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Culto
Los entusiasmos de Robert Gottlieb: una vida en la edición

Los entusiasmos de Robert Gottlieb: una vida en la edición

Fue el editor de Toni Morrison, Joseph Heller, Bob Dylan y Bill Clinton. En sus memorias escribe sobre todo ello.

Para alguien que piensa que nada es real hasta que lo haya leído, como más de una vez indica Robert Gottlieb que es su caso, la decisión de convertirse en editor sería demostrativa de su condición de hombre práctico. Si al igual que los “viajeros infatigables”, los “ávidos lectores” suelen habitar las solapas antes que los títulos de los libros, para Gottlieb podría ser justificado. Cuenta en Avid Reader que aprendió a leer a los 4 años; a los 15 ó 16 leyó La guerra y la paz de Tolstói en una maratón de 14 horas, y en la universidad leyó los siete tomos de En busca del tiempo perdido de Proust en siete días.

Su importancia, en todo caso, no está dada por sus hazañas lectoras, sino por su labor editorial. En su carrera de seis décadas, los manuscritos de gran parte de los más importantes escritores estadounidenses del siglo XX, y de varios británicos, han desfilado ante los ojos y han sentido el filo de su lápiz. Autores que van desde Joseph Heller y Toni Morrison a Doris Lessing y John Le Carré, entre muchos otros, se han relacionado con él durante su trabajo en Simon & Schuster (en los 50 y 60) o en Knopf (en los 70 y 80), además de su paso como editor de la revista The New Yorker. En todas estas instancias su objetivo, en cualquier género, era publicar los mejores libros, los que lo apasionaban, o, como dice, hacer público el propio entusiasmo.

Un recuento de sus variados entusiasmos, así como de su vida, es lo que entrega en Avid Reader. Nacido en 1931, evoca su adolescencia en la Nueva York de los 30 y 40, entregado a los libros, al ballet y a la “dulce cultura popular”. Asistió a la Universidad de Columbia y luego a la inglesa de Cambridge. No quería una vida académica.

Comenzó a trabajar como asistente en Simon & Schuster y se convirtió en editor, metiendo su nariz en todo. Allí tuvo algunos de sus grandes éxitos: Jessica Mitford y la industria funeraria en Muerte a la americana; Auge y caída del Tercer Reich, de William Shirer; apostar por Mordecai Richler, Edna O’Brien, nuevas facetas de Ray Bradbury. Y Trampa- 22, de Joseph Heller, “aún el libro con el que estoy más estrechamente asociado”, interviniendo desde el título: el original Trampa-18, cambió de número varias veces, para evitar coincidencias con novelas o películas: de 18 pasó a 11 y a 14 para terminar en 22 (por un cumpleaños).


Errores y aciertos

En sus memorias Gottlieb también reconoce errores: rechazó El coleccionista, de John Fowles y Paloma solitaria, de Larry McMurtry, pero el “más conspicuo” fue rechazar, después de años de trabajo editorial, La conjura de los necios, cuyo autor, John Kennedy Toole, se suicidó más tarde y cuya “horrible madre” hizo una campaña de difamación contra Gottlieb.

En 1968, con 36 años, marcha a Knopf. Sus instintos pronto trajeron otros éxitos, como Robert Caro y su biografía de Robert Moses, patriarca del urbanismo expansivo de Nueva York (el manuscrito tuvo un millón de palabras; Gottlieb tardó un año en cortarlo). Allí también se produjo su enamoramiento editorial con Toni Morrison.

Pasa del glamour de las memorias de Lauren Bacall a las historias populares de Barbara Tuchman. Publicó a Bruno Bettelheim, Bob Dylan (sus letras), las memorias de Katharine Hepburn, la Señorita Piggy (de los Muppets) y Diana Vreeland (editora de moda). Publicó a John Gardner, Cynthia Ozick (mientras verificaba unas galeradas, ayudaba a contar las contracciones de su esposa en el hospital), Alfred Kazin y Elia Kazan. Estuvo a cargo de la edición de los cuentos de John Cheever en 1978 y de sus Diarios, su “más difícil proyecto editorial”.

La asociación con Knopf fue interrumpida (de 1987 a 1992), cuando fue el nuevo editor de The New Yorker tras William Shawn, no sin protestas del equipo. Hizo pequeños cambios, especialmente en ficción, e incorporó algunos nombres: David Remnick (ahora el editor), Alma Guillermoprieto o Adam Gopnik.

En 1992, la revista pasó a Tina Brown y Gottlieb regresó a Knopf, para editar manuscritos de viejos amigos o bien libros como, en 1998, las memorias de Katharine Graham, directora de The Washington Post. Por ese volumen Bill Clinton lo contactó para escribir su autobiografía. También empieza a hacer reseñas, criticar danza, editar antologías y escribir libros, como una biografía de Sarah Bernhardt y otro sobre los hijos de Charles Dickens.

Para él una vida dedicada a los libros es una constante alegría. Pero con la distancia de los años, la felicidad parece exagerada en su recuerdo, con manuscritos siempre recibidos de manera “extática”. La sección elogios es florida; de Clinton dice: “Nunca me topé con una mente que comprendiera las cosas más rápidamente”. Pero hubo autores molestos: era un “dolor” Roald Dahl; V. S. Naipaul es “narcisista y esnob”; Salman Rushdie, tras ganar el premio Booker, pasó de ser afable y amistoso a exigente y poco cordial.

Cuenta poco de los aspectos no editoriales de su existencia: sus años de “estricta terapia freudiana”; su segundo matrimonio, sus dificultades con un hijo con Asperger; sus estancias en París y Miami; su compulsión coleccionista: por ejemplo, de bolsos plásticos, sobre los que, por supuesto, escribió un libro.

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