Culto
Si yo fuera rico: el chacal

Si yo fuera rico: el chacal

Si yo fuera rico adquiere un tono agridulce que quizás es su mejor mérito. Puras paradojas; donde vemos una comedia en realidad estamos ante un drama atroz.

Si bien es demasiado pronto para juzgar cuál va a ser el legado simbólico de personajes como Rafael Garay en la sociedad chilena, Si yo fuera rico (la nueva teleserie de Mega) puede entregar algunas pistas. Si bien es cierto que tiene todas las marcas de autor de su jefe de guión Rodrigo Cuevas (la obsesión sobre cómo funcionan las familias de clase media, el mapa de los barrios de Santiago y candoroso heroísmo de personajes improbables) también se trata de un culebrón que destila un veneno agridulce, un melodrama feroz para el horario en que se exhibe.

Se trata de algo que sucede más allá de los relatos que se narran. Las tres historias de ganadores de Loto que ven su vida cambiar por medio del dinero (un ladrón arrepentido, un padre de familia futbolero, una estudiante secundaria huérfana) funcionan como fábulas perfectas, llenas de velocidad, capaces de contener todas las premisas que el canal aspira a exhibir en ese horario pues hay un ejército de niños, María Gracia Omegna y Gonzalo Valenzuela hacen una perfecta pareja romántica, Jorge Zabaleta y Mariana Loyola pilotean la comedia con una química envidiable y todo se ve tan ligero como inofensivo. Pero esto sucede solo en apariencia porque la narración está subordinada a una colección de dramas construidos sobre cierta urgencia social. Vemos así a madres solas que no tienen cómo criar a sus hijos, niñas abandonadas y golpeadas por padres alcohólicos, trabajadores explotados (lo que le dice Zabaleta a su jefe en el primer capítulo es notable), familias hacinadas, adolescentes víctimas de bullying y abuso familiar. Aquello provoca un efecto extraño. Si yo fuera rico se alimenta de la realidad de un modo inédito para el formato pues existe en lugares concretos y hace humor citando al presente, usando para efectos dramáticos las vistas parciales de un Santiago segregado. De este modo, tiene más que ver con Avenida Brasil que con Pituca sin lucas como si hubiera una delgada capa que al rasgarse hace aparecer un retrato de la sociedad chilena tan feroz como nítido.

Pero todo lo anterior no funcionaría sin Daniel Muñoz, que acá interpreta a un asesor financiero mediático capaz de recordarnos a Rafael Garay, un hombre venido de la provincia y hecho a sí mismo, experto en pasearse por los medios pero también en entrar en las vidas ajenas gracias a una falsa empatía. Muñoz, al que todos recordamos casi siempre como la encarnación perfecta de una épica de la chilenidad y de la bonhomía del ciudadano a pie capaz de soportar el peso de la vida para emerger de ahí tan silente como digno, acá borda un villano sinuoso: un estafador televisivo que esconde tras una sonrisa comprensiva a un sociópata mediático. Así, Muñoz se pasea por el relato sin una intención clara, al modo de un ángel de la muerte. Hay algo ominoso en su personaje que solo funciona porque se trata de él, un villano al que no creemos capaz de ningún mal porque su fábula de superación personal (graficada en el tono calmado y persuasivo con el que se relaciona con los otros) es su coartada pero también la manifestación de su moral de doble fondo.

Con esto, Si yo fuera rico adquiere un tono agridulce que quizás es su mejor mérito. Puras paradojas; donde vemos una comedia en realidad estamos ante un drama atroz, donde reconocemos un rostro amigo hay un estafador de cuello y corbata, donde leemos una colección de ficciones consoladoras nos estrellamos con una realidad a la intemperie. Sí, el tema del show es su lectura contradictoria respecto al valor del dinero, pero eso no existe de modo abstracto sino que en una realidad que, aunque deformada por la liviandad visual de la telenovela, aparece con una avasalladora claridad. Por supuesto, mucho de esto descansa en el peso simbólico (y la sorpresa) que representa ver a Muñoz cambiar de piel en pantalla. Chacal de los medios, su personaje es quizás la expresión ficticia de lo que Garay dibujó en público estos últimos años, ese cuento donde el culto a la personalidad estaba unido al lucro como ideología y donde la tele no era otra máscara de un ansia tan contemporánea como perversa.

Sobre el autor: