Culto
En Órbita: cómo ir a un festival del que no sabes nada puede ser una buena decisión

En Órbita: cómo ir a un festival del que no sabes nada puede ser una buena decisión

A veces, estar desactualizado sirve para sorprenderse cuando todo el mundo ya está curado de espanto.

Llegué al planetario a las 7 de la tarde. La última vez que había estado ahí fue un intento fallido por entrar en un día en el que fui sin saber que estaba cerrado. Ahora el panorama era completamente distinto. A una semana de Navidad, Estación Central estaba, como si fuera posible, más llena que de costumbre, y el planetario ídem.

Tenía cierto temor respecto a la acreditación porque durante la semana el horario se me había hecho imposible (de 10 a 13 hrs en la Biblioteca de Santiago, amigos la gente trabaja a esa hora) y al escribir preguntando si el horario iba a ser el mismo el sábado, no recibí respuesta. No importa, todo bien, entré y me pareció particular la distribución de los escenarios, no es que hubiera más opciones, pero daba la impresión de que se evidenciaba demasiado que el lugar no estaba hecho para ese tipo de eventos, y con el correr de las horas, de que el lugar servía como anécdota, para las fotos, porque no presentaba nada que sumara al evento mismo.

Un par de amigos quisieron tomar cerveza, no lo lograron por un sistema rarísimo en que sólo se podía comprar de a 5 tragos. ¿Qué pasa si sólo querías una simple cerveza? Obligado a unirte a desconocidos en un festival de música o a tomarte 5 vasos de alcohol (whiskey o cerveza) y esperar sobrevivir dignamente.

Al rato me ubiqué frente al escenario de Parquet Courts, banda a la que no había escuchado nunca pero que me había recomendado un amigo.

A veces, estar desactualizado sirve para sorprenderse cuando todo el mundo ya está curado de espanto. Parquet Courts fue la sorpresa que necesitaba. Mientras una amiga decía que a ratos eran algo adolescentes, la banda desplegaba energía como para un concierto hardcore aunque aquí el público estaba lejos de ello. La banda tenía tanto canciones de corte indie que bien podrían haber estado en un disco de Weezer, las que en su mayoría eran cantadas por el guitarrista Austin Brown, para pasar a unas descargas energéticas importantes del lado del otro guitarrista/vocalista Andrew Savage, quien le hacía honor a su apellido con una impronta que a ratos me recordaba a Milo Auckerman. Si bien no se armó ni un pogo y el público tenía un corte pasivo, la banda cumplió a cabalidad con todos los presentes. Las pausas que daban las canciones más tranquilas al huracán de hardcore que eran las demás, hacía que hubiera cierto equilibrio general en su presentación. De adolescentes nada: son una banda adulta, con un sonido fresco y al mismo tiempo nostálgico, quizás para mi amiga sonaban a su adolescencia, y quizás para todos los que estábamos ahí, ¿pero no son las bandas que escuchamos en esa época de la vida las que más nos gustan después? En fin, nota siete promedio siete para Parquet Courts.

Terminó y me fui a uno de los cuatro carritos que vendían comida. Si bien estábamos en Estación Central y mis ganas de cruzar al McDonalds fueron reprimidas por una de las guardias porque no se podía salir y volver a entrar, terminé pagando las tres lucas que habría gastado en el local de la M en uno de los carritos. Creo que en estos casos, el hambre es más fuerte que lo que te dan, y podría haber estado comiendo tolueno y habría dado lo mismo porque las circunstancias te obligan a comer en uno de esos recintos. Me fui con mis papas fritas y mis nuggets a ver a Juana Molina, a la que, adivinen, tampoco había escuchado. Sabía quién era pero la vez anterior que estuvo tocando en Chile olvidé bajar sus discos así que se me pasó por alto. Ahora me instalé a comer al lado de la mesa de sonido para encontrarme con el magnífico desplante de Juana, de la que me habían advertido era increíble y TENÍA que ver, porque en vivo se movía de una forma que nunca oiría en sus discos. Era cierto. El desplante y cómo se movía y hablaba en el escenario eran en sí un espectáculo, sumado a su carisma para llevar pormenores como las alarmas de los autos estacionados al lado del Planetario, punto en contra como lugar ya que con el sonido se iban prendiendo las alarmas una tras otra, para al final ser parte del show, del que Juana Molina salió gloriosa con un público devoto.

Casi por terminar Juana me fui pensando en ser precavida para encontrar un buen lugar en el escenario donde tocaría Lee Ranaldo, la estrella a la que realmente fui a ver a En Órbita. Pero ahí me encontré prácticamente con 17 personas frente al escenario. Puntual apareció Ranaldo y entonces quizás eran 24 personas. “Estoy casi seguro de que era el guitarrista de Sonic Youth”, comentaba alguien a mi lado, en la misma situación en que me habría visto yo frente a las bandas anteriores. Ranaldo apareció sin banda para tocar principalmente canciones de su último disco Electric Trim, unidas obviamente a temas de sus discos anteriores. A esas alturas ya había un número de público decente y respetuoso que, pienso, ha envejecido igual que Ranaldo. Ya no se ven locuras, sólo gente de pie escuchando y viendo a Lee Ranaldo hacer su magia con guitarras, recordándonos que es sin duda de los mejores guitarristas.

Terminó y la masa se fue moviendo hacia Cigarettes After Sex, show que ya había comenzado y que tenía al público cautivo, haciendo historias para instagram y disfrutando del sonido de esta banda de El Paso, Texas. Quién habría dicho que en El Paso se podía hacer música tan bella. Impecables.

Punto a favor el sonido del festival, si bien al llegar pensé que se podrían topar los sonidos, los escenarios estaban ubicados lo suficientemente distanciados para que eso no sucediera y cada escenario sonaba de manera correcta. Como soy una anciana me fui a dormir antes de que terminara, pero con la satisfacción de haber visto bandas de primer nivel.

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