Culto
La sexualidad perversilla ante el horror

La sexualidad perversilla ante el horror

El autor de Años de fascinación aborda el escarnio de sí mismo con una intrepidez muy poco frecuente entre los novelistas primerizos.

La primera novela de Pascual Brodsky rezuma madurez, coraje, temperancia y fuerza narrativa, cualidades que no son comunes en un debutante, por cierto, pero que son francamente exóticas dentro de aquel piño de novelistas chilenos menores de 40 años que han transformado sus autobiografías -de niños, de adolescentes, de jóvenes- en un cúmulo de libros prescindibles. Brodsky intuye, e intuye bien, que la linealidad suele ser un recurso pobre en este tipo de ejercicios confesionales o semi confesionales, de modo que Marcial, el protagonista, soluciona parte del dilema planteando un juego entre el yo y el él que no ha sido dispuesto para asombrar al lector impresionable, ni tampoco está, poniéndonos en el peor de los casos, destinado a confundir al lector bienintencionado. El autor pretende transmitir los matices de una sutileza oscurecida, que es la que se extiende con efectividad a lo largo de Años de fascinación: cautivar con calma, sin alardes ni rimbombancias, basándose en la consistencia de un relato que incluye el rostro brutal de la tortura, la infamia, el asesinato, la violación, y el vislumbre refrescante de la impudicia sexual.

No es difícil deducir desde el principio de la novela que Marcial es nieto de Carmelo Soria, el diplomático español que fue torturado y asesinado por agentes de la DINA en 1976. La historia de la madre activista, Isabel, es uno de los rieles por los que el muchacho descorre el velo de una intimidad dolorosa, sin duda, pero que no provoca en él los archiconocidos raptos de victimización. Por el contrario, Marcial e Isabel manifiestan un humor envidiable, y en un momento dado, echando mano del cinismo que abunda en situaciones diversas, el protagonista declara que a su alrededor, entre los adultos, ve a “personas que querían hacer justicia, o revolución al mismo tiempo que criar hijos, como si necesitaran a los críos para tomarle cariño a la vida, o para darle a la vida un pie forzado que organice. Los hijos como el pie forzado”.

De niño, vale agregar para completar el cuadro, el narrador fue un ser lleno de humanidad, como lo prueba esta frase sensible e inteligente: “Los domingos despertaban en Marcial el genuino deseo de no asistir nunca más al colegio, acumular anotaciones en el libro de clases, miles de suspensiones hasta ser expulsado y morir. Despertarse por la mañana era lo más difícil que conocía en la vida”.

El otro eje sentimental, o el otro riel, ya que veníamos con eso, lo constituye Sofía, la novia de Marcial, quien a los 11 años fue violada por una patrulla de carabineros mientras regresaba a casa de su clase de gimnasia. El amor entre los jóvenes es a ratos tortuoso, pero el rasgo más llamativo de la relación se va desarrollando pausadamente, a través del encomiable manejo de las emociones y los impulsos. Me refiero a cierta dinámica sexual perversilla, que es de lo mejorcito que se ha escrito en Chile sobre el tema en las últimas décadas. El círculo afectivo madre-hijo-novia se inflama con los celos de Sofía ante los comprensibles ímpetus de protección de Isabel tras los horrores vividos. “Yo empezaba a sentirme aplastado entre el útero pachamámico de Isabel y la Sofía eugenésica”, confiesa Marcial valiéndose del humor efectivo que lo define.

En Años de fascinación el autor aborda el escarnio de sí mismo con una soltura que alude al coraje que mencioné al principio. La niñez, los años escolares, la adolescencia, la presumible adultez, en fin, los diferentes estados de evolución personal jamás aparecen tiznados por las sombras vergonzantes de la autocompasión. Se diría que por momentos el protagonista es un observador pasivo de su propia existencia, algo que, lejos de quitarle fortaleza, le confiere al sujeto una exhalación de sabiduría que queda estupendamente reflejada en el gran desenlace de la novela, un episodio en donde sí se capta un posible sentido último de la palabra compasión.

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