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Culto
Dolores O’Riordan: adiós a la gran voz femenina de los 90

Dolores O’Riordan: adiós a la gran voz femenina de los 90

La cantante, quien al frente de The Cranberries encarnó uno de los mayores sucesos musicales de esa década, falleció ayer en Londres a los 46 años.

La imagen era inédita en la historia reciente del Teatro Caupolicán. Semejaba algo así como un hormiguero habitado hasta en su último rincón: la noche del 23 de agosto de 2007, el recinto estaba repleto incluso en las galerías situadas detrás del escenario, aquellas que ofrecen una vista apenas parcial, habilitadas por primera vez para satisfacer la efusiva demanda que generó el debut de Dolores O’Riordan en Santiago.

La postal no sólo sintetizaba la profunda huella en la audiencia local que dejaron sus canciones al frente de The Cranberries; también era una muestra del vínculo trazado entre la cantante y una generación que convirtió su música en una expresión distintiva de la escena anglo de los 90.

Estaba el grunge, con su sensibilidad autoflagelante, sus héroes masculinos atados a sus tormentos y un sonido que parecía subordinado al viejo rock de guitarras; en contraparte -y desde que a través de una audición se unió a sus compañeros de The Cranberries en 1990-, O’Riordan encarnó a la cantante fuerte de cuyo potencial dependía todo el resto de sus integrantes, desequilibrio que por esos días aún resultaba atípico, sobre todo tras un decenio dominado por las estrellas femeninas en solitario (Madonna, Kate Bush, Sinéad O’Connor, Cyndi Lauper) o las que se debieron independizar de sus bandas para triunfar (Belinda Carlisle, Björk).

Con ello, la artista nacida en la ciudad de Limerick consolidó la figura de la vocalista omnipresente que dejaba en las sombras al resto de sus camaradas, capaz de escribir un disco completo -el debut de la agrupación, Everybody else is doing it, so why can’t we? (1993)- o de comandar las entrevistas al alero de sus opiniones. Un modelo que luego sería habitual, replicado en nombres tan disímiles como Garbage y The Cardigans, además de asentar una era de oro para las mujeres en el pop.

De hecho, cuando en ese casting vio por primera vez a sus futuros compañeros, en especial a su socio en la composición, el guitarrista Noel Hogan, lo primero que le llamó la atención fue que no apostaban simplemente por despachar covers: pese a que aún eran músicos anónimos, lucían la insolencia de querer conquistar al mundo con composiciones propias.

Pero su obra estaba lejos de representar una mirada amable que marcara distancia con la de los músicos nacidos en Seattle. Casi todo el cancionero de los irlandeses es un manifiesto de aflicción, penurias personales, sueños fracturados y pesar por los conflictos que golpeaban a Europa. “Dreams”, que los lanzó a la popularidad en 1992, esa composición de texturas etéreas y guitarras limpias, encajaba sin problemas con cierto sentir de desesperanza y evocación que cubrió el final del siglo XX: “Oh mi vida/ está cambiando diariamente/de muchas maneras/ Y mis sueños/nunca son lo que parecen/ He sentido esto antes/pero ahora lo estoy sintiendo aún más”.

“Ode to my family”, otro de sus hits, es un reproche a los padres cuando la vida se encarga de apartarlos de sus hijos. “La infelicidad/ ¿dónde estaba cuando era joven?”, pregunta en parte de su texto. “Linger”, una de las más bellas, es también una de las más dramáticas: estaba inspirada en el primer beso de la cantautora, a los 17 años, con un chico que conoció en un club nocturno; él mismo que, para la segunda vez que se vieron, simplemente decidió ignorarla.

“Cuando era adolescente, me sentía muy poco atractiva. Mi madre no me dejaba usar maquillaje. Mientras mis amigas se embellecían, yo era la sobreprotegida, incómoda con un vestido de flores con el que iba a tocar el órgano a la iglesia. En la primera sesión de fotos de Cranberries, fui con la ropa que me había comprado mi mamá, por lo que los chicos me dieron otra y, de repente, parecía una chica indie”, recordó años después sobre esos momentos previos al estrellato, marcados por la profunda fe católica de su familia. Un pasado que tomó otro significado en 2013, cuando reveló que había sido víctima de abusos sexuales desde los 8 hasta los 12 años.

Pero las letras desgarradas se sustentaban en la otra gran fortaleza del cuarteto: la capacidad interpretativa de su líder, capaz en un solo álbum, o incluso en una sola canción, de sonar dócil y serena (recogiendo la influencia folk de su país), para luego explotar oscura, atormentada y desesperada. Ahí están, por ejemplo, la rudeza rockera de “Zombie”, plegada a la fragilidad acústica y los arreglos orquestales de “Empty”, ambas parte del otro suceso discográfico del grupo, No need to argue (1994).

Y aunque sus experiencias personales y el giro de los tiempos determinaron su ADN artístico, también hay otro factor que explica su personalidad: su origen irlandés. Luego que sus coterráneos de U2 tras The Joshua Tree (1987) parecían haber extraviado la sensibilidad social, y que el rock británico parecía demasiado empapado de fiesta y drogas de diseño -The Stones Roses, Blur y Oasis fueron el tridente más representativo-, The Cranberries retomó esa capacidad de mirar el mundo desde su siempre agitado país. La propia “Zombie” habla del atentado perpetrado por el IRA en la ciudad de Warrington en 1993; en tanto, “Ode to my family”, con su crepuscular video, se inspiró en el conflicto de Los Balcanes.

Todo un legado que ayer, sorpresivamente, se apagó para siempre. Según un comunicado, la cantante falleció de manera repentina mientras estaba en Londres para una breve sesión de grabación. La policía añadió que su cuerpo había sido encontrado en el hotel Park Lane.

El año pasado, The Cranberries anunció una gira por Europa y EE.UU., la que debieron suspender por problemas de salud de su vocalista. Antes de ello, había protagonizado varios incidentes con la policía, lo que, para medios como la BBC, encendía la alarma sobre otro de los puntos más complejos de su vida: el trastorno bipolar que sufría desde joven. De hecho, en 2013 había intentado suicidarse con una sobredosis. Ahora, la vida de Dolores O’Riordan ya es historia. Tanto como el impacto profundo que hasta hoy produce su obra.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Editor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.