Culto
Don Nica, yo y otros chicos del montón

Don Nica, yo y otros chicos del montón

Parra dejó huellas en muchas generaciones. Sus escritos vitales están en los años cincuenta, su guiño a lo pop descansó en Artefactos, lecturas y re lecturas que han inspirado textos y momentos tales como este: semi niños envueltos en una historia que parece sacada de la más burlesca y emocionante de sus páginas.

Nunca conocí tanto a Nicanor Parra como hace diez años. Con mis amigos de la universidad, uno de Puente Alto y el otro del gran Pudahuel Sur, por algunas circunstancias de la vida, en ser buenos caminantes y tener los bolsillos siempre planchados, llegamos a parar al cerro Santa Lucía. Como los tres veníamos de hogares proletarios y siempre al margen del ‘Chile, país paisaje’, ante la gran cantidad de turistas extranjeros que visitaban el cerro, nos desafiamos los unos a los otros a comunicarnos con ellos, pues nunca habíamos tenido la oportunidad de estar frente a alguien que no hablara nuestro idioma.

En un cacharriento inglés, averiguamos que la rubia con quién logramos hablar era de la República Checa, de algún modo la convencimos de que yo era Rapa Nui y que el más blondo de los tres era un racista que odiaba a los indios y que empatizaba con aquella rubia que tenía que aguantar a estos ‘fucking indians’, y que debía sentirse tranquila porque ambos tenían el pelo ‘yellow’.

También logramos comunicarnos con una pareja de ancianos franceses que no se dieron la molestia de aprender inglés ni castellano. Por lo que uno logró sacarle que el tipo era fanático del París Saint Germain y que el único punto en común que teníamos era el barbudo Pedro Reyes que alguna vez vistió esa casaquilla (en realidad fue la del Auxerre, pero qué importaba). Yo al ver una oportunidad de hacer mi primer chiste frente a un público internacional , y sabiendo lo limitado de las palabras que debía ocupar, le dije al gabacho: ¡Ustedes, Torre Eiffel! ¡Nosotros, Torre Entel, conchetum…!

La Torre Entel no se veía desde ese ángulo y los intentos de corregirme del franchute hacían parecer que no había resultado mi chiste, pero la risa de mis amigos bastó.
Al escuchar el barullo que provocábamos y al estar tan cerca de los turistas, un guardia se nos acercó y nos advirtió que nos iba a echar si seguíamos molestando a los extranjeros. Yo, por esas casualidades de la vida andaba con el libro ‘Poemas y Antipoemas’, del maestro Don Nica, en mi mochila y le dijimos que solo estábamos recitando poesía, mientras hacíamos los mismos gestos del Chavo del Ocho cuando recitaba ‘El Perro Arrepentido’.

Al final nos fuimos por decisión propia. O tal vez no. No me acuerdo muy bien. Pero recuerdo que esa tarde fue un antipoema en su totalidad. Un antipoema de una Torre Entel que nunca se vio. Un Rapa Nui que nunca nadó más allá de las boyas de un mar que tranquilo lo bañaba. Una majestuosa blanca montaña que no se veía por la contaminación. Y que nos quisieran echar de un cerro que era más nuestro que de nadie más. Estorbábamos en ese ‘Chile, país paisaje’, siútico y mojigato. De una solemnidad castrense rancia que siempre nos marginó. Nosotros fuimos el antipoema que nos rebelamos y reclamamos un cerro que solo estaba allí desde tiempos inmemoriales para hacer chistes.

Hasta siempre, Don Nica.

*Aquiles Felics es un músico y poeta chileno que reside en Utah, Estados Unidos. 

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