Culto
Parra Nuestro

Parra Nuestro

Parra Nuestro, que estás en Las Cruces/Desacralizado sea tu nombre/Venga a nosotros tu antipoesía/Hágase Nicanor tu voluntad en la Catedral como en Las Cruces/Danos hoy el vino de tu Parra cada día/ Perdona nuestros sapos/Así como nosotros perdonamos a los que nos sapearon/Y conformamos con ellos coaliciones políticas progresistas de centro/Alianzas transclasistas monolíticas e invencibles/Respetando siempre la Constitución y Las Leyes sustentadas en el sapeo/Y construimos una Democracia/(Aunque fuera Cristiana y en la medida de lo posible)/No nos dejes caer en el consumismo ni en el comunismo/Y líbranos de ser velados en la Caza del Escritor/Amén.

Corría octubre de 1996 y sonó el timbre de mi casa en calle Cueto. Era mi querido amigo, el poeta Eduardo Leiva, quien me contó que en la Plaza Yungay estaba Nicanor Parra. Yo pregunté: ¿Nicanor en la Plaza Yungay? Tomé rápidamente a mi hijo Sebastián de 8 años, y le dije: Hijo, vamos a ver a “Mi Canor Parra” (que era como le decía Sebastián cuando tenía 2 años y habíamos visitado a Don Nicanor en La Reina, a propósito del escándalo de García Huidobro, Gnecco y Poblete en su programa El Desjueves).

¿Porqué andaba don Nicanor en la Plaza Yugay? -Ocurría que el poeta Leiva como funcionario del Departamento De Cultura de la Municipalidad de Santiago, participaba de un programa municipal llamado Crea Calle, que consistía en realizar eventos culturales en diferentes plazas de Santiago. En esa oportunidad habían invitado a tocar al grupo Los Barracos, con Colombina Parra y Pablo Ugarte a la cabeza de esa formación. Con ellos andaba don Nicanor Parra, acompañado de una joven veinteañera, quien cuidaba de un pequeño niño, hijo de Colombina y Pablo, y nieto de Parra.

Con don Nicanor nos saludamos afablemente pues nos conocíamos hacía años. Fuimos a una fuente de soda ubicada en Libertad, esquina Santo Domingo, y allí en torno a una larga mesa con jóvenes artistas bebimos unas cervezas. Recuerdo en particular, un momento que me dejó claro una vez más el filo de la lengua de don Nicanor, su sagacidad y chispa instantánea. Fue cuando él le preguntó al grupo de personas que ahí se encontraba que de qué parte de Santiago eran. Uno dijo, soy de Recoleta. Una muchacha agregó, Yo soy de Conchalí. El de más allá dijo ser de Estación Central. No faltó el original narcisista de siempre que quiso re afirmar su originalidad y desprecio por los barrios de Santiago. Él respondió: “Yo soy ciudadano del mundo”. Don Nicanor me miró de soslayo, y estirando los labios e indicando al “ciudadano del mundo”, me dijo: -De estos hay varios.

Nos hizo al poeta Leiva y a mí un pequeño tour por los alrededores de la Plaza Yungay, en donde nos mostró una casa en la que había vivido, cuando era estudiante del INBA. Recordó con nostalgia y picardía que al lado de su dormitorio estaba el de la empleada doméstica, y que a veces él se equivocaba de puerta. Nos llevó hasta la esquina de Santo Domingo y Sotomayor, y mostrándonos un segundo piso que ya no existe en la esquina nororiente, nos contó que allí vivían tres hermosas hermanas de las cuales estaban enamorados él y dos de sus jóvenes amigos, el pintor Carlos Pedraza y el filósofo Jorge Millas.

Volvimos a la plaza, nos sentamos en un banco y Eduardo Leiva nos tomó la foto que ustedes tienen ante sus ojos.

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