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Culto
Breves apuntes del cine de Hayao Miyazaki

Breves apuntes del cine de Hayao Miyazaki

Las películas del Studio Ghibli, especialmente las de Miyazaki, constituyen el ejemplo paradigmático de un arte popular de calidad que, fuertemente enraizado en la tradición cultural japonesa, ha sabido alcanzar a un amplio público extranjero formado igualmente por niños y adultos de todo el mundo.

Klay Hall, director de Planes de la poderosa Pixar y de algunos capítulos de una serie canónica como Los Simpson, contó en una entrevista que cuando se enfrentan a un problema en los estudios de Toy Story, “cuando nos trabamos con alguna pared, ponemos una película de Miyazaki y ahhh… es como el mejor capuccino”.

Tiempo ha, al otro lado del Pacífico, el japonés Hayao Miyazaki fundó el Studio Ghibli —cuyo nombre puede referirse en italiano tanto a un tipo de viento cálido del Sahara como a cierto modelo de aeroplano utilizado en la II Guerra Mundial— junto a su amigo y colega Isao Takahata en 1985.

La idea se remonta a un par de años antes, cuando la editorial Tokuma (Tokuma Shoten) decidió producir el largometraje animado Nausicaä del Valle del Viento (Kaze no Tani no Naushika, Hayao Miyazaki, 1984) a partir de la novela gráfica homónima que Miyazaki llevaba publicando por entregas en la revista Animage de la propia editorial.



Forma

El enorme éxito alcanzado por la película llevó a la creación de un estudio que desde el principio se propuso producir dibujos de calidad a partir de obras originales, lo que entrañaba considerables riesgos financieros.

Otro asunto que llamó la atención es la doble faceta de Miyazaki como realizador y como animador. Contrariamente a la mayoría de directores de animación, que únicamente dirigen sus obras, Miyazaki corrige, rehace muchos de los dibujos de su equipo hasta dar con la forma que busca.

Cuando vemos una película con su firma, estamos viendo realmente su mano en cada plano.

Pero el rotundo éxito internacional de los trabajos del Studio Ghibli no sólo se debe a su innegable calidad visual, que, entre 1994 y 2006, iba a estar acentuada por el uso —siempre comedido— de la animación digital; su renombre apunta a un equilibrio entre la forma y el contenido del producto, es decir, entre su impecable factura estética y el singular tratamiento de los temas universales que subyacen.



Fondo

Si la mayoría de las películas de Disney son historias de hadas y versiones de cuentos tradicionales de la literatura europea —recogidos de autores como Charles Perrault o los hermanos Grimm, aunque mutiladas de sus elementos más sórdidos y atroces—, los relatos del Studio Ghibli parten, en su mayoría, de guiones originales y una apuesta por la creación de tipo artesanal, que hace prevalecer la calidad sobre la cantidad.

“Ghibli ha dado al mundo de la animación un menor número de films, pero de un acabado artístico mucho mayor, lo cual es debido también a la doble faceta de Hayao Miyazaki como realizador y como animador”, escribe Raúl Fortes en la Guía para ver y analizar El viaje de Chihiro (2001), tal vez la película más representativa del universo de Miyazaki, a la vez que la más premiada.



Trasfondo

Tal vez sea lo más singular de la filmografía de Miyazaki sea la concepción budista de sus personajes, quienes no se dividen entre buenos y malos, como suele ocurrir en el esquema maniqueo de la animación —y de la mayoría del cine—, sino que presentan rasgos positivos y negativos en partes iguales.

A diferencia de la culpa teológica de la tradición judeocristiana occidental, la noción de culpa en Oriente va íntimamente ligada a la energía derivada de los actos erróneos de vidas pasadas.

Para el budismo, por así decirlo, a quienes consideramos malos son, por lo general, seres incapaces de controlar su karma negativo, o bien con una voluntad débil para hacerlo, cuando no seres que ignoran la verdad, estando sus acciones motivadas, no tanto por un deseo consciente de hacer el mal como por el desconocimiento del bien.

Tanto para el budismo como para el universo Miyazaki, el hombre no es bueno ni malo: puede volverse una cosa u otra de acuerdo a su conducta.

Así, los filmes de Ghibli están protagonizados por personajes que aprenden a aceptar las limitaciones del mundo y el humilde lugar que están llamados a ocupar en el orden cósmico.

Tal vez por esto las películas de Miyazaki se convierten en metáforas del paso a la edad adulta, que distan de los héroes ideales. De hecho, los antagonistas, lejos de la imagen del clásico villano, pueden llegar a inspirarnos simpatía. No en vano, los personajes enemigos suelen acabar convirtiéndose en amigos, como ocurre en El castillo en el cielo o en El castillo ambulante (Hauru no ugoku shiro, 2004).


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