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Culto
Instalar un mundo

Instalar un mundo

Hay que ver Suburbicon, bienvenidos al paraíso, aunque sea solo por razones disciplinarias y pedagógicas.

Hay que ver Suburbicon, bienvenidos al paraíso, aunque sea solo por razones disciplinarias y pedagógicas. No es una mala experiencia para poner las cosas en su lugar. La película de George Clooney sirve para clarificar los límites de un cineasta pie plano. Y es muy potente para los fines de vislumbrar las alturas que pudo haber tenido -lo que pudo la obra haber llegado a ser- si efectivamente los hermanos Coen la hubieran dirigido. Fueron los Coen quienes escribieron el guion en su primera versión, antes que Clooney le injertara una historia racial paralela llamada en principio a darle mayor actualidad al material, sin calcular que su peso específico también podía terminar hundiéndolo en la playa de los lugares comunes y en el mar de la estupidez.

Entre el cine rectangular y de verdades de cajón que cultiva Clooney y el cine perversillo, juguetón y de articulaciones dobles o triples que hacen los Coen no hay diálogo posible. Clooney es un actor limitado que quiere ennoblecer su prestigio en los corrales del progresismo gringo. Lo suyo son las observaciones machaconas y obvias. Los Coen, en cambio, son dos hermanos de imaginación cultivada pero básicamente bruta que han sido los responsables de varias de las mejores películas estadounidenses de las últimas décadas. Por qué un guion de ellos de los años 80 cayó en manos equivocadas es algo que solo se puede entender a partir de las lógicas de una industria que nunca fue particularmente sensible a las razones de la inteligencia y mucho menos a las del corazón

Los Coen son los Coen no solo por títulos como Fargo o No es país para viejos. Son lo que son porque instalaron a partir de su primer largometraje, Simplemente sangre (1984), un mundo inconfundible en la pantalla. A lo mejor no todas las películas que han hecho están a esa altura. Uno de sus últimos trabajos, por ejemplo, Hail Caesar!, quizás no pesa mucho más que una hamburguesa de pollo. Pero aun en las realizaciones más discretas de la dupla se reconoce una mirada sobre América que recupera como algo propio -esa es la gracia, porque jamás lo hacen desde la torre de marfil de la observación sociológica- las zonas más silvestres, más cerriles y también más feroces y violentas de esa sociedad.

Eso es lo que hacen los verdaderos autores. Instalar un mundo. Y en eso también el cine -gracias a los Eastwood, a los Scorsese, a las Kathryn Bigelow, o a los Hong Sang-soo que todavía quedan- sigue haciendo un aporte ireemplazable a las corrientes más revitalizadoras de la cultura contemporánea. Es lo que permite reconocer en Good Time, viviendo al límite, la obra de los hermanos Safdie, una cinta potente. Y es lo que, guardando todas las distancias, permite mirar al menos con atención un trabajo tan marginal -encantador, un poco condescendiente y a lo mejor hasta inocuo- como Un día cualquiera, la película chilena de radio Play que junta cinco cortos en torno al momento en que la chispas de la atracción en el caso de cinco parejas pasan a convertirse en otra cosa. Todo ocurre entre gente joven y modernilla del barrio alto. Okey: puede que a estos cortos dirigidos por Elisa Zulueta, Héctor Morales, Aranzazú Yankovic, Sebastián Brahm y Alvaro Viguera les falte en su mirada una vuelta de tuerca en términos de transgresión. Pero vaya que se agradece que tengan al menos una cierta coherencia interior. Esto desde luego no basta para calificar. Pero algo dice que por ahí habría que partir.

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