Culto
Roman Polanski: “Tuve fantasías de venganza tras el asesinato de mi esposa”

Roman Polanski: “Tuve fantasías de venganza tras el asesinato de mi esposa”

El autor de El pianista habla sobre la muerte de Sharon Tate a manos de la pandilla de Charles Manson, recientemente fallecido.

En su despacho parisiense, cerca de los Campos Elíseos, hay un sillón Eames. El respaldo está roto, pero él le tiene cariño a la vieja butaca. La compró con Sharon Tate, su segunda mujer, asesinada en 1969. Su trágica muerte es tan sólo uno de los grandes infortunios de la vida de Polanski. El primero sucedió durante su niñez en el gueto de Cracovia, cuando sus padres, judíos polacos, fueron enviados a un campo de concentración. Su padre sobrevivió, pero su madre murió en Auschwitz.

La tercera desgracia ocurrió ocho años después de que Tate fuese asesinada por los seguidores de la secta satánica de Charles Manson, cuando Polanski abusó sexualmente de la adolescente de 13 años Samantha Geimer en Los Ángeles. Fue juzgado en Estados Unidos y pasó 42 días en prisión. Pero cuando había cumplido la pena, el juez se retractó del acuerdo alcanzado por el fiscal de distrito y los abogados de Polanski y Geimer, lo cual provocó que el director huyese a Europa. Volvió a ser detenido en Zúrich en 2009. En septiembre, Geimer dijo a Der Spiegel que hacía mucho tiempo que lo había perdonado.

Polanski, nacido en París en 1933 y criado en Polonia, es tal vez el director de cine más célebre de Europa, famoso por clásicos como El bebé de Rosemary (1968) y Chinatown (1974). En 2003, ganó el Oscar a la mejor dirección por El pianista. Cumplió 84 años en agosto. Una de sus más recientes películas, La venus de las pieles, es la adaptación de una obra teatral del estadounidense David Ives, y Emmanuelle Seigner, esposa de Polanski, es la protagonista.



-En la película, la actriz le dice al director: “Tú eres el director. Tu trabajo es torturar a los actores”. ¿Es usted el que habla?

-Desde luego, a la larga he torturado a los actores. No intencionadamente, por supuesto. Pero a veces los actores tienen dificultades para aceptar su papel, en particular los hombres. A los hombres no les gusta en realidad aceptar órdenes. Cuando diriges a mujeres, ese problema no existe.

-¿Es posible que se entienda mejor con las actrices porque hay una especie de tensión sexual entre ellas y el director?

-Es posible.

-También fue pareja de Nastassja Kinski, que era una adolescente, cuando rodó con ella Tess en 1979.

-¿Lo único que le interesa para su artículo son mis mujeres?

-Es usted quien ha hecho una película precisamente sobre la relación entre un director y una actriz. ¿No podría suponer que todo eso algo tiene que que ver con su vida?

-No trate de buscar falsas excusas para hacerme esas preguntas. Ya soy mayorcito. He mantenido relaciones estrictamente profesionales con la mayoría de las actrices. De hecho, prácticamente con todas ellas, con la excepción de Emmanuelle, Sharon y tal vez Nastassja. Nastassja y yo ya no estábamos juntos cuando rodé Tess. No, sólo ha habido dos mujeres en mi vida. Una vez tuve… sabrá que Sharon Tate era mi esposa. La conocí durante el rodaje de El baile de los vampiros.

-Y se enamoró.

-Desde el primer momento, cuando estábamos rodando en los Dolomitas.

-En su autobiografía cuenta que tomaban LSD juntos y escuchaban música, y que así fue como empezaron su relación.

-Eso fue antes de empezar a rodar. Por supuesto, no tomamos LSD durante el rodaje. No olvide que entonces el LSD todavía era legal. Pero a Sharon y a mí no se nos concedió un futuro juntos. No duró mucho.

-En agosto de 1969, varios miembros del grupo de Charles Manson asesinaron a su esposa y a cuatro amigos en su casa de Los Ángeles. Tate esperaba un hijo suyo.

-Antes solía preguntarme cómo logré superar esa época.

-¿Y sabe la respuesta?

-Ya no pienso más en ello. Tenía que llegar el momento en que dejase de pensar. Cuando ocurrió, mis amigos me decían que tenía que volver al trabajo, pero es imposible trabajar en esa situación. Eres incapaz de hacerlo. Sólo el tiempo trae auténtico consuelo. Nada más.

-¿Cuánto tardó usted?

-Mucho. Poco después del asesinato, me vi con un amigo, un siquiatra. Me dijo que tardaría al menos cuatro años hasta que pudiese funcionar otra vez con normalidad. Entonces me pareció mucho tiempo, pero resultó ser más de cuatro años. Me pregunto cómo un siquiatra puede equivocarse tanto.

-En su película de 2002, El pianista, saldó las cuentas con sus recuerdos como sobreviviente de la ocupación nazi en Polonia. ¿Habla usted de ello con sus hijos?

-Es complicado. Intento recordar mi relación con mi padre. Después de que él regresara del campo de concentración de Mauthausen, a veces se reunía con otros supervivientes. hablaban del horror y de cómo sobrevivieron.

-¿Era consciente de lo que estaba ocurriendo cuando los alemanes invadieron Polonia?

-Yo tenía seis años, pero sí, era consciente. Los adultos llevaban años hablando de eso. De su miedo, del odio, de la resistencia patriótica de Polonia contra los alemanes. Los primeros alemanes que vi eran soldados que marchaban por Varsovia. ¿Recuerda la secuencia de El pianista? Es exactamente como yo lo viví. Los mirábamos, y muchos les volvieron la espalda. Mi padre estaba a mi lado y me dijo en polaco: “Esos cabrones. Esos cabrones”.

-Vio cómo se llevaban a su padre a un campo de concentración.

-Yo corrí hacia él. Pero me alejó diciendo: “¡Vete! ¡Vete!”. Sé que estaba intentado salvarme la vida. Por instinto, yo quería mantenerme al lado de mi padre. Habría usado cualquier excusa posible para estar con él. Un niño es optimista por naturaleza; cree que todo acabará bien. Sin embargo, yo sabía lo que había en juego. En ese momento, la muerte estaba al acecho, así que hui. Así es como mi padre me salvó la vida.

-Para entonces ya habían deportado a su madre. ¿Ustedes sabían que ya no estaba viva?

-No. Sabíamos que la habían llevado a un campo de concentración, a Auschwitz. Yo creí siempre que volvería algún día. Después de la guerra, cuando mi padre ya había vuelto, seguía creyendo que mi madre estaba viva.

-¿Fantaseó con vengarse con quienes mataron a su esposa?

-Por supuesto que se fantasea con la venganza. Si me hubiese encontrado con uno de ellos inmediatamente después, probablemente habría reaccionado justo de esa manera. Pero dentro de mí también está la voz racional, mis convicciones. Siempre he estado en contra de la pena capital. Aunque entonces me enfrentaba a la pregunta de si esa gente debería ser condenada a esa pena, y qué se conseguiría con eso. Para el mundo fue un acontecimiento, pero, ¿qué pasaba conmigo? Mi amor se había ido. Al final, ¿qué más daba cómo me lo habían arrebatado, si por un cáncer o por un ataque al corazón? Cuando se pierde a alguien, se pierde a alguien. Las circunstancias se suman a la tragedia, pero sólo para los extraños, no para la persona afectada personalmente.

-Después de eso dejó Los Ángeles y se fue a vivir a Europa. Sin embargo, cuatro años más tarde, en 1973, volvió a Hollywood y rodó Chinatown.

-No quería volver nunca. A Bob Evans, el jefe de Paramount, le costó mucho convencerme, igual que a Jack Nicholson. Pero una vez que estuve allí, empecé a vivir de nuevo: fiestas, amigos, chicas. Entonces era otro planeta. Cuando hoy pienso en esa época, me parece como si hubiese vivido en otro planeta. La atmósfera y la gente eran diferentes. La gente se divertía precisamente porque la alegría de los sesenta se había acabado. La gente era feliz. Y, por supuesto, no había sida. Más tarde, el sida terminó con todo eso.

-En esa época, Jack Nicholson y usted se hicieron amigos.

-Protagonizó Chinatown. Pero ya éramos amigos antes. A menudo venía a visitarme a mi casa de Gstaad. Le enseñé a esquiar.

-Samantha Geimer, de quien usted abusó sexualmente en casa de Nicholson cuando ella tenía 13 años, acaba de escribir su autobiografía. Gran parte del libro está dedicado a usted.

-Estoy casi seguro de que probablemente no será como yo lo recuerdo.

-No le guarda rencor.

-Todo lo que puedo decir es que siento de verdad lo que le ha pasado todos estos años y la manera en que ha sido arrastrada por los medios de comunicación. Yo siempre intenté mantener su nombre al margen hasta que todo esto se difundió. Creo que ya no tengo nada más que decirle sobre el tema.

-Escribió una carta de disculpas a Geimer en 2009.

-Porque la había visto en televisión. Para mí fue importante verla por fin.

-¿Es posible que ahora que usted tiene una hija vea de otra manera el abuso de una chica de 13 años?

-Mire, yo tuve a mi hija muchos años después del incidente. Ya han pasado más de 35 años. Dígame sólo una cosa: ¿Le parece que ya he estado bastante tiempo en libertad condicional? Si usted fuese el supervisor de mi libertad condicional, ¿diría que ya está bien? Y sigo cargando con las consecuencias. Esa es una razón por la que evito a la prensa. Para mí una entrevista es algo desagradable. ¿Por qué debería someterme a eso? Desde luego, sumergirme de nuevo en las tragedias de mi vida con usted es desagradable para mí. La historia del incidente con Samantha no tiene fin.

-¿Cómo fue la experiencia de pasar dos meses en una cárcel suiza en 2009?

-Gracias por preguntarlo. ¿Cómo piensa usted que fue? Fue malo para mi familia, en particular para mis hijos. Sufrieron mucho. Perder casi un año a tu padre es terrible a esa edad. Y yo tenía que terminar el montaje de El escritor fantasma. No poder entregar una película es lo peor que puede suceder. Las vidas de cientos de personas y un montón de dinero dependen de ello. Tenía un viejo computador en la cárcel, pero no había Internet.

-Es que era la cárcel.

-Por eso me enviaron el premontaje a la cárcel en un DVD. En un momento dado hablé con el director de la prisión. Casi se avergonzaba de tener que mantenerme encerrado. Me dijo que no había problema, que mi montajista podía venir a la cárcel y traer su equipo. De esta manera, nos sentamos en una habitación donde los presos normalmente pelaban cebollas y editamos la película. Había un olor a cebollas tremendo. El alcaide y yo nos hicimos amigos.

-¿Cree que, de algún modo, las penalidades de su vida han hecho de usted el artista que es ahora?

-Así que usted es de los que creen que un artista tiene que sufrir. ¿Quiere decir que ha sido una suerte para mí pasarlo tan mal?

-Eso suena un poco cínico.

-No soy cínico.

-A pesar de todo, al final, ¿ha llegado a ser feliz?

-Sí, a pesar de que, en algunos momentos de mi vida, no me lo hubiese podido imaginar.

-Debe de ser una persona optimista.

-De lo contrario, hoy no estaría aquí con usted. Dudo que hubiese sobrevivido si fuese un pesimista.


* Por Philipp Oehmke y Martin Wolf, de Der Spiegel. Publicado en La Tercera en diciembre de 2013.

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