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Culto
Neverwhere: cuando está oscuro todo empieza a verse más claro

Neverwhere: cuando está oscuro todo empieza a verse más claro

Sobre la edición de Roca Editorial de Neverwhere, la primera novela de Neil Gaiman, que reconcilia y reinstaura las distintas versiones escritas por el autor de The Sandman, y añade varias escenas que habían sido eliminadas.

En 1991, con apenas treinta años, el escritor Neil Gaiman había modificado las bases de la literatura fantástica. Ese año, como siempre, se llevó a cabo la World Fantasy Convention, donde se entrega uno de los premios más importantes del género, el Howard Phillips Lovecraft a Mejor Cuento. Gaiman lo ganó con un cómic, Un sueño de una noche de verano, el episodio número 19 de The Sandman, la abrumadora novela gráfica que puso al escritor en la cartografía del mundo editorial.

Autor de una mayoría de relatos notables, cuando apareció Neverwhere —su primera novela— en 1996, Gaiman no alcanzó las mismas cimas que con el guión de The Sandman.

Neverwhere, que en su prehistoria fue el guión de una serie emitida por la BBC, era en ese momento un libro escrito a toda velocidad de manera que permitiera ser editado una vez estrenado el show televisivo.

Gaiman, que ya era un nombre fijo entre la literatura fantástica y territorios vecinos, consideró que el texto no era más que un primer borrador, que luego siguió puliendo hasta alcanzar una versión mejorada que publicó en Estados Unidos, pero que tampoco fue la definitiva.

“Lamenté mucho que mi editora norteamericana eliminara los pasajes cómicos”, cuenta en el prólogo de esta edición revisada y actualizada —ya final—, de Neverwhere, en donde combina las partes eliminadas de la versión estadounidense con un relato nuevo, “De cómo el Marqués recuperó su abrigo”, y algunas variaciones de la novela que retrata el aprendizaje de Richard Oliver Mayhew, un escocés que un buen día decide, por primera vez, vivir por su cuenta, de su propio trabajo.

Además, lo hace en una ciudad ajena, el Londres de los noventa, “una ciudad en la que lo muy antiguo se disputaba el espacio con lo más vanguardista, no de forma incómoda pero sin respeto alguno”; un lugar que en algún momento se carga de villanos dickensianos, algo de Dr. Who y escenas de acción.

Cuando nos reencontramos en el siguiente capítulo, han pasado los años y Richard está convertido en un tipo promedio, de aspiraciones promedio y una aburrida vida promedio: trabaja en una oficina promedio, arrienda un piso promedio, sus amigos son sus compañeros del trabajo promedio que consiguió y su novia es una demandante chica promedio.

Entonces Richard —el tipo promedio—, es testigo de un incidente extraordinario: se encuentra a una mujer herida en la calle y decide ayudarla.

Así es como los asuntos de las primeras cincuenta páginas salen de su cauce ordinario y aparece un mundo subterráneo y sórdido a la vez que invisible al ojo humano: el “Londres de Abajo”.

La mujer ensangrentada, Puerta, tiene el poder de encontrar y abrir puertas incluso donde no las hay. Gaiman encripta un mensaje cuando Richard decide ayudarla y no desviar la mirada y seguir de largo, como sugiere su novia. Así, Puerta sumerge a Richard en este submundo de los “otros” habitantes de Londres, un grupo de seres marginados, vagabundos y mendigos, asépticos gracias a una suerte de aura mágica:

Y entonces pisaron el Puente de la Noche y Richard comenzó a entender la oscuridad: la oscuridad como algo sólido y real, mucho más que la simple ausencia de luz. Sintió que le tocaba la piel, buscando, moviéndose, explorando: deslizándose a través de su mente. Se escurrió en sus pulmones, detrás de sus ojos, dentro de su boca.

Si en la superficie vemos el viaje de la juventud a la madurez de Richard, allá abajo, entre el Mercado ambulante y el Puente de la Noche, está el submundo que los habitantes del Londres “de día” y “de arriba” rechazan ver. Es el hábitat del vagabundo que existe fuera de la sociedad, entre ratas que hablan y desperdicios, viviendo de las sobras.

Neverwhere juega con la fragilidad de esa idea (la invisibilidad del marginado frente al ciudadano promedio) y la reviste de un humor que acelera el trámite de la lectura, pero también con personajes interesantes, como los villanos, que recuerdan a El Corintio de The Sandman, y los secundarios que acompañan al protagonista en esa “búsqueda de algo”, que puede ser una identidad, un nuevo estadio mental, la ubicación de sí mismo dentro de un mapa mucho más amplio del que disponía previamente:

Despertó y, por un momento, resultó que no tenía ni la más remota idea de quién era. Era una sensación tremendamente liberadora, como si de repente fuera libre de ser quien le diera la gana: podría ser cualquiera, podía probar con cualquier identidad, podía ser un hombre o una mujer, una rata o un ave, un monstruo o un dios. Y entonces se oyó una especie de susurro y se despertó del todo, y descubrió que era Richard Mayhew, fuera quien fuese esa persona, y significara lo que significase eso. Era Richard Mayhew y no sabía dónde estaba.

Lo cierto es que Richard, a pesar de la estructura que utiliza Gaiman, no es un héroe. Su esperanza, eso que busca seguido por amigos y enemigos, es en realidad encontrar el modo de volver a su antigua vida promedio.


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