Culto
El día que bailé cueca con Nicanor Parra

El día que bailé cueca con Nicanor Parra

Su refugio de Las Cruces era casi impenetrable. Allí escondía sus recuerdos más personales y aunque fueron muchos los que intentaron entrar, solo algunos lo han logrado. Allí estaba el Parra sencillo, el Parra travieso. Y ahí también se escondía el lado más pícaro del antipoeta.

-Póngame una cueca chora. Póngame una cueca porteña.

En un equipo de música que había en su sala, su living, el lugar donde escribía sin parar en decenas de cuadernos, comenzaron a sonar las guitarras, el acordeón, el pandero. Y Nicanor, con sus 99 años, se paró. Me tendió la mano y dijo:

-¿Sabe bailar cueca? Bailemos.

El viaje había comenzado con otra misión: conseguir una entrevista con el poeta.

Imposible, pensé.

Eran los primeros días de junio de 2014. No tenía forma de contactarlo. No tenía un número para llamarlo, no le había mandado una carta. Nada. Lo único que me quedaba era arriesgarme e ir a su casa, y tratar de llegar a donde tantos periodistas lo habían hecho sin resultados. Porque llegar a Las Cruces es fácil; conseguir hablar con él, no.

Le pedí a una amiga que me llevara a la comuna de la Quinta Región. Partimos un sábado, muy temprano, a una aventura con un final incierto. No sabía la dirección del poeta, pero ese era un detalle. Apenas llegamos nos dijeron “vive allá, arriba del cerro. Afuera hay un auto viejo, va a verla altiro”. Por la playa, hacia la derecha, subiendo el cerro y listo. Era en la calle Lincoln.

Ahí estaba el escarabajo gris, un Volkswagen Beetle, justo frente a la reja de la casa de Parra. Adentro, en el ante jardín, estaba lleno de flores y arbustos sin orden alguno. Más allá la puerta principal de madera. Todo en silencio. Eso hasta que empecé a gritar para que me abrieran. Pensé que quien me abriera me iba a dar un portazo en la cara, que me iba a gritar por ir sin aviso. En el mejor de los casos, ignorarían mis llamados. Pero no.

Después de esperar casi diez minutos salió Rosita. Luego me enteraría que ella era la guardiana máxima de Nicanor, la misma que le preparaba las cazuelas que tanto le gustaban. Apenas asomó la cabeza me preguntó, con desconfianza, qué quería. Le dije lo obvio: que quería verlo a él. Me dijo que me esperara un segundito.

-Pase no más. Me preguntó si era bonita. Le dije que sí –me respondió Rosita. Yo solo me reía. Al menos ya estaba dentro de la casa.

Me llamó la atención la sencillez. Fotos familiares, adornos de todo tipo, libros por doquier. Excepto por una cosa: un papel con letras grandes donde tenía anotados números de sus hijos. De Colombina Parra, por ejemplo.

-Adelante –dijo un hombre sentado en un sofá gris, de espaldas, mirando el mar.

Lo primero que vi fue su pelo. Blanco, lacio, casi con vida propia. Estaba escribiendo en un cuaderno universitario. No con el típico lápiz bic color azul que tanto le gustaba, sino con un lápiz grafito, un Faber Castell número 2, como los que usan los niños en el colegio. Gastado, usado, descascarado. Su apariencia era descuidada. Usaba una camisa blanca, un pantalón café, un chaleco sin mangas celeste.

Nos miramos por un buen rato antes de conversar. En su cuaderno anotó mi nombre, porque, dijo, anotaba todo. Quiénes lo visitaban, cuentas que le gustaba sacar, cosas que había hecho. Y pensamientos.

-Algún día voy a publicar todo esto –dijo, luego se paró y trajo diez cuadernos más, todos de tapas blandas y de espiral simple, llenos de anotaciones.

Nicanor Parra me habló en español. De ciencia, de literatura, de lo que pasaba en el país. De la nada empezó a hablar en francés. Usted habla francés, me preguntó. Yo, avergonzada, le conté que no. Él se puso a reír. Llamó a Rosita, le hizo un gesto y de la nada apareció con dos copas de vino tinto a nuestro lado.

-Ahora sí podemos seguir hablando –comentó él.

Estaba embobada. Al lado mío, sentado en el sillón, contándome su vida, tomando vino, estaba Nicanor Parra. Cuando salí de ese estado por fin le pregunté si me iba a dar una entrevista.

-No, no le voy a dar una entrevista.

Y se puso a dibujar. Tomó mi cuaderno y agarró su lápiz. Se apoyó en su rodilla. Lo miré en silencio mientras lo hacía. Empezó a hacer un corazón. Le puso manos, le puso pies. Era uno de sus famosos artefactos.

-Este soy yo –dijo con tono triste.

Arriba del corazón escribió: “Siempre cambian las cosas que digo, por eso no hablaré más”.

Nos miramos. Él con esos ojos que, a tres meses de cumplir 100 años, parecían siempre ávidos de asombro, capaces de captar hasta el más mínimo detalle. Ya en la mitad de su copa de vino, mientras yo apenas había tomado del mío, me dijo:

-Yo le pregunté a la Rosita si era bonita, si no, no la dejo entrar. Ahora, ¿qué le parece si bailamos?

Rosita se acercó a un mueble, buscó un CD y comenzó a sonar la música.

-Póngala más fuerte, Rosita –dijo Parra mientras tomaba mi mano para invitarme.

Ahí, en el medio del living de su casa en Las Cruces, entre la mesa de centro y su sofá, entre sus cuadernos y sus libros, con el vino a medio tomar, con la música fuerte y el sonido de las olas que están más allá del balcón de su casa, sin fotos para recordar el momento ni entrevista que presentar, los dos nos reímos y nos pusimos a zapatear.

Ese día bailé cueca con Nicanor Parra.

Sobre el autor: