme; debajo del abrigo usaba solo una bata liviana que se podía abrir completamente como una camisa de hombre gracias a un cierre eclaire que empezaba en el escote y terminaba más debajo de las rodillas. Me dijo que frecuentemente ella no se desnudaba pero que ahora lo hacía debido a que yo no era inglés; ella misma resultó ser una mezcla de irlandesa e italiana. Completamente pionca, sobre sus zapatos negros, permaneció unos segundos de pie delante del espejo: su cuerpo era un verdadero harapo humano; lo que más me llamó la atención fueron sus senos y sus caderas caídas; sentí un asco muy justificado, pero ella sin darme tiempo de respirar se avalanzó (sic) sobre mí, que deambulaba en calzoncillos por la habitación, al grito de For ever ambar. Este grito terminó por destruir los últimos vestigios de mi moral y después de zafarme de sus tentáculos le pedí nuevamente que se retirara, no me importaba que se llevara la libra que ya le había entregado.

Sin hacerme el menor caso, se tendió sobre mi cama con las piernas abiertas frente a mí, en actitud de cámara fotográfica. Esto fue el colmo y yo me senté en una silla que quedaba en el otro extremo de la habitación. Sin levantarse comenzó ella entonces a hablar toda clase groserías alusivas al acto sexual y a revolverse como una serpiente en la cama. Poco a poco fui entrando en vereda, hasta que con paso fúnebre y un poco fuera de foco tuve que dirigirme al lugar en que ella se encontraba de espaldas. Comprendo que estoy explotando el género pornográfico pero la realidad es pornográfica algunas veces. Por lo demás no pienso seguir adelante con esta descripción estúpida. El resto queda entregado a la imaginación de los lectores. Debo agregar sin embargo que su sexo estaba seco y como revestido de arena. Alguna vez te explicaré las causas de estos fenómenos entre las cuales hay que contar la presencia de Jorge de la Barra y de Pedro Carrera Andrade que ha publicado un libro en París entre crítica literaria y notas de viajes, que nos deja por las nubes. Este Carrera es el ministro del Ecuador en Londres, muy amigo de Pablo me parece.

Supe de la muerte de Jorge Cáceres. Yo no era amigo de él en los últimos tiempos, pero la noticia de su muerte me sacudió profundamente. Fue un muchacho excepcional, lleno de gracia, y de inteligencia. Sus fallas eran perfectamente perdonables en una persona como él. Gracias por los recortes, estoy a la espera de otros; tú sabes que me alimento de halagos; necesito que se me halague constantemente en particular ahora que me hallo en tierra extranjera…”.

La carta deriva luego en una reflexión sobre la poesía.

Revisa acá la carta de Nicanor Parra:

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