Culto
El poeta que no usó seudónimo

El poeta que no usó seudónimo

El 23 de enero de 2018, Nicanor Parra, el hombre que escribió “la poesía terminó conmigo”, murió a los 103 años, exactamente ochenta después de declararle “la guerra a la metáfora”. Estas son algunas lecturas sobre su obra, la que, a la manera de Pessoa, es también su propia biografía.

-La ciencia aborda el mundo de lo real. La filosofía, además, el de lo posible.

El epígrafe abre una tesis universitaria que no parece tesis, sino que una novela encubierta sobre la vida y obra de Descartes. Lleva por título René Descartes: datos biográficos, estudios de su obra, juicios críticos. Y, a finales de 2012, la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Chile la expuso al gran público.

El texto corresponde a la tesis con que Nicanor Parra optó al grado de profesor de Matemáticas y Física cuando tenía 26 años. Un ensayo literario que por momentos parece incómodo en esa habitación de lo académico y que por eso escapa, se desborda para dar paso a un lenguaje lleno de desparpajo y soltura.

Catorce años antes de Poemas y antipoemas (Nascimento, 1954), ese libro rojo, esa tesis universitaria, deja sentir que ahí, en poco más de cien páginas, late algo que vendrá después —como sugiere Diego Zúñiga en la revista Qué Pasa: “La cadencia particular de la antipoesía, la fluidez del lenguaje, el habla de la tribu”.

Ese libro —junto con Cancionero sin nombre (Nascimento, 1937)— es el laboratorio de Poemas y antipoemas; una especie de borrador, de apuntes de Parra antes de Parra: el entrenamiento antes de dar ese golpe maestro a las letras hispanoamericanas.



Antipoesía eres tú

Nacido durante la Primera Guerra Mundial, el mayor del clan Parra fue siempre desacato y lucidez.

Nicanor, que había aprendido en Kafka una manera de liberarse de Walt Whitman, que era una forma más omnipresente aún de Pablo Neruda, comentó alguna vez por qué demoró tanto entre Cancionero sin nombre —su primera obra— y Poemas y antipoemas.

“Estuve diecisiete años atascado con esa mercadería, en la sala de torturas. Porque yo sabía que cada libro de poesía que aparecía en Chile se medía con un solo metro: Neruda. No quería ser humillado por ese número”, dijo.

Entrevistado por su nieto Tololo Ugarte en la revista Mármol, Parra contó el año pasado cómo era su relación con el hombre de Residencia en la Tierra (Ediciones del Árbol, 1935).

“La última vez que estuvimos juntos me dijo: ‘Parrita’ —para achicarme, probablemente, porque los poetas consagrados de la época trataban a los poetas jóvenes por el apellido— ‘tengo que decirte algo; ni tú ni yo’. Y yo le pregunté: ‘¿Quién entonces?’ A lo que me contestó: ‘Pezoa Véliz’. Años más tarde se mandó esa frase que usted conoce bien”, dice el abuelo.

“Parra se está burlando de nosotros, hay que dejarlo que huevee solo”, recita Tololo, a lo que Nicanor responde: “Pero la más importante: ‘Parra está a la cabeza de una maniobra internacional anti Neruda, pero sepan que yo dejaré caer todo mi peso, que es muy grande, encima de su cabeza’. Dicho y hecho”.



Antes de Parra, la poesía era la voz del poeta —”una especie de médium entre la gente y las palabras”, como dijo Matías Rivas, último editor de Parra— y, además, le había cambiado el nombre a los poetas: la poesía le había proveído a los provincianos Neftalí Reyes Basualto y Lucila Godoy Alcayaga una identidad propia.

Poemas y antipoemas terminó con ese ciclo.

“La necesidad y la casualidad decidieron que se operara un cambio en nuestra realidad poética”, escribía Enrique Lihn en 1963.

“A la necesidad de un nuevo golpe a la tradición establecida en nuestro medio por las grandes individualidades ‘geniales’ se unió la casualidad encarnada en el autor de Poemas y antipoemas y Versos de salón”, añade el autor de El circo en llamas (LOM Ediciones, 1997).

Lihn emplea un solo concepto para catalogar a Parra: “Realismo”.

El antipoeta, desde Conversaciones con Nicanor Parra (Ediciones UDP, 2014) de Leonidas Morales, aclara que prefiere “simplemente modificar el concepto de belleza y recurrir a un truco platónico, y hacer coincidir la belleza con la necesidad, con la verdad”.

En Chanchullos: Parra antes de Las Cruces (Alquimia Ediciones, 2014), el antipoeta explica que su obra es realista “en el sentido de que trata de ser una crónica del hombre moderno. Una radiografía del mundo actual”.

“Tiendo hacia un realismo integral sin negar los aportes de otras escuelas que, sin duda, pueden enriquecer mi poética. Para mí el realismo no es quedarse en la periferia, en lo anecdótico. A veces las situaciones se iluminan desde dentro y no desde fuera”, añade.



“La provincia hablaba aquí su propio idioma, un idioma que era el mismo de Benjamin Peret o de André Bretón, los ídolos de los mandragoristas que miraron con sorpresa cómo ese profesor discreto rompía todas las reglas que ellos llevaban diez años amenazando romper”, anota Rafael Gumucio en el prólogo de una reciente edición de Poemas y antipoemas (Ediciones UDP, 2014).

“Lo sorprendente era que para este propósito el profesor usaba no el sueño ni el descontrol de los sentidos, sino la razón más cartesiana llevada hasta el extremo del absurdo”, puntualiza.

“Parra hace sencillo lo indecible, convierte la claridad en una herramienta de demolición de la pompa poética. Por supuesto, hay algo político ahí”, argumenta Álvaro Bisama en Cien libros chilenos (Ediciones B, 2008).

“Parra, como los beatniks, prefigura la década siguiente, intuye en la voz de Poemas y antipoemas la posibilidad de un habla desnuda y civil que ha arribado desde el silencio, la mudez, la invisibilidad”, añade el crítico literario.

A fines de los 40, Parra no solo viaja becado a Oxford para estudiar un doctorado en cosmología. Entre lecturas de Shakespeare y Newton, el autor de “Soliloquio del Individuo” prepara el libro que hará olvidar ese vacío.

Da la impresión, a la distancia, de que en el momento en que apareció y durante los años que vinieron, Poemas y antipoemas causó tal impacto que le restó protagonismo a Neruda y hasta cambió el eje de rotación de la poesía en nuestra lengua.

Entonces, como ensaya Alejandro Zambra, “la antipoesía de Parra se volvió poesía en propiedad: literatura aceptada, legitimada por premios y antologías”.



Una montaña rusa demasiado grande

Roberto Bolaño cuenta en las páginas de Entre paréntesis (Anagrama, 2004) que alguna vez Parra resumió en tres versos toda la historia de la literatura chilena:

Los cuatro grandes poetas de Chile
son tres:
Alonso de Ercilla y Rubén Darío.

“El lenguaje periodístico de un Dostoievski, de un Kafka o de un Sartre, cuadran mejor con mi temperamento que las acrobacias verbales de un Góngora o de un ‘modernista’ tomado al azar”, escribe el propio Parra en el volumen Antiprosa (Ediciones UDP, 2015).

“Y en cuanto a contenido, también estoy en contra de un romanticismo exclusivista”, apunta el antipoeta.

“La angustia, la desesperación, la nostalgia, son algunos aspectos parciales del alma humana. Personalmente preferiría trabajar a base de elementos menos usados: la frustración y la histeria, factores determinantes de la vida moderna, me atraen con una fuerza especial”, refuerza allí el antipoeta, que medio siglo antes escribió en Versos de salón (Nascimento, 1962) unos graciosos e impertinentes que dicen:

Durante medio siglo
la poesía fue
el paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
echando sangre por boca y narices.

 

Si bien era capaz de recitar de memoria fragmentos completos de Shakespeare o de explicar complejos teoremas físicos, como asegura el crítico literario Juan Manuel Vial: “Nunca permitió que en su poesía, ni tampoco en su conversación, ondearan los faldones pesados de la solemnidad”.

“El poeta no habla un lenguaje o un idioma de su propiedad ni una jerga en particular, sino que habla el lenguaje de la tribu”, explica Parra en el documental Cachureo (Foco films, 1977).

“Me pareció que había un problema lingüístico, un problema de lenguaje que estaba resuelto en la poesía popular”, añade en ese registro del cineasta Guillermo Cahn.

Así ocurre en “Manifiesto”, donde toma distancia de los grandes poetas chilenos que sí usaron seudónimo:

Nosotros condenamos
y esto sí que lo digo con respeto
la poesía de pequeño dios
la poesía de vaca sagrada
la poesía de toro furioso.

 

“Venido de nadie sabe dónde (de un lugar indeterminado entre Chillán y Oxford, de los restos de la lira popular, de los pasillos del Internado Nacional Diego Barros Arana), con Poemas y antipoemas Parra hizo pedagogía de choque y les enseñó cómo escribir a las generaciones siguientes”, reseña Álvaro Bisama en Cien libros chilenos.

En ese volumen esencial, Parra, el hombre que ganó el Premio de Literatura Juan Rulfo, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Cervantes, parece decir que todo es poesía menos la poesía.

A la voz natural del cantor lírico opuso la del individuo adversario de sí mismo; a la voz sagrada, la voz profana; y al pequeño dios, el empleado del boliche.



Cuando Nicanor Parra se dejó entrevistar por Cristián Huneeus, en 1978, sentenció una clave de su obra: “El pensamiento de Lao Tsé ilumina mucho mejor el camino de antipoesía en el siguiente sentido: la antipoesía no es otra cosa que la poesía de los contrarios, en la antipoesía tiene cabida simultáneamente lo bello y lo feo, el humillado y el aplaudido, la luz y la sombra; el sujeto no se pone a priori de parte de nada, lo que interesa es integrar a los contrarios”.

“O sea que en la antipoesía, y perdón por la recomendación, lo que hay en último término es la conjunción del yin y el yang. El nacimiento dialéctico de la antipoesía estaría en el reconocimiento dialéctico de la naturaleza. Yo creo que ahí está la gracia y ahí está la fuerza de la antipoesía”, agregó en una luminosa conversación recogida por la revista Dossier.

“El trabajo literario sobre la realidad exterior y sobre sí mismo, sobre su interioridad y sobre sus propios presupuestos y condicionamientos, va a conducir a Parra a los antipoemas”, escribe Federico Schopf en el volumen Del vanguardismo a la antipoesía: ensayos sobre la poesía en Chile (LOM Ediciones, 2000).

Ignacio Echevarría anotó en sus ensayos Desvíos: un recorrido crítico por la reciente narrativa latinoamericana (Ediciones UDP, 2007) que las alegorías de Kafka “siempre ilustran la angustia y el drama de no pertenecer a la comunidad y de haber perdido el camino de regreso a ella”.

Allí, el crítico español hace un contrapunto con Parra: “El centro y motor oculto de la antipoesía lo constituye, como acabo de sugerir a propósito de Kafka, un angustiado sentimiento, por parte del poeta, de haber perdido los lazos profundos con la comunidad de origen”.

“Toda la trayectoria de la antipoesía se revela fundamentalmente como reacción frente a este hecho, y que puede verse como un intento reiterado y siempre insatisfactorio de reificar ese sentimiento de comunidad, o al menos su utopía, a través de la palabra poética”, agrega.

Nona Fernández contó que con Parra aprendió que “la puteada del vecino o el dicho del casero de la esquina tenían dimensión poética”.

Alone, el crítico literario más prestigioso de cuando apareció el libro, dijo que Poemas y antipoemas eran “divagaciones extrañas, casi en prosa, mantenidas a fuerza de ritmo y con una especie de embrujo. Son clarísimas, parecen elementales: eso las vuelve más misteriosas”.

“La antipoesía abunda en imitadores que no la entienden muy bien y se quedan con la cáscara: lenguaje coloquial, ‘hablado’, antihéroes, situaciones absurdas, narratividad”, detectó Enrique Lihn en un texto publicado por la revista Cauce en 1984.

Alejandro Zambra tiene una idea sobre la poesía de Parra, que aparece en su prólogo a La vuelta del Cristo del Elqui (Ediciones UDP, 2007): “Parra, como Kafka, pregunta y no responde, no complace al lector con soluciones o promesas. Nunca vamos a entender su poesía. Y siempre vamos a leerla”.

Según Echevarría, “por debajo del humorismo, del espíritu lúdico y de la agresividad que saltan a la vista en un primer plano, hay en la obra de Nicanor Parra un sentimiento angustiado de pérdida de la comunidad que sin duda tiene que ver con su propia trayectoria biográfica”.

José Donoso apunta en El escribidor intruso: artículos, crónicas y entrevistas (Ediciones UDP, 2004), a propósito de que el círculo íntimo de Parra no entendía el tono irónico de sus títulos: “Esa ironía, este humor, está muy lejos de ser una frivolidad, ya que es la caparazón en que va envuelta la crítica social, la angustia y el dolor de sus poemas”.

El antipoeta lo confirma en una entrevista con Leonidas Morales: “En la primera parte (de Poemas y antipoemas) hay poemas neorrománticos y posmodernistas, pero en la segunda vienen poemas expresionistas. Esto generalmente no se distingue. No sé por qué no lo hacen los estudiosos de esta clase de cosas”.

“Poemas como ‘Desorden en el cielo’, ‘Oda a unas palomas’, ‘Autorretrato’ y ‘Epitafio’ son poemas crispados, hay en ellos una cierta brutalidad en la expresión, una amargura, una acidez y una agresividad, a diferencia de los de la primera parte, donde se da un diálogo o una oscilación entre la nostalgia y una ironía neorromántica”, puntualiza.

No por nada, el último verso de Poemas y antipoemas es: “Pero no. La vida no tiene sentido”.



Esquivo, voluble, indiferente

Sabemos poco de Parra, salvo la habitual enumeración de hijos y romances. Situado en las antípodas de Neruda, su vida privada permaneció más bien oculta.

“Nunca habría firmado un libro de anécdotas al estilo de Confieso que he vivido”, escribe Zambra en su volumen de ensayos No leer (Alpha Decay, 2012), donde especula que el autor de “El hombre imaginario” podría estar de acuerdo con la variación que Octavio Paz escribió sobre Fernando Pessoa: “Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”.

Parra fue admirado por los beatniks y se mostró como un lector atento de Shakespeare, aunque el especialista Niall Binns dibujó un mapa más exacto de sus influencias.

“Dos precursores frustrados: Federico García Lorca y Walt Whitman; y dos precursores fecundos: Franz Kafka y Aristófanes”, escribió el crítico británico en la revista Dossier.

“Pero hay una voz que falta para entender a Parra en sus años de formación”, asegura Binns. Se trata del mexicano Ramón López Velarde, quien, “como Parra, vuelve en su obra al mundo ‘lárico’ de la infancia y la adolescencia provincianas”.

Según Binns, “ambos poetas habían emprendido ese viaje arquetípico de la modernidad: de la provincia a la gran ciudad”.

“En ese tiempo, recién llegado de Chillán, yo no tenía ninguna idea de qué iba a ser de mí”, dijo el antipoeta en Conversaciones con Nicanor Parra, el libro de Leonidas Morales: “Mi problema era más bien de carácter económico. Yo llegué a Santiago decidido a entrar a la Escuela de Carabineros”.

Varios años después, sentado en su hogar de Las Cruces, desde donde observó el paso del tiempo frente al mar, Parra contó que lo que más le gustaba de Hamlet eran sus verónicas, acaso “la elegante pirueta del torero cuando lo embiste la bestia y él la deja pasar con un movimiento sutil que descoloca al bruto y permite salir del peligro al artista”, como escribió Matías Rivas en Interrupciones: diario de lecturas (Hueders, 2016).

“Parra es un maestro a la hora de hacer verónicas: las hace, sobre todo, con sus frases agudas, con sus repentinos cambios en el diálogo o con su indiferencia chillaneja”, contó el director de Ediciones UDP.

En Plano americano (Ediciones UDP, 2013), la periodista Leila Guerriero anota que “llegar a la casa de la calle Lincoln, en el pueblo costero de Las Cruces, a 200 kilómetros de Santiago de Chile, donde vive Nicanor Parra, es fácil. Lo difícil es llegar a él”.

Parra se instaló hace más de dos décadas en Las Cruces, según su nieto Tololo, “a causa del asma”.

“Duerme poco y, como él mismo cuenta, disfruta mirando los pájaros que sobrevuelan su terreno”, se lee en la revista Mármol, donde ambos conversan en una casa con más habitaciones que habitantes.

“¿Y cómo llegaste a comprar esta casa?”, pregunta el nieto.

“Esta casa me la regaló el premio Juan Rulfo. Cuando llamé por teléfono a Mario Navarro para decirle que la quería me dijo: ‘¿Pero quién es usted?’ Yo le respondí: ‘Soy hermano de la Violeta Parra’”, relata el abuelo.



¿Quién es usted?

Algunas pistas de su biografía aparecieron en el obituario publicado por The Washington Post: “Su vida amorosa y desordenada incluía numerosas relaciones con mujeres mucho más jóvenes, incluyendo su ama de llaves, estudiantes de arte, seguidoras y hippies a quienes a veces ingresaba con versos inventados en el acto”, se lee allí.

Sabine Drysdale y Marcela Escobar, que escribieron una biografía de Parra, tampoco pudieron dar con este asunto: “Sigue siendo ese personaje impenetrable que él ha construido, que no da entrevistas, que se ha acostumbrado a que lo traten como si fuera una estrella de rock”, apuntan en Nicanor Parra: la vida de un poeta (Ediciones B, 2014).

En el libro, por ejemplo, hay media página dedicada al romance entre Parra y Sun Axelsson, la sueca que enamoró a Nicanor cuando estaba casado con Inga Palmen, “matrimonio que duró diez años y el único que figura como reconocido ante la ley”.

“En las continuas discusiones sobre el esquivo Nobel para Parra —escriben Drysdale y Escobar— se ha hablado del daño que el despecho de Sun Axelsson causó en la campaña por el premio, y si bien la sueca declaró que lo perdonó, escribió tres libros en los que menciona su historia de despecho con el poeta”.

Carlos Peña, rector de la universidad que patrocinó la postulación de Parra al Nobel, cree que hay algunas dificultades objetivas para su obtención: “El tipo de poesía que hace es difícil de comprender porque está indisolublemente atada al habla de la tribu, a la comunidad lingüística y trasladado a otra, la traducción es una proeza”.

“Entonces no se trata solo de que si es buen, gran o mal poeta. Yo creo que es un gran poeta, pero se trata de una figura de difícil comprensión y empatía para culturas que no son la suya”, añade el autor del volumen Ideas de perfil: ensayos (Hueders, 2015).



“Su política también fue voluble”, continúa el Washington Post: “En 1963, pasó seis meses en la Unión Soviética traduciendo al español el trabajo de varios de los poetas de ese país. Pero se negó a unirse al Partido Comunista de Chile”.

El influyente diario estadounidense apunta de Parra: “En 1970, con la guerra de Vietnam todavía en su apogeo, fue fotografiado tomando té en la Casa Blanca con la primera dama Pat Nixon. Eso provocó que el gobierno cubano de Fidel Castro rescindiera una invitación a Parra para oficiar como juez en la prestigiosa Feria Internacional del Libro de La Habana”.

Para la dictadura de Pinochet, Parra se quedó en Chile sin exiliarse. “Entonces pesó sobre él cierta sospecha de no oponerse al régimen con demasiado ímpetu”, explica Leila Guerriero en Plano americano.

En 1977, en medio de ese panorama, Parra publicó Sermones y prédicas del Cristo del Elqui (Galería Época, 1977), donde se lee: “Apuesto mi cabeza a que nadie se ríe como yo cuando los filisteos lo torturan (…) El general Ibáñez me perdone, en Chile no se respetan los derechos humanos”.

Más de una década después aparecieron sus Chistes para desorientar a la policía (Visor, 1989), donde escribe:

De aparecer apareció
pero en una lista de desaparecidos.

“En ese momento quedarse significaba avalar al gobierno”, le contó el librero y poeta Sergio Parra a Leila Guerriero.

“Eso no fue bien visto. Pero él nunca fue políticamente correcto. No lo fue en el tiempo de Castro, no lo fue en el tiempo de Allende, y tampoco después”, agregó.

En el primer tomo de las Obras completas & algo + (Galaxia Gutenberg, 2006), Nial Binns escribe: “Lo primero, ya se ve, es la negación de la autoridad. En términos políticos, Parra fue siempre un díscolo: en contra de la derecha durante el gobierno de Jorge Alessandri; contra la DC de Eduardo Frei Montalva; a favor pero muy pronto crítico de la Unidad Popular de Salvador Allende; y uno de los opositores más destacados —desde dentro de Chile— a la dictadura de Augusto Pinochet”.

“Alguien le preguntó a mi madre, Clara Sandoval, ¿cómo está el niño? La mamá contestó lo siguiente: ‘Es un niño problemático. Para empezar, le cuesta respirar. Segundo, se lo pasa haciendo dibujos en el aire —’yo todavía me sorprendo haciendo eso’, dice el poeta en un pasaje de Chanchullos: Parra antes de Las Cruces—. Tercero, habla hasta por los codos. Pero lo más problemático del caso es que nunca se sabe si está hablando en serio o en broma”.

Antes de cumplir cien años, desde una fotografía de su padre, Parra le confesó al periodista Roberto Careaga: “La Viola les hizo creer a todos que éramos forajidos, pero éramos más propietarios. La Violeta siempre fue abajista, yo siempre fui arribista”.

Parra le contó a José Donoso que su poesía refleja su posición ambigua entre dos clases sociales, tal y como el artefacto que muestra un rollo de papel higiénico y varios recortes de papel de diario:


“Es la poesía de la clase media chilena, del pequeño burgués consciente. Me declaro marxista, pero no soy comunista militante, y no lo soy porque estoy apoltronado”, se lee en El escribidor intruso.

Dijo Parra: “No sirvo para la lucha, para mitines, ni para salir a pegar carteles. Yo solo puedo luchar desde mi silla de intelectual. Pero mi amor está en el proletariado”.



Una gran nada

“Parra no ha dejado de experimentar desde que empezó a escribir”, asegura Matías Rivas en el prólogo del más-reciente-grandes-éxitos-parriano, El último apaga la luz: obra selecta (Lumen, 2017).

Cuando las estrofas se volvieron tediosas, el lenguaje del antipoeta encontró una cómoda inserción en el ámbito de las artes plásticas.

Tal vez inspirado por las construcciones y collages de Picasso o los ready-mades de Duchamp, en 1952 dio forma al Quebrantahuesos junto a Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky, quizá el primer antecedente de que los objetos —sus objetos— podían adscribir simultáneamente a varios universos conceptuales radicalmente diferentes: el urinario como una fuente o la bacinica acompañada de la leyenda “La última cena”.

En 2011, cuando sus artefactos fueron exhibidos en Madrid, el diario El País destacó “la contemplación de un mundo insólito y gozosamente insospechado”.

Los artefactos de Parra estrellaron a las palabras entre sí, a los objetos con los objetos: utilizó al lenguaje como un alambre y mostró cómo opera y hasta dónde es posible tensarlo y destruirlo, para construirlo de nuevo.

“Los artefactos son más bien como los fragmentos de una granada”, contó Parra a Leonidas Morales.

“La granada no se lanza entera contra la muchedumbre. Primero tiene que explotar: los fragmentos salen disparados a altas velocidades, o sea, están dotados de una gran cantidad de energía y pueden atravesar entonces la capa exterior del lector”, dijo.

Según el antipoeta: “Se trata de penetrar, de romper, de sacar al lector de su modorra y pincharlo”.



El poeta que soñaba con dormir

Entrevistado el año pasado por su nieto Tololo Ugarte, Parra confesó que pasaba las noches en su biblioteca. “Es fantástica, hay primeras ediciones de libros que ya no se encuentran en ningún otro lado. A veces la miro y me dan ganas de llorar a mares”, dice ahí el antipoeta.

“Pero ahora yo ya no duermo. Me despierto como a las tres de la mañana sin saber qué hacer”, confiesa.

“Antes te cambiabas de cama en medio de la noche porque no te podías quedar dormido”, le comenta Tololo. “Sí, pero esa técnica ya no sirve. He probado todas las combinaciones habidas y por haber, y nada”, responde Nicanor.

“La gente dice que los viejos no duermen”, sugiere el nieto, a lo que el abuelo aclara sin solemnidades, desde un espacio que podría ser la frustración o la histeria: “Lo que no saben es que pensamos mucho en dormir”.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars