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Culto
Terremoto racial

Terremoto racial

Detroit, zona de conflicto es una muy buena película, pero tiene algo de grasa en su descripción de los blancos del Departamento de Policía: brutos, malos, corruptos, débiles y cobardes en general

Detroit, verano de 1967. Las temperaturas están por sobre los 30 grados, ciertas pasiones arden, las noches cálidas mueven a la gente a las calles hasta la madrugada. El soul es la música que identifica a la ciudad, cuna del sello discográfico Motown, y Larry Reed (Algee Smith) tiene la oportunidad de su vida con la presentación de su grupo The Dramatics. Al mismo tiempo la población negra está en llamas tras un incidente menor en un bar de mala muerte hace un par de días. No mataron a nadie, difícilmente hirieron a alguien, pero se llevaron presos a todos los parroquianos del local clandestino de 12th Street. Esta noche los disturbios están peor que nunca y cierran el teatro antes de hora: The Dramatics no puede presentarse. Larry, desalentado y tristón, se va al hotel Algiers con un amigo de la banda.

Estos son, a grandes rasgos, algunos de los hechos de Detroit: zona de conflicto (2017), la nueva película de Kathryn Bigelow. Luego, basándose en situaciones documentadas históricamente, se desarrollan (o se complican) los acontecimientos: dos policías racistas se ensañan con los afroamericanos que esa noche son huéspedes en el motel Algiers. Para peor, están con dos chicas blancas, razón suficiente para que la mecha de los uniformados blancos Krauss (Will Poulter) y Flynn (Ben O’Toole) arda toda la noche. La situación se enmarca en “los disturbios de Detroit”, revueltas raciales que terminaron con 23 muertos en julio de 1967.

En esta integración prodigiosa de una velada del infierno, Kathryn Bigelow echa mano a su usual talento en el manejo de la tensión, de los tiempos de más o de menos, de sus cámaras cómplices. Se podría decir que la realizadora de Vivir al límite (2009) tiene un pulso de ritmo volcánico, telúrico: cada acción se mueve como una placa tectónica con destino a la erupción final. En este sismo fílmico, quien asiste como espectador impotente, casi desde afuera, es Melvin Dismukes (John Boyega), un guardia de seguridad negro que siente la asfixia de la angustia. Presencia la brutalidad hacia sus hermanos de alma (“soul brothers” se llamaban entre los negros de Detroit), pero es poco lo que puede hacer.

Detroit, zona de conflicto es una muy buena película, pero tiene algo de grasa en su descripción de los blancos del Departamento de Policía: brutos, malos, corruptos, débiles y cobardes en general. En fin, es el punto de vista de Bigelow y quizás para sostener la tensión acumulativa había que sacrificar algo de psicologismo, de divagaciones. Se sabe que Bigelow cuenta como nadie los episodios más explosivos de la historia americana, y acá otra vez lo logró

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