Culto
Fiebre de Sábado por la Noche: a 40 años del suceso que nació entre la farsa y la casualidad

Fiebre de Sábado por la Noche: a 40 años del suceso que nació entre la farsa y la casualidad

La película que retrató el fenómeno de la música disco se estrenó el 14 de diciembre de 1977, representó una época marcada por el hedonismo y catapultó a dos estrellas impensadas: John Travolta y los Bee Gees.

El origen de Fiebre de sábado por la noche está en una farsa. Los productores de la cinta tomaron como base el artículo “Ritos tribales de la nueva noche de sábado”, publicado en 1976 por la revista New York Magazine, que relataba las experiencias de un joven neoyorquino de trasfondo social trabajador, quien encontraba un nuevo propósito de vida en las noches en que se despegaba de sus problemas e iba a bailar a un club nocturno de Manhattan.

Ese joven, y el texto que retrataba a una juventud liberada sexualmente a través de la música disco, sirvió como inspiración para el personaje de Tony Manero (John Travolta) en la película, que se estrenaría el 14 de diciembre de 1977.

No fue hasta casi 20 años después que el autor del artículo, Nik Cohn, admitió que todo fue inventado. Si bien intentó reportear el tema, Cohn, británico y llegado hace poco a Estados Unidos, no logró penetrar en la cultura disco y decidió crear todo el asunto como un trabajo de ficción (sus editores nunca se enteraron).

Un invento que derivó en uno de los fenómenos cinematográficos más importantes de la cultura popular. De las cintas de ese año, sólo quedó atrás de Star Wars y Encuentros cercanos del tercer tipo en la taquilla global, con un presupuesto entre tres y seis veces menor al de esas producciones. En Chile se estrenó en 1978, y fue la segunda más vista del año, detrás de Star Wars, con 391 mil espectadores.

La película transformó en una estrella a Travolta, quien al año siguiente con Grease obtendría suficiente crédito como para mantenerse como estrella de Hollywood por cuatro décadas, a pesar de unos años 80 donde no conoció mucho éxito, unos 90 de renacer en popularidad, para luego decaer nuevamente hasta un complicado presente.

Entre medio de la estética colorida y pegajosa que ofrecía Fiebre… estaba un relato mucho más oscuro: el retrato de una juventud marginal, en cuyo día a día debía lidiar con la delincuencia, el machismo, la falta de oportunidades, el abuso sexual y la discriminación. La pista de baile para Manero y compañía era el único lugar en donde se podía encontrar un mínimo sentido de realización personal.

Celebrando sus cuatro décadas, la película fue remasterizada este año en 4K y editada en Blu-Ray con un nuevo corte del director. La versión original de la cinta será emitida hoy a las 18.30 en el Centro de Extensión de la Universidad Católica.

Pero a pesar de su legado cinematográfico, probablemente su mayor influencia no estuvo en la pantalla grande ni en las salas, sino en las pistas de baile. El impacto cultural y generacional del largometraje se debe en gran parte a su inolvidable banda sonora. La misma que, casi como otra jugarreta del destino, también nació casi por casualidad.

Travolta se convirtió en estrella como Tony Manero.

Hasta mediados de los 70, los Bee Gees eran un conjunto integrado por los hermanos Barry, Robin y Maurice Gibb, y que había gozado de una oscilante carrera desde el decenio anterior, marcada por melodías barrocas, singles inofensivos que intentaban arañar un espacio entre la estampida creativa de esos años, portazos de algunos de los representantes más cotizados de la época y varias fricciones internas que casi terminan con todo en el despeñadero. Pese a ello, se habían anotado hits memorables, como la evocativa Massachusetts, que trataba de un hippie arrojado a su suerte en la carretera: o sea, aún ni imaginaban un futuro saturado de bolas de cristal y bailes nocturnos.

Cuando la marcha de los años los obligó a la reinvención, el grupo se fue acercando cada vez más al sonido bailable, aunque sin una repercusión sustantiva. Hasta que en 1975, cuando se trasladaron a los estudios Criteria de Miami, vino la escena que cambió para siempre sus vidas y las de millones de adolescentes en el planeta. Mientras grababan Nights on Broadway, canción que formaría parte de su siguiente trabajo (Main course), Barry Gibb puso su voz cada vez más aguda y la estiró hasta alcanzar un falsete imposible. El productor, Arif Mardin, quedó maravillado y sólo atinó a apuntarlo con el dedo: “¡Eso es lo que debemos hacer!”.

Con la fórmula correcta entre sus manos, en 1977 se encerraron a grabar su nuevo trabajo, cuando recibieron el telefonazo del productor discográfico Robert Stigwood, encargado de la música del proyecto que inmortalizaría la onda disco en la pantalla grande. Eso sí, los hermanos Gibb nunca fueron la primera alternativa.

En las grabaciones más relevantes, y cuando la cinta ya había iniciado hace rato su rodaje, la composición que se replicaba en casi todas las escenas era Lowdown, de Boz Scaggs. Pero su sello, Columbia Records, no les otorgó autorización legal, debido a que querían ceder el track a otra iniciativa similar que también estaba explorando el fenómeno disco (proyecto que jamás prosperó). Recién ahí contactaron a los Bee Gees, quienes ya tenían un par de temas grabados que terminaron entregando a la historia, como You should be dancing.

“Los Bee Gees ni siquiera estuvieron involucrados en la película al principio. Ellos sólo llegaron al proceso de postproducción. Yo pasé mucho tiempo sólo bailando Stevie Wonder y Boz Scaggs”, comentó años después John Travolta.

Finalmente, el premio fue colectivo. El disco con la banda sonora fue lanzado el 15 de noviembre de 1977, aunque el single de adelanto fue A fifth of Beethoven, presentado tres meses antes.

Como el disco salió casi al final de temporada, 1978 fue el momento en que se disfrutaron sus mayores beneficios: de los 21 números uno de ese año, ocho fueron del trío originario de Australia, igualando la racha triunfal que sólo los Beatles habían conseguido en los 60. En marzo de 1978, cinco de las 10 primeras canciones del Billboard eran de los Bee Gees. Cerca del 2% de todo lo que vendió la industria del disco en ese año corresponde al soundtrack del largometraje.

Pero cuando los tiempos cambiaron,la banda nunca supo cómo reinventarse. Empezaron a ser sinónimo de una prehistoria que había desaparecido en el tiempo. Hasta debieron componer canciones para otros, pero camuflando sus apellidos: en los sintéticos 80, nadie quería vincularse en demasía a ellos. Eso sí, su huella de baile, timbres agudos y melodías irresistibles hoy sigue sonando fascinante.