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Culto
La historia de Popeye, el sicario

La historia de Popeye, el sicario

Ha aparecido, con otros nombres, en todas las series sobre los criminales de la droga colombianos. Jhon Jairo Velásquez, sicario del Cartel de Medellín, cuenta en dos libros el auge y caída de Pablo Escobar.

Su cumpleaños número 42, el narcotraficante colombiano Pablo Escobar Gaviria lo pasó en la cárcel. Pero en la lujosa prisión que se había construido a su medida, sin aislamiento ni tristeza: celebraba con su familia y amigos, untando buñuelos con caviar. “Patrón, esto lo voy a poner en el libro, cuando escriba la historia del Cartel de Medellín”, le dice uno de sus hombres, un asesino por encargo que parece tener inquietudes literarias. Escobar lo mira y le dice: “Los muertos no escriben libros”.

Esto ocurría en 1991. Dos años después, el que estaba muerto era Escobar y pasado un cuarto de siglo, el hombre que le hablaba aún vive. Se llama Jhon Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye. No escribió una historia del Cartel de Medellín, pero sí un par de libros en relación a su jefe, mentor e ídolo. En uno de ellos, como la anécdota del cumpleaños, recuerda el día en que conoce a Escobar (”el Capo de Capos, el Señor, el Patrón, el Jefe, el hombre más temido, poderoso y rico de Colombia”), día que considera uno de los mejores de su vida.

El “camino de perfección” de Popeye -el apodo le viene de su paso por la Escuela de Grumetes- va de ser un criminal menor a chofer de una de las amantes de Escobar para transformarse, según se ufana, en algo así como su sicario de cabecera, mano derecha, lugarteniente, secretario privado y amigo. Todo indica que más bien era uno de los varios asesinos del cartel, cercano a Escobar, pero no demasiado, algo así como un “mando medio”. Pero a Popeye le gusta darse importancia y asumir protagonismo.

Sus dos libros son de recuerdos: El verdadero Pablo, escrito por la periodista Astrid Legarda, publicado originalmente en 2005, y Sobreviviendo a Pablo Escobar, sobre sus más de 20 años en la cárcel, que inspira la serie producida por Netflix.

En el trasfondo de ambos libros está Colombia como un país dividido, asolado por las diversas “guerras” internas, la corrupción de su clase política y de sus instituciones. En ellos Popeye es testigo del auge y caída de narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares y más que testigo de la violencia: en su “currículum vitae” (o “mortae”) se atribuye cerca de 300 asesinatos por su propia mano y la participación en otros 3.000, además de coordinar al menos 200 carros bombas.

El retrato de Escobar por Popeye está atravesado de historias conocidas: sus orígenes modestos y su esforzada ética del trabajo delictivo, una truncada incursión política, la Hacienda Nápoles, provista de un zoológico; también destaca sus “virtudes”: la sangre fría, la sencillez, la lealtad con sus amigos (hasta que dejaban de serlo), su lejanía del vicio (sólo consumía marihuana y cerveza), la vida familiar ejemplar, el amor a toda prueba por su esposa, no limitado por la fidelidad, pues tuvo infinidad de novias de paso, incluidas reinas de belleza y modelos. Un episodio lóbrego dice relación con una de ellas, Wendy Chavarriga (quien fuera luego amante de Popeye), a quien Escobar le ordenó ejecutar cuando supo que daba información a la policía.

Aparecen otros entresijos del Cartel de Medellín. Cómo se logró contacto con un integrante del grupo vasco ETA, experto en explosivos, quien “educa” en la práctica del terrorismo con carros bomba. Cómo se construyó la cárcel de la Catedral, que más parecía un hotel cinco estrellas. Cómo en ella se asesinó a Gerardo “Kiko” Moncada, ex socio de Escobar, de manera truculenta.

Según su relato, Popeye participó directamente en algunos crímenes cruciales de las últimas décadas colombianas. Estuvo a cargo, en 1988, del secuestro de Andrés Pastrana, hijo de un expresidente, entonces aspirante a la alcaldía de Bogotá y quien más tarde sería también presidente: el objetivo era que su padre utilizara su poder político para presionar por la no extradición de colombianos a EEUU, la causa “patriótica” de los narcotraficantes. También Popeye habría suministrado el arma para el magnicidio del candidato presidencial Luis Carlos Galán en 1989 y estaría implicado en el atentado del vuelo de Avianca del mismo año, con 110 muertos.

Entre los detalles más controversiales está el supuesto apoyo económico de Escobar a la toma del Palacio de Justicia, en 1985, a manos del movimiento guerrillero M-19, cuando mueren más de 100 personas. Por otra parte, Popeye señala que además de las relaciones con Panamá o Nicaragua, había una conexión con México y Cuba que permitía el tráfico de cocaína con el conocimiento de Fidel y Raúl Castro: según el sicario él mismo le entregó una carta a Gabriel García Márquez en México, quien habría sido el enlace entre el narcotraficante y los Castro.

Con todo, sus “revelaciones” han de tomarse con más de un grano de sal, pues algunos detalles parece haberlos conocido sólo de oídas y otros son imposibles de ratificar.

Cuando empieza a derrumbarse el Cartel de Medellín, Popeye deja a Escobar y se entrega a la policía. Sobreviviendo a Pablo Escobar es la crónica de ese tiempo. Pasaría 23 años y 3 meses en distintas cárceles de alta seguridad.

La división del país se reflejaba en la división al interior de aquellas, entre los grupos armados ilegales de extrema derecha y los grupos armados de extrema izquierda: paramilitares y guerrilleros, respectivamente. Para sobrevivir, Popeye se muestra siempre servicial, siempre dispuesto al sacrificio. En realidad, se volvió escudero de algunos “prohombres” que llegaron a las cárceles donde estuvo. Las antiguas categorías de amigo-enemigo del Cartel de Medellín ya no sirven.

El listado de personajes con los que se cruza Popeye es intimidante: todo tipo de asesinos y criminales. Todos ellos se irán de Colombia o de este mundo: serán suicidas o asesinados o extraditados. Sólo Popeye sigue allí, por lo que reza todas las mañanas. En agosto de 2014 es liberado, no sin miedo: “Sobreviví en cautiverio, pero no sé si lograré vivir en libertad…”.

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