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Culto
Más se fortalece: los diez años de Ases Falsos en el Caupolicán

Más se fortalece: los diez años de Ases Falsos en el Caupolicán

Dentro del cuadro de honor de los conciertos locales habría que enmarcar lo hecho por Ases Falsos hace casi un mes. La fiesta celebrada en un Caupolicán repleto de sus seguidores fue como ver a la banda bailando en el abismo, al borde del cañón.

Por favor, deja de decir que me quieres
porque si no te gusta esa banda no me quieres,
porque yo soy esa banda, esa banda soy yo
.
Jonathan Lethem

Habría que explicar la habilidad de Cristóbal Briceño — “acaso el nuevo Calamaro que le cantó a todo lo que tuvo por delante hasta que no tuvo más a que cantarle”, según escribió Milton Mahan de Dënver— como un aplicado y sentido cantautor desde el único guiño ajeno a sus proyectos que dispararon el tercer viernes de diciembre en su primer show en solitario del Teatro Caupolicán: “Don’t dream it’s over”, la canción en donde Neil Finn dice sentirse perdido, por una parte, y a la vez, se repite a sí mismo que no sueñe con que todo se ha acabado.

Hace diez años, cuando firmaban sus discos como Fother Muckers, Briceño, Simón Sánchez y Héctor Muñoz habían publicado un álbum debut —el inubicable No soy uno (2007)— al alero del sello Escarabajo que a su vez tenía la distribución de un sello como Emi Music Chile. Tal vez por eso Fother Muckers pudo abrir conciertos en un lugar como el Teatro Caupolicán para bandas convocantes como Lucybell. Incluso, mucho tiempo después, harían lo propio con Jorge González — “es como jugar con Maradona”, dijeron en ese momento.

De vuelta en San Diego, una fila espesa nos deja en la bandeja más alta de la platea más encaramada. Frente al empuje voraz de abajo, la decadencia suave de arriba: adultarse es eso, adulterarse: sentir que sentado en una butaca se pasa mejor que parado y saltando en un concierto. Que uno se imagina que tal o cual van a durar y que no duran. Que cualquier pena se va desdibujando, aunque parezca eterna. Que hace diez años uno se equivoca siempre —incluso cuando acierta. Y hago vulgaridades que nunca había hecho cuando era: sigo a mis amigos por un pasadizo para bajar sin entrada hasta la cancha.

Avanza el concierto, por supuesto.

Sin mediar palabras, Ases Falsos —el nombre que adoptaron a modo de resurrección, cuando mataron a Fother Muckers durante la Semana Santa de 2011— saluda con un medley que escarba en sus tres discos publicados a la fecha —como el grandes éxitos de la banda que venden a la entrada—, zigzagueando hábiles entre algunos de sus temas más conocidos: “Fuerza especial”, “Manantial”, “Misterios del Perú”, “Venir es fácil”, “Quemando”, “Séptimo cielo”, “Pacífico”, “La sinceridad del cosmos” y “Salto alto”, representando al Juventud americana (2012); “La gran curva”, “Búscate un lugar para ensayar”, “Mantén la conducción” y “Tora Bora”, por parte de Conducción (2014); y “Fría” y “Creo que no creo” desde su último trabajo que lleva una imagen en su portada que reza El hombre puede (2016).

“Es sorprendente la comunión de Ases Falsos con su audiencia”, apuntaba hace años el crítico musical Marcelo Contreras. Razón tiene. Tal vez el denominador común de Fother Muckers —esa promesa inconclusa del rock pop chileno— y Ases Falsos —su extensión— sea la habilidad de Briceño para hacer de las buenas historias —no solo de la prensa, no únicamente de la literatura, como buen lector omnívoro— el centro líquido de sus canciones.

Ahí están “Pacífico” y “Venir es fácil” (La canción de Occupé Bayenga), entre medio de historias personales como “Ivanka” —una canción escrita al furgón de la banda, que cita a Nietzsche en el verso “quien menos posee, menos poseído es”— y una declaración de intenciones como “Simetría” —que aparece en un disco que lleva en la carátula el trabajo de un pintor como Jean-Léon Gérôme, que retrató mejor que nadie los paisajes del reparto europeo de África.

“Como mi trabajo incluye literatura, me veo en la obligación y muchas veces en la penosa obligación de tener que construir letras y me esfuerzo harto y me trato de conectar con cosas reales”, contó alguna vez el cantante.

Esa noche en San Diego el autor de las letras de Ases Falsos deslumbró como un estudioso de la actualidad y la tradición, ambicioso pero lo suficientemente inteligente como para saber que sus limitaciones también pueden ser sus virtudes: fingió una intimidad devastada (“Información sentimental”) o recordó a Weezer cuando revienta una canción (“Mantén la conducción”) que arranca como si fuera un tema extraviado por Congreso.

Alguna vez Briceño contó que llegó a la música “a la fuerza”, según él, “como todo el mundo”.

“Todos empezamos escuchando música como empezamos a respirar humo de cigarro, a partir de terceros. Con la música que escuchaban mis padres… yo soy el hijo mayor entonces no tuve hermanos que me influenciaran, que he notado que eso es algo importantísimo para mucha gente. En mi caso, fue la música de mis padres lo que puede explicar mi gusto por la música antigua y en esa colección está los Beatles, Silvio Rodríguez, los Carpenters, las canciones folclóricas por el lado de mi madre, y por el lado de mi padre los Gipsy Kings, Los Prisioneros y Eros Ramazotti”, explicó.

El candor provinciano de sus intervenciones recuerda su ubicación en el contexto de bandas actuales, en esa historia que han montado para hacer convivir melodías pegadizas con pequeñas grandes historias y citas-homenaje a sus autores favoritos: “Me cuesta creer que los fans nuestros que son de verdad y que votan, lo hagan por Piñera”, dijo Briceño con el-nombre-del-grupo-en-fuga-como-fondo (un “guiño” al que usó The Beatles en el Budokan en 1966), donde apareció con una chaqueta con la bandera de Venezuela al comienzo del tercer acto.

“Quiero ser parte de la gran fisura, la que rompa el dique”, escribió el propio Briceño un mes antes en una carta donde llamó a ser verdaderos servidores públicos en lugar de votar: “Es ser alegre en el tedio citadino, es ser generoso en la escasez”, anotó allí, “no es un trabajo remunerado, es una manera de ser”.

En la antesala a este concierto, la banda improvisó una junta con sus seguidores en el Parque San Borja, donde fue filmado el primer videoclip de su precuela Fother Muckers, “Fuerza y fortuna”, tal vez uno de los grandes ausentes de la noche. “A los guardias de seguridad les tuvimos que inventar que éramos de un grupo evangélico, porque ya nos estaban mirando feo y con ganas de echarnos”, contó el guitarrista Martín del Real.

La lista de temas en el Caupolicán fue generosa: más de treinta en un concierto de casi tres horas que incluyó piezas que cumplen una década como “Fueron” y “Ríos color invierno” —sorpresivamente acompañados de Héctor Muñoz— y canciones todavía inéditas en su discografía como “Mi tribu”.

Entre lo eléctrico y lo acústico, con un compenetrado Sergio Sanhueza en las percusiones, el bajista Simón Sánchez despidió el concierto medio en broma y medio en serio: “Es un sueño”.

Cuando lanzaron su segundo disco Conducción en 2014, mientras la gente pedía “¡gaviota, gaviota!” en un teatro abarrotado como La Cúpula, Cristóbal Briceño agradeció con un mensaje que bien podría describir el primer Caupolicán de la banda, un hito para atesorar: “Estuvo bueno. Nos reímos, bailamos, lloramos”, dijo entonces. “Para nosotros fue significativo tocar en este local tan grande y esperamos no tener que ir a hacer ahora el Caupolicán y todo ese escalafón de mierda, pero lo más probable es que sí lo hagamos”, sentenció.


* Fotos: Oliver Vargas.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars