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Culto
Hijos en edad de juzgar

Hijos en edad de juzgar

Edgardo Cozarinsky, el autor de Huérfanos, demuestra un soberbio manejo de lo tenebroso, de aquello que, sin ser presentado de modo explícito, se ramifica y retumba más allá de lo imaginable.

Los tres relatos de Huérfanos, un libro ejemplar en todo sentido, hablan de relaciones peculiares entre padres e hijos adultos. En el primero de ellos, El reencuentro, el protagonista arriba a un pueblo tropical a orillas del río Uruguay llamado El Soberbio, para participar en las ceremonias fúnebres de una madre a quien creía muerta desde la infancia. “Mi madre quería ser enterrada sin ataúd, desnuda, en campo no consagrado. En la selva”.

Después, en La huida, un hombre cuyos procreadores fueron torturados y asesinados por la dictadura argentina, un tipo contrario a la doctrina “biempensante”, se da el tiempo de visitar al viejo que considera su legítimo padre: aquel que, en complicidad con los militares, lo adoptó y lo educó. Y en La despedida, el narrador entabla con su papá anciano, que en algún momento de la vida fue gigoló, una conversación por partes que se desarrolla en lugares típicos de Valparaíso.

El escritor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky, autor de este libro, demuestra un soberbio manejo de lo tenebroso, de aquello que, sin ser presentado de modo explícito, se ramifica hasta lo indecible, retumba, y atrapa al lector a través de las sutilezas de una prosa firme, impredecible y, en comunión con lo recién expresado, precisa como mandoble que cercena pero no desangra. Hay belleza aquí, por supuesto, que no se me malentienda: la opacidad que cabalga sobre las frases perfectas de Cozarinsky emite un lustre inquietante que no sólo se explica en los grados de cinismo que, cuál más, cuál menos, practican los tres hijos que articulan los cuentos de Huérfanos.

Las revelaciones de pasados inimaginables -¿quién puede jactarse de conocer la existencia de nuestros progenitores antes de que, por así decirlo, nos familiarizáramos con ellos?- construyen ejes que cruzan por los relatos con sutileza, vértebras comunes que le otorgan identidad unitaria al libro. Además, la convicción de que a un padre sólo se le puede juzgar cuando se es adulto, que es algo en lo que Cozarinsky parece creer a pie juntillas, pone al descubierto, en su precariedad, a cierta tendencia de la joven literatura chilena contemporánea: cansados estamos ya de escritores que, sin nada mejor que hacer, y sin gracia alguna, se largan a impostar las voces de niños o niñitas o adolescentes que quieren comunicárnoslo todo acerca de sus papis o mamis.

“Toda una vida de ficción urdida por mi padre”, sostiene al principio de El reencuentro el narrador. En La huida, el visitante observa que “el afecto latía púdico bajo el silencio, pero el tiempo, la ausencia, las amenazas de una sociedad que se quiere de puros y justos habían hecho de ellos (de él y de su viejo) individuos que difícilmente pudieran retomar la relación interrumpida”. Y en La despedida, luego de observar ciertas fotografías, el hijo deduce a partir de la “sonrisa serenamente desafiante”, del “aplomo próspero, que lo acompañaban en playas brasileñas o en la cubierta de un barco de excursión”, que a su padre “no le importaba si era una mujer madura o un señor muy mayor el que invitaba”.

Tremendamente humanas y conmovedoras, las historias de Cozarinsky revelan a la vez una dimensión comúnmente ocultada de la adultez y de la vejez, algo que tiene que ver con el hastío existencial que otros autores, menos talentosos, sin lugar a dudas, sólo son capaces de denunciar antes que insinuar.

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