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Culto
Sandinista

Sandinista

Pese a que no vestía de verde olivo y no empuñó armas en la lucha, Sergio Ramírez fue protagonista de la revolución nicaragüense. Adiós muchachos es el notable testimonio de aquellos años.

Sergio Ramírez obtuvo el año pasado el Premio Cervantes, reconocimiento que muchos consideran como el Nobel de las letras hispánicas. Además de habérsele otorgado con merecimiento, cosa que no siempre ocurre, el galardón también presenta ventajas para los lectores, ya que han vuelto a editarse algunos títulos de Ramírez que se hallaban fuera de circulación, como Adiós muchachos, la soberbia autobiografía que narra, de principio a fin, aquel fascinante proceso histórico que derrotó a uno de los tiranos más infames y rapiñadores de Latinoamérica, Anastasio Somoza (entre las incontables firmas de su propiedad figuraba Plasmaféresis, compañía que les compraba sangre a los muertos de hambre). Pese a jamás haber vestido el clásico uniforme verde olivo, y pese a no haber empuñado armas en la lucha, Ramírez fue un protagonista, según confiesa con humor, llegó a ser presidente de un gobierno inexistente.

Nicaragua es un país con una historia singular, marcada por una cercanía maldita con Estados Unidos. “Ningún otro país de América Latina”, informa Ramírez, “había sido víctima de tantos abusos e intervenciones militares de EEUU en más de un siglo, desde que William Walker, un aventurero de Tennessee, se había proclamado presidente del país en 1855, amparado por una falange de filibusteros”.

A principios del siglo XX surgió la figura viril y antiimperialista de Augusto Sandino, el caudillo que logró expulsar por primera vez a los yanquis de su patria. Pero en 1934 Sandino fue mandado a matar por un general de confianza, quien, a su vez, había recibido el encargo homicida de parte de la embajada estadounidense. El nombre del traidor era Anastasio Somoza, padre del tirano mencionado al principio. El círculo se cerró 45 años más tarde, cuando los cuadros sandinistas, cuadros que Ramírez dirigía, entraron victoriosos a Managua: “Con el triunfo de la revolución en 1979, era Sandino el que volvía, y al huir Somoza, era el último marine el que se iba”.

Las peculiaridades y las complejidades de la revolución sandinista son numerosas, y Ramírez se da maña para explicarlas una a una, utilizando el talento narrativo que le conocíamos, al que ahora se suma el rigor histórico y la mirada serena que se obtiene tras el paso de los años (Adiós muchachos se publicó en 1999; luego se reeditó en 2007 con un prólogo fabuloso en donde Ramírez ajusta cuentas con su ex amigo Daniel Ortega, quien hoy ejerce el cargo de presidente de Nicaragua por cuarta vez). Entre las principales rarezas del proceso revolucionario nicaragüense resaltan la curiosa junta entre marxismo y cristianismo, el importante rol que jugó la elite burguesa y conservadora en la caída de Somoza (“los hijos arrastraban a sus padres”), o la figuración de “mucho cura y mucho rico” entre los cabecillas del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Para Cuba, por otra parte, el éxito sandinista fue un hito: “Tras veinte años de apoyo a las guerrillas de América Latina, Nicaragua era el único país que lograba liberarse del imperialismo; la victoria sandinista era un ejemplo que quitaba dureza a constantes frustraciones, la mayor de todas el fracaso del Che Guevara en Bolivia”. Por supuesto que el primero en entender que la marcha de la revolución nicaragüense debía ser distinta fue Fidel, a quien Ramírez visitó en varias oportunidades.

Son muchos los atractivos que componen estas memorias de un guerrillero sin armas: el interminable desfile de personajes ilustres tratados en persona por Ramírez (Chuchú Martínez, el general Torrijos, Gadafi, Ernesto Cardenal, Edén Pastora, Margaret Thatcher, Boris Yeltsin, la Nicolasa Sevilla, el eterno conspirador de García Márquez); un invaluable diccionario geográfico de lugares con nombres hermosísimos y evocadores (Boaco, Jinotega, Yalí, Palacagüina, Totogalpa, Somoto, Estelí, Kilambé, Iyas, Sofana, Dudú, Kuskawás, Waslala, Monimbó, Malpaisillo); la profunda exposición de los vericuetos, los revolcones y los vicios irreductibles del poder. Pero tal vez el atributo que más pesa en el libro es el testimonio valiente del fracaso, en este caso del propio fracaso: “La revolución no trajo la justicia anhelada para los oprimidos, ni pudo crear riqueza y desarrollo”.

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