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Culto
El mapa negro del horror

El mapa negro del horror

El tema de la esclavitud en Estados Unidos ha sido tratado con maestría por varios escritores de renombre. Colson Whitehead, el autor de esta magistral novela llamada El ferrocarril subterráneo, es el último entre ellos.

Además de referir a una expresión en clave que se utilizaba para denominar a una extendida red de apoyo antiesclavista, el tren bajo tierra al que alude el título de la escalofriante novela de Colson Whitehead realmente existió como tal y tuvo, cómo no, un propósito humanitario: facilitar la fuga de esclavos desde el sur de Estados Unidos, donde la esclavitud era legal, hacia lugares en el norte en los que los afortunados que conseguían beneficiarse de la operación secreta podían ser tratados casi como seres humanos, lo que ya es bastante decir, considerando las aberraciones que padecieron los africanos y sus descendientes en las plantaciones sureñas.

Construido bajo tierra a principios del siglo XIX, el ferrocarril era operado por abolicionistas blancos y por negros que, por alguna u otra razón, fuese legal o no, se habían liberado del látigo y el cepo que los vio nacer. Cora, la protagonista del libro, cree a ratos pertenecer a este último grupo, aunque pronto se da cuenta de que la esclavitud es una maldición que dura de por vida, al menos en lo que concierne a traumas, cicatrices en la piel morena y sombras acechantes.

El tema del sometimiento y la explotación que sufrieron los negros en Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX ha sido tratado con maestría por varios escritores y escritoras de origen africano, como Frank Yerby, Maya Angelou y Toni Morrison. Colson Whitehead, el autor de El ferrocarril subterráneo, es el último entre ellos (nació en 1969), y con esta novela brutal obtuvo el Premio Pulitzer 2017. El libro, centrado en Cora, consiste en las desventuras de tres generaciones de esclavas -abuela, madre e hija-, desde la partida del puerto africano de Ouidah, hasta el miserable día a día que las mujeres soportaban en una plantación algodonera de Georgia. Poco dado a las licencias de la fabulación, y sin duda que valiéndose de los innumerables testimonios históricos que existen al respecto, Whitehead compone un mapa del horror que cobra una siniestra trascendencia en la actualidad, ahora que vemos casi a diario cómo el racismo contra los afroamericanos es una fuerza latente y poderosa en Estados Unidos, país que, paradójicamente, se desangró a sí mismo en una guerra civil para evitar que algo así continuase ocurriendo.

Los dueños de la plantación Randall en Georgia, lugar en el que transcurre parte del relato, no son seres especialmente abyectos o despreciables. O sea, vaya que lo son, pero con esto quiero decir que no son personas diferentes a sus pares: la infamia resulta ser la costumbre extendida entre los llamados planters. Otro tanto podría decirse de los cazadores de esclavos fugitivos, entre los que destaca el forajido Ridgeway, un personaje que en muchos sentidos evoca a los más despiadados canallas creados por Cormac McCarthy. El tipo ganó su renombre gracias a la “facilidad con que garantizaba que la propiedad siguiera siéndolo”. Mabel, la madre de Cora, fue una de las pocas presas que consiguió escapar de Ridgeway. Y el vínculo que a lo largo de la novela se desarrolla entre el cazador y Cora viene a ser uno de los ejes dramáticos mejor logrados de la literatura contemporánea.

“En esa zona del país la literatura abolicionista era ilegal. Los abolicionistas y simpatizantes que visitaban Georgia y Florida eran expulsados, azotados e insultados por turbas, embreados y emplumados. Los metodistas y sus sandeces no tenían lugar en el corazón del Rey Algodón. Los hacendados no toleraban el contagio”. La complacencia y la indiferencia del hombre blanco, niños incluidos, ante los diferentes tipos de escarmientos, torturas y asesinatos dispuestos para los negros es un rasgo más de aquello que primero sorprenderá, luego inquietará y finalmente paralizará de espanto al lector no familiarizado con la cultura esclavista de Estados Unidos. En las afueras de un pueblo de Carolina del Norte, por ejemplo, “los cadáveres colgaban de los árboles como adornos en descomposición. Algunos estaban desnudos, otros parcialmente vestidos, con los pantalones manchados donde habían vaciado las tripas al partírseles el cuello”. La visión no perturbaba a nadie, y a la horrorosa hilera de muerte y putrefacción el ingenio blanco la denominaba, con sarcasmo infamante, “Senda de la Libertad”.


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