Culto
Nicanor: el gran hermano

Nicanor: el gran hermano

Fue el mayor de los nueve hermanos Parra Sandoval, el único que terminó sus estudios y se alejó de la bohemia. Trató de guiar a los menores al estudio, pero se rindió cuando vio que el folclor era la pasión de todos ellos.

En la última década, el poeta Nicanor Parra no tuvo mayor relación con sus hermanos que la que ellos impulsaron. El no los buscó, no los visitó ni los llamó para saber de sus vidas, pero los recibió en su casa cada vez que lo visitaron y contestó el teléfono para cada cumpleaños. Al menos Eduardo, el tío Lalo, cumplió sagradamente con el llamado todos los 5 de septiembre. Conversaban largamente y recordaban momentos de infancia. Para Lalo, Nicanor había sido su hermano más querido. Para Nicanor, Lalo era el Chepe, el bueno para los puños, el hermano que sería boxeador.

Pero Lalo quiso hacer las cosas a su modo.

No fue boxeador, tampoco continuó con los estudios como al hermano mayor le hubiera gustado y prefirió el canto. Nicanor intentó con Eduardo lo mismo que con Violeta y Roberto: los convenció de viajar a Santiago y de estudiar aquí, para alejarlos de la bohemia y la guitarra que le recordaban, de algún modo, ese suelo de tierra de la casa en Chillán.

Pero ninguno de sus hermanos abandonó la guitarra.

Nicanor Parra Sandoval fue el hermano mayor de Hilda, Violeta, Eduardo, Roberto, Caupolicán, Lautaro, Elba y Oscar. Con los cuatro primeros cultivó una relación más estrecha que con los cuatro últimos, básicamente porque estos eran muy niños cuando Nicanor ya vivía en Santiago.

El rol de hermano mayor, ese mandato familiar no verbal que le entrega al primogénito cierto liderazgo, convertirse en ejemplo y preocuparse de los otros, le acomodó a Nicanor a medias. Básicamente porque con ninguno logró lo que se propuso: sacarlos de la bohemia, alejarlos de la noche, persuadirlos de estudiar. Se rindió cuando vio que el folclor era la pasión de todos. Y con el paso de los años sintió, especialmente por Violeta, un orgullo profundo por la marca que los Parra Sandoval dejaban en la cultura chilena.

Quizás esa distancia con la bohemia y la noche se explica a partir de la figura de Nicanor padre, profesor, guitarrista y cantor, asiduo a los bares y al trasnoche. “Como buen bohemio, era un hombre más o menos irresponsable, que se olvidó de su familia, que no respondía muy bien. Nosotros éramos una familia numerosa. A él esto parece que no le importó. Pero a medida que han ido pasando los años, yo he ido entendiendo mejor la silueta de este hombre, que murió prematuramente a los cuarenta y cuatro años a consecuencia de un resfrío mal cuidado, debido a su bohemia también”, contó a Leonidas Morales en una de las últimas entrevistas en las que abordó su infancia.

Nicanor hijo pensaba que aquella figura a la que no logró entender a cabalidad fue de gran influencia para sus hermanos. Eduardo Parra lo confirmó en 2005: “(El papá) Nos enseñaba a cantar, hacía competencias cuando nos acostábamos. La mayoría de las veces ganaba la Violeta, porque no se dormía y tenía desplante… Todos salimos circenses menos Nicanor. No lo hizo cantar nunca mi papá”.

La cuestión del guitarreo

Mientras estudiaba en el Liceo de Chillán, Nicanor Parra se fue a vivir a la casa del carnicero Pedro Astudillo, papá de unos compañeros de liceo. Allí podría contar con comida y cama, algo que escaseaba en el hogar de los Parra Sandoval, y a cambio él los ayudaría con los estudios. Se fue sin decirle a nadie. Se había distanciado de su madre en la medida en que crecía y se hacía hombre. Sus hermanos menores, especialmente Violeta y Lalo, nunca se lo perdonaron. Lo seguían hasta el liceo, lo espiaban y comparaban sus vestimentas con las del hermano mayor. Ellos ni siquiera tenían zapatos.

Por entonces Nicanor tenía poco más de 16 años, pero la claridad suficiente para darle a sus hermanos una explicación brutal acerca de su partida: “Una boca menos. Así alcanzan más comida para ustedes”.

Desde antes de que abandonara su casa, Nicanor era el distinto de la familia. El niño estudioso de la casa, el admirado. Sus hermanos no entendían cuál era su afán, pero sí sabían que ese afán no era el mismo que tenían ellos. En esos años y también después, luego de que su madre murió, el hermano mayor se mantuvo al margen de la juerga que entusiasmaba al resto de los Parra Sandoval. Oscar “Canario” Parra, el menor del clan, recordaba perfectamente lo que ocurría cuando se reunían a celebrar Santa Clara, en honor a su madre: “Cantábamos, jodíamos, peleábamos, al rato estábamos todos abrazados. Los que no faltaban nunca eran el Lalo y el Roberto. La Violeta por las giras fallaba. La Hilda iba todos los años y yo también… Nicanor, algunas veces. Cuando llegaba estaba por un lado, lejos de nosotros. No tomaba nada. Sabía que con traguito nosotros empezábamos con la cuestión del guitarreo…”.

Lautaro Parra, el hermano que se exilió en Estocolmo, resumió así esas diferencias: “Cada uno ha crecido de manera distinta”. Curiosamente, la vejez -quizás la nostalgia- llevó a Nicanor a acercarse al canto, aquello a lo que le hizo el quite buena parte de su vida. La última vez que Lautaro vino a Chile visitó a Nicanor en compañía de Oscar, y fue el poeta quien desafío a los hermanos a recordar una de esas melodías de infancia. Comenzó a cantar una canción de niños que sus hermanos siguieron con dificultad. Oscar no logró enganchar con el recuerdo. Lautaro, en cambio, de pronto recordó y comenzó a corregir el ritmo.

Era el verano de 2013. Meses después Oscar diría que en aquella visita Nicanor les anunció: “Yo los voy a enterrar a ustedes primero, y después, me voy a morir”.

Lautaro murió en mayo de ese año.

Oscar, en agosto de 2016.

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