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Culto
Detroit: rebelión en la ciudad del soul

Detroit: rebelión en la ciudad del soul

Hace 50 años, la cuna del sello Motown explotó: un incidente menor en un bar clandestino desató una escalada de choques raciales que en cinco días cobró 43 muertos y 1.189 heridos. La nueva película de Kathryn Bigelow, que se estrena el jueves, reconstruye aquel verano infernal.

Las altas temperaturas a veces ocasionan incendios que van más allá del techo del vecino. En los meses de junio y julio de 1967, mientras Estados Unidos se bañaba con 35 grados de calor a la sombra, una serie de desafortunados incidentes raciales prendieron como reguero de pólvora en todo el país. Newark, Boston, Cincinnati o Milwaukee, todas ciudades del norte industrial de América, fueron algunas de las caras más visibles de la violencia desatada, pero entre ellas, el emblema fue Detroit. Aquí la población afroamericana reinaba a través del soul, trabajaba a jornada completa para Ford, General Motors o Chrysler, y sufría el azote de la intolerancia promedio de los policías del país.

En rigor, los problemas venían de mucho antes. Al menos desde que a principios del siglo XX gran parte de la población negra de los campos algodoneros del sur comenzó a desplazarse hacia las capitales económicas del norte. Detroit se había ido vaciando progresivamente en su centro urbano, los blancos se fueron refugiando en los suburbios y los afroamericanos vivían (y muchos aún viven) en condiciones cuestionables en el viejo núcleo de la ciudad. Aquella bomba de tiempo social tenía los minutos contados y en cualquier momento todo se transformaba en un polvorín.

Ese estallido es el que narra, no sin antes mostrar un gráfico resumen de la historia de la ciudad, la película Detroit: zona de conflicto. La dirige una mano firme y acostumbrada a la tensión acumulativa: Kathryn Bigelow, la ganadora de un Oscar por Vivir al límite (2008), sobre un desactivador de bombas en Irak, y La noche más oscura (2012), acerca del operativo para matar a Osama Bin Laden. Sólo entre estas dos películas hay 15 nominaciones al Oscar (siete de ellos ganados), lo que convierte a la directora de Punto de quiebre (1991) en la mujer más reconocida en Hollywood. Es, hasta hoy imbatible, sobre todo considerando la dificultad de las mujeres para abrirse paso en la industria del cine.

Muy elogiada por la crítica de su país, Detroit se estrenó el 25 de julio en Estados Unidos, coincidiendo con los 50 años de los conflictos de 1967. Es, desde ya, una de aquellas producciones que debiera entrar a la carrera por los premios Oscar, sobre todo por las credenciales de Bigelow y el gran trabajo de actores como John Boyega o Will Poulter. Al mismo tiempo es un caso curioso de mímesis con la realidad que describe: tal como sus obliteradas víctimas afroamericanas, la película no es tan mencionada entre las favoritas en la temporada de premios. Es como si la incómoda realidad que describe fuera un evidente problema para algunos, un asunto no digno de ser reconocido en el podio de la congratulación anual del cine americano.

Un largo verano

Los enfrentamientos de Detroit de 1967, los más graves de Estados Unidos detrás de las protestas de 1863 en Nueva York y los disturbios de Los Angeles de 1992, terminaron con un triste saldo de 43 muertos y 1.189 heridos. En la misma época y a escala de país, se repartieron 159 conflictos en 15 ciudades, con 76 víctimas fatales. Los medios llamaron a los disturbios, acertada pero frívolamente, “el largo y cálido verano”.

En Detroit: zona de conflicto, las cosas empiezan con una redada de rutina a primeras horas de la madrugada del 23 de julio de 1967. Los policías, entre ellos también uno de color, allanan un bar y casa de juegos clandestina en el segundo piso de un inmueble de la calle 12th Street. Manos arriba, cuerpos contra la pared, búsqueda de armas, gritos. Luego todos abajo, mujeres y hombres, negros por supuesto. La operación dispone de los suficientes carros policiales para llevarse a los detenidos, pero no el personal ni el equipo para enfrentar un grupo de manifestantes que empieza a lanzar piedras, bombas caseras y letreros cogidos de las calles. Literalmente, los uniformados deben salir arrancando con la cola entre las piernas del vecindario.

Los disturbios aumentarán durante cinco días más y el gobernador George W. Romney llama a la Guardia Nacional de Michigan y a dos divisiones del Ejército para echarle más bencina al incendio racial. Aquí la película ya arde y la cámara movediza de Bigelow y su fotógrafo Barry Ackroyd muestra a los policías blancos Krauss (Will Poulter) y Flynn (Ben O`Toole) durante una tarde de patrullaje. El odio y el resentimiento se escapa en sus diálogos: “Esto es una zona de guerra. Parece el maldito Vietnam. Miren lo que le han hecho a nuestra ciudad. Nadie creería que es América”. Phil Krauss, un novato sádico hasta el hartazgo, baja del auto cuando ve a un joven negro salir de una tienda con una bolsa en sus manos. Tal vez robó. Krauss lo persigue, le dice que pare, le dispara por la espalda, lo mata. Poco después su superior lo comenzará a investigar por asesinato, pero aún le permite seguir trabajando. Es una decisión fatal.

La película es un prodigioso trabajo de ensamblaje y poco a poco varias historias paralelas caen en el embudo de un gran pasaje culminante: el de los asesinatos de tres afroamericanos en el Hotel Algiers. Ahí van a parar a mitad de la noche el cantante de soul Larry Reed (Algee Smith) y su amigo Fred (Jacob Latimore). Larry tiene una excelente voz y llega a las notas altas con la facilidad de los mejores. Integra el grupo de soul The Dramatics y está algo aturdido, confundido: su banda no pudo tocar en el teatro debido a los disturbios callejeros y perdieron, tal vez, la oportunidad de un contrato millonario con Motown, el gran sello del soul.

Larry y Fred conocen a dos chicas blancas en el hotel, van a la habitación de tres amigos negros de una de ellas: beben, fuman, escuchan música, se besan. Hay soul, blues y jazz en el tocadiscos. Se escucha al saxofonista John Coltrane, que acaba de morir hace una semana. A una de las muchachas le gusta el sonido del creador de Love Supreme, pide que dejen la música, hace el amor con Larry. Después, Carl (Jason Mitchell) comenzará a hacerse el payaso con una pistola de juguete, se pasará de la raya y disparará fuera de la ventana: basta sólo eso para que el ejército, la guardia nacional y, no faltaba más, los policías Phil y Flynn empiecen la búsqueda de un “francotirador”.

Al mismo tiempo, en un almacén del barrio, Melvin Dismukes (John Boyega) trabaja como guardia de seguridad y se ha hecho amigo de unos soldados. Es inteligente, pero también se salva el pellejo. No lo sabe, pero será el único negro que no sufrirá el brutal interrogatorio y posterior golpiza con consecuencias mortales que el desviado Phil y sus policías harán en el Hotel Algiers. Todos, de alguna manera, se lavarán las manos, al ser testigos de lo que los uniformados de Detroit hacen en el hotel. A Krauss y Flynn los mueven las emociones más primarias: no pueden soportar que dos chicas blancas de Ohio estén en la misma habitación con negros pobres de Detroit.

No conviene adelantar mucho más de una historia que, por lo demás, está descrita en los anales de la historia americana. Aunque escrita con minúsculas, no como la podrían narrar los vencedores. En los créditos finales, los responsables de la película dejan en claro que muchos de los hechos debieron ser reconstruidos a partir de pistas aún incompletas. Varios de estos crímenes raciales fueron a parar a cortes con jurados blancos que les perdonaron la vida a los imputados. Otros fueron sepultados por la negligencia, como la de aquel oficial de Detroit que dejó que uno de sus locos sueltos siguiera patrullando en una ciudad en llamas.

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