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Culto
La república popular de la opinión

La república popular de la opinión

El rito anual de seleccionar las mejores películas del año representa en la actualidad tanto el triunfo como la derrota de la crítica de cine.

El rito anual de seleccionar las mejores películas del año representa en la actualidad tanto el triunfo como la derrota de la crítica de cine. El triunfo básicamente porque los críticos lograron instalar la idea de que no todas las películas valen igual, que hay algunos estrenos que son particularmente honrosos y que por eso merecen ser rescatadas del olvido corto que es el año, apostando quizás a que con el tiempo incluso podrían convertirse en clásicos o entrar a ser parte de un canon.

Pero es también la completa derrota del gremio por la enorme cantidad y variedad de top 10 que circula sobre todo en el mundo digital. Aunque todas las listas rotulan con la idea de las mejores películas, está claro que el concepto lo llenan con materiales muy distintos. Viendo algunas listas (y podemos pasarnos tranquilamente varias noches revisándolas en los sitios más impensados) uno diría que la mayoría de los rankings, sobre todo los más asociados a la industria, parecieran confundir lisa y llanamente los mejores estrenos del año con los peores. Porque te puedes encontrar con vacunazos como Baby: el aprendiz del crimen (Edgar Wright) o con Thor: Ragnarok, del sello Marvel. Sí, por qué no, dónde está el problema. Hay gusto para todo. El tema sin embargo es un poco más amplio que eso y está asociado en el fondo a la creciente, notable y torrentosa corriente de opiniones que circula por la red. Esto, que recién está empezando y que en los próximos años seguirá haciendo crecer esa corriente exponencialmente, cambia por completo el escenario. De hecho, ya produjo la confusión entre las películas que son más gustadoras con las que efectivamente son mejores. ¿Mejores en qué? Bueno, mejores en función de las categorías de calidad, de autoría, de originalidad, de continuidad o de transgresión que tradicionalmente manejó la crítica.

Como lo planteó hace poco en El País el escritor mexicano Jordi Soler, lo que manda hoy en día es más el flujo de la opinión multitudinaria de las tribus que la voz experta de quienes oficiaban de sabios al interior de las mismas, con buenas o malas razones, con aciertos a veces pero también con muchos errores. Abajo entonces los sabios y sean todos bienvenidos a la república popular de la opinión -fácil, acogedora, gratuita y a la mano-, en la cual tarde o temprano siempre lo mejor pasará a ser lo que más gusta y por ende -no nos perdamos- lo que más vende.

El problema, claro, es que en los dominios del arte las cosas son algo más complicadas. Los productos culturales que más permanecen -novelas, películas, obras musicales- no necesariamente son los que más gustan en un momento sino precisamente, al revés, los que más disgustan o desafían, entre otras razones, porque contrarían los lugares comunes, porque modifican las perspectivas que damos por establecidas o porque expanden nuestro imaginario habitual. Y esto, aunque no tenga mucho rating, vaya que es importante porque es más probable que la historia pase por aquí que por el best seller.

En cualquier caso, no sé si son estas consideraciones las que me hacen creer que, de todos los estrenos del año, Silencio fue por lejos la película más potente e inspiradora. Seguro que también la más bella. Tengo que reconocer eso sí que, aun antes de ponerme a revisar listas o a ponderar méritos de otras cintas, tengo con el cine de Scorsese una conexión previa que me predispone en su favor. ¿Sesgo? No sé: prefiero creer que mi entusiasmo con su obra se juega más en la noción de identidad. Su cine la tiene, y de sobra. Y Silencio es de esas películas, que como todas las grandes obras de arte, te emplazan a preguntarte quién diablos eres tú

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