Culto
Nicanor Parra: “La Violeta siempre fue abajista, yo siempre fui arribista”

Nicanor Parra: “La Violeta siempre fue abajista, yo siempre fui arribista”

Antes de cumplir 100 años, Nicanor Parra resistía estoico el paso del tiempo frente al mar. Pasaba el día escribiendo y era capaz de recitar de memoria y cantar. Este es el registro de una de las últimas entrevistas al anti poeta.

Es un cuaderno universitario de hojas blancas que todos los días, a cada rato, gana una anotación. Una frase, un dibujo. Una pista. Es otro más de una colección que crece todos los días desde hace años. Nicanor Parra no lo suelta. La mañana del miércoles pasado, mientras la gata Rosita entraba y salía de la casa sin que nadie la llamara, el antipoeta detuvo la lectura del diario y empuñó su Bic negro para garabatear una idea al vuelo: una elemental portada de un libro que sólo lleva el título en la parte superior, Otro libro, y abajo el nombre de su autor, Nicanor Parra. “Lo acabo de hacer”, dice mostrándolo. “El título es todo. Tiene que ser vendedor. El poeta tiene que ser un empresario”, añade.

Envuelto en chalecos y camisas, Parra está sentado en el living de su casa en Las Cruces, iluminado por el tibio sol del mediodía. Está rodeado de diarios, algunos libros, a ratos también de la gata.  Su vista al mar es inmejorable: “Ni los empresarios viven así”. Y sigue. “Los poetas les piden becas a la municipalidad, al Departamento de Literatura de la Universidad de Chile, se hacen socios de la Sech… Tienen que ser negociantes. Empresarios de empresarios. Casi no hay, salvo Neruda, que se metió al bolsillo al capitalismo y al marxismo, con los premios Nobel y el Stalin. Pero eso era otra época”.

A menos de 150 días de cumplir un siglo de vida, Parra desafía estoico al tiempo. El lumbago del año pasado, por decir algo, hoy está en calma. El autor de Versos de salón aún funciona por los mismos impulsos que hace 60 años lo llevaron a desmantelar los engranajes de la poesía y el lenguaje. Es capaz de recitar poemas de memoria, citar autores      -de Heiddegger a Enrique                   Lihn- e incluso cantar sin desafinar. En una esquina del living hay un afiche de un recital que se realizó en la playa en enero pasado, celebrando anticipadamente sus 100 años, que cumple el 5 de septiembre. Lo colgó uno de sus hijos, el Chamaco. A él no le interesa mucho el tema.

– Se vienen los 100 años -dice indiferente. Luego mira de frente, cierra la boca y pasa dos dedos por los labios como si corriera un cierre. Termina con un shisst.

La fecha atrae a todo tipo de visitantes a Las Cruces, cuenta Rosa Avendaño, su celosa empleada y guardiana. Muchos más que antes. No hace mucho, un bus se estacionó frente a la casa de Parra: era un tour de la tercera edad que venía a conocer la casa del ganador del Premio Miguel de Cervantes 2011. También se aparecen magnates. En noviembre del año pasado llegó a verlo el empresario Leonardo Farkas: “Llegó con una maleta llena de billetes con un millón de dólares”, cuenta el poeta, recordando que no hacía mucho él había pedido a un mecenas para trabajar en su famoso proyecto de traducir el Hamlet de William Shakespeare. Pidió públicamente un millón de dólares y, según dice, Farkas se lo tomó literal.

La colaboración no prosperó.  Esa misma tarde se aguó. Parra prefiere un gesto: cierra el puño y le pega a un extremo con la otra palma abierta, haciendo tapa. También pasó que el autor de Sermones y Prédicas del Cristo del Elqui ya no está para traducciones.  “Yo estuve trabajando en el Hamlet durante 40 años, me lo sabía de memoria. Después pasó lo que pasó y lo dejé”, dice. Luego eleva el tono. “Dejé al Quijote, dejé a Hamlet. Dejé a todos los personajes. Dejé la ficción. Qué me importan las voladas personales de Shakespeare o Cervantes.  Me quedé con Diego Portales”, añade.

Muchas cosas le interesan a Parra de Portales, pero disfruta sobre todo de su lado oscuro: “Le gustaba ir a La Chimba, al otro lado del Mapocho. Ahí era más rápido el amor”, dice, y recuerda a la “señorita Z”, una mujer que engañó a Portales falseando su virginidad. Todo eso está en la correspondencia del político, la más preciada lectura del poeta por estos días: “En las cartas de Portales, y también en las de O’Higgins, está la realidad-realidad. Eso no es literatura. Es la historia de Chile, de la República”, asegura.

¿Piensa escribir algo sobre Diego Portales? 

Yo, ya no ya… -dice sin terminar la frase. Y la repite, degustándola: “Yo, ya no ya”.

No, no escribe. Regularmente, al menos, no. Hoy lo de Parra son chispazos, notas al pie de una obra que redefinió la poesía a la luz del habla popular y la duda radical. Ya se sabe: bajó a los poetas del Olimpo y los dejó a la intemperie. El primer disparo de su revolución fue Poemas y antipoemas, publicado en 1954 y que está cumpliendo 60 años. Precisamente ese hito será el que dé la partida para un año consagrado al antipoeta: el 28 de abril la Biblioteca Nicanor Parra, de la UDP, inaugurará la exposición Antiprofesor. 60 años de Poemas y Antipoemas, preparada por Marcelo Porta, y que recoge la historia del volumen en fotografías y documentos. En el segundo semestre, en tanto, la editorial de la universidad reeditará el libro, inaugurando una colección de clásicos latinoamericanos.

Las fiestas continúan con una nueva edición de los Artefactos (1972), impulsada por la Municipalidad de Santiago junto a Aguas Andinas, la que será distribuida gratuitamente entre los habitantes de la comuna para que en septiembre se hagan exposiciones en la calle con las postales. En agosto, en tanto, la Biblioteca Parra recibirá Obras públicas, la misma exposición que antes estuvo en Guadalajara y Madrid y que recoge su largo coqueteo con las artes plásticas, desde los Quebrantahuesos (1952). Poco después, el GAM abrirá una muestra curada por el nieto de Parra, Cristóbal Ugarte, el “Tololo”, con fotografías y documentos desconocidos.

“¿Fiestas?”, pregunta Parra incrédulo, descartando alguna visita a Santiago para las actividades. No es que no le gusten, pero prefiere los libros sobre su obra. Los “evangelios”, les llama bromeando, y pide más, justo antes de que golpee la puerta el editor de La antipoesía de Nicanor Parra, un legado para todos & para nadie (Ed. Museo Histórico Nacional), de César Cuadra. Nicanor revisa un ejemplar y lo pone junto a La poesía de Violeta Parra, de Paula Miranda, recién publicado por la Universidad Católica. “Pero ahora me di cuenta que el genio de la familia es otra: Clara Sandoval. La top one”, dice el poeta, recordando a su madre, fallecida en 1982.

El poeta agarra vuelo y recita, sin repetir ni equivocarse, un poema de cuatro estrofas de su mamá: es la historia de un matrimonio y un funeral, el de la hija y una madre: “Uhhhh… Devastador”, dice el terminar. Después de una pausa se pone a cantar una tonada de su padre. “A ese hay que descubrirlo ahora”, asegura, y trae del pasillo de la casa una foto antigua donde aparece su papá con un traje elegante. “Propietario, pues. ¿Ve? La Viola les hizo creer a todos que éramos forajidos, pero éramos más propietarios. La Violeta siempre fue abajista, yo siempre fui arribista”, lanza.

Sobre el autor: