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Culto
Sigur Rós: ese lugar entre el sueño y el despertar

Sigur Rós: ese lugar entre el sueño y el despertar

Costó salir del trance: el viernes, el trío islandés brindó en su debut en Chile el número más emocionante de la temporada.

Con una decena de álbumes de estudio, los Sigur Rós llevan tocando juntos más de veinte años. Comenzaron como un grupo de fanáticos del heavy metal y alcanzaron el reconocimiento mundial antes del cambio de milenio con Ágætis byrjun (1999), el primer disco de la banda que sonó fuera de Islandia —y que vendió más de medio millón de copias. En adelante, Cameron Crowe los puso en Vanilla Sky, Wes Anderson hizo lo propio en The life aquatic with Steve Zissou y hasta tuvieron una comentada escena en Game of Thrones. Ágætis byrjun se puede traducir como “buen comienzo” y lo cierto es que no pudo ser mejor, considerando que sus mayores éxitos, los etéreos “Svefn-g-englar” y “Olsen Olsen”, duran entre 10 y 8 minutos, respectivamente. Tal vez esas dos canciones fueron las ausencias más notorias en el debut de Sigur Rós en Chile, un concierto impresionante que comenzó con el escenario nublado y los mallets del baterista Orri Páll Dýrason evitando las métricas regulares sobre los toms. Entonces el cantante Jónsi hizo gala de su registro de contratenor y apareció evocando a un castrati, abanicando el arco de violín por su guitarra, como alguna vez lo hiciera Jimmy Page: esa es toda la melodía que hay en estas canciones tan económicas como expansivas, suficiente para los primeros aplausos y señas de reconocimiento al comienzo de “Glósóli”, el tercer tema de un concierto cargado al disco ( ) (2002). No sería el único pasaje celebrado por los once mil asistentes: el delicado y rabioso “Sæglópur” también recibió el vítor de un público ejemplar, entre visuales de ensueño que invitaban a abandonarse, así como la pasmosa “NÝ Batterí”. Alguna vez los tres integrantes de Sigur Rós intentaron describir su propia música en el Wall Street Journal: “Flotante y minimal”, dijo Jónsi, el cantante y guitarrista; “introvertida”, agregó el bajista, Georg Hólm; “como un despegue lento hacia algo”, complementó el baterista y pianista, Orri Páll Dýrason. Lo cierto es que hay algo en estas canciones, cuando las visuales te pierden en la pantalla, que te mete en la piel de un sueño: tres músicos completamente ensimismados y herméticos construyen una verdadera muralla de sonido que evoca la geografía de un paisaje etéreo: volcanes, cristales y un mar sacado del imaginario visual de un disco como Kid A. Tal vez el mejor atlas de Islandia sea la alquimia musical de los tres Sigur Rós: no por nada hace una década lanzaron Heima, una película que consiste en grabaciones de conciertos gratuitos y sin anunciar en diversos lugares de Islandia, que muestra insistentemente sus paisajes. Lo emocionante del asunto es que a pesar de que canten en otro alfabeto —”para mí, escribir música es como hacer magia”, dijo alguna vez Jónsi—, Sigur Rós se mueve en una gramática similar al lenguaje de los sueños. Lo anterior tal vez explique mejor lo difícil que fue volver a uno mismo cuando los islandeses salieron tres veces —¡tres veces!— a despedirse y a decirnos que el espectáculo —por qué no: el más emocionante del año— había terminado.


* Fotos: Carlos Muller.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars