*

Culto
Thoreau: echarse a andar

Thoreau: echarse a andar

¿Era Thoreau realmente un nihilista, según han planteado algunos exégetas contemporáneos? ¿O un pensador menor, como sospechaba con mezquindad Ralph Waldo Emerson, quien fue nada menos que su mentor?

Varias veces me he preguntado qué reacciones hubo entre los vecinos de Concord, a la fecha un modesto villorrio de Nueva Inglaterra, cuando el 23 de abril de 1852 Henry David Thoreau leyó por primera vez un manifiesto propio ante una concurrencia incierta al interior del Lyceum. El ensayo, titulado Caminar, o lo salvaje, instaba a una comunidad más bien agraria e industriosa a dejar de pensar en el trabajo y a concentrarse en lo que le era crucial al orador: pasear por la naturaleza, a campo traviesa o a través de pantanos y bosques tupidos, sin otra cavilación en mente que el acto mismo de deambular en contemplación extática. No hay duda de que los laboriosos concordinos miraron con desdén a esta especie de vago iluminado, o a este flojonazo delirante, que, aun así, llegó a convertirse con el correr del tiempo en el padre del ecologismo moderno.

Thoreau nació hace 200 años y los homenajes para celebrar su figura, la vigencia de su pensamiento, se han llevado a cabo con variada intensidad en el mundo entero. En lo personal, avanzo lentamente en una fascinante biografía suya que acaba de lanzar la profesora Laura Dassow Walls, de la universidad estadounidense de Notre Dame. Y aquí se acaba de publicar una edición bilingüe de Caminar, fruto de las labores mancomunadas entre una editorial chilena y otra mexicana. Alexia Halteman, la traductora, hizo un excelente trabajo en términos generales -la prosa anticuada de Thoreau puede ser compleja incluso para un hablante nativo-, aunque yo hubiese modernizado un poco la puntuación del autor. Deduzco, finalmente, que Halteman es mexicana, puesto que habla de “chícharos” en vez de arvejas.

El peculiar filósofo estimaba que Caminar era la fuente más precisa de su pensamiento, pensamiento que alcanzó su máxima expresión luego de aquel experimento personal descrito en esa obra maestra que es Walden, o la vida en los bosques. En Caminar, Thoreau sostiene que el hombre ha de ser considerado como “una parte o parcela de la Naturaleza, más que como un miembro de la sociedad”. En cuanto a la dedicación que el deambular requiere, anota que “ninguna fortuna es capaz de comprar el necesario tiempo libre, la libertad y la independencia que constituyen el capital de esta profesión”. Al menos cuatro horas al día, “del todo libre de compromisos mundanos”, dedicaba nuestro andariego a recorrer el entorno de Concord. Y aunque asistió a la cercana Universidad de Harvard y paseó por los lejanos bosques de Maine, la tierra natal fue su principal campo de observación.

En un rapto de osadía, pero a la vez de honestidad, el autor asevera que no ve esperanzas para él “en céspedes y campos cultivados, ni en pueblos o ciudades, sino en pantanos impenetrables y movedizos”. La llamada a recluirse en lo silvestre es uno de los grandes mensajes del libro, y puede que no haya frase suya más citada, ni más glosada, que la que aquí se lee en la página 27: “(…) en lo Salvaje está la preservación del Mundo”. El saber universal, y lo que entendemos por civilización, resulta ser una trampa mortal para el este genuino revolucionario: “La ciencia de Humboldt es una cosa, la poesía es otra. El poeta hoy en día, a pesar de todos los descubrimientos de la ciencia, y el conocimiento acumulado de la humanidad, no goza de ventaja sobre Homero”. Enfrentado a la ignorancia de cualquier interlocutor, la prefiere por lejos al “llamado conocimiento”, que muchas veces le parece “peor que inútil, y además feo”. Recordar el pasado es algo que también cae en lo banal dentro de su concepción de mundo, pues “no podemos permitirnos no vivir en el presente”.

¿Era Thoreau realmente un nihilista, según han planteado algunos exégetas contemporáneos? ¿O un pensador menor, como sospechaba con mezquindad Ralph Waldo Emerson, quien fue nada menos que su mentor? Ni lo uno, ni lo otro. Así lo prueba esta hermosa, profunda y atinada declaración de principios: “Mi deseo de conocimiento es intermitente, pero mi deseo de bañar mi cabeza en atmósferas desconocidas para mis pies es perenne y constante. Lo más alto a lo que podemos aspirar no es la Sabiduría, sino a la Simpatía por la Inteligencia”.

Sobre el autor: