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Culto
Puros cabros lesos

Puros cabros lesos

Los personajes de Terriers, el libro de cuentos de Constanza Gutiérrez, están adormilados bajo la mediocridad legamosa con que fueron creados: cuando hablan, dan pena; cuando piensan, yerran; cuando especulan, fracasan.

Nacida en Castro el año 1990, la escritora Constanza Gutiérrez publicó en 2014 la novela breve Incompetentes, en donde hablaba de la toma de un colegio desde el punto de vista de unos muchachetes alzados. Ahora, Gutiérrez presenta Terriers, un librito compuesto de siete cuentos que protagonizan jóvenes y niños que tienden a menospreciar a sus padres, y a los adultos en general, a través de actitudes infantiles, taimadas, arbitrarias y poco consistentes. A ello se suma una prosa simplona, descuidada, repetitiva y esencialmente olvidable. Para peor, la autora no demuestra muñeca o soltura en el manejo del género ni en sus fronteras dramáticas: estas narraciones son tan incorpóreas y planas como una moneda de cinco pesos, y, claro, si de redondear se tratase, sería inevitable apostar por el valor mínimo.

Los personajes de Gutiérrez no brillan por su inteligencia, ni por su profundidad espiritual, ni por su capacidad de enfrentar las circunstancias vanas en que se desenvuelven demostrando algún atisbo de originalidad o arrojo. Están como adormilados bajo la mediocridad legamosa con que fueron creados, sin ninguna esperanza de escapar a tamaña maldición. Cuando hablan, dan pena. Cuando piensan, yerran. Cuando especulan, fracasan. En resumen, se trata de un conjunto de cabros lesos sin posibilidades de eludir la puerilidad impuesta, incapaces de sustraerse de uno de los peores rasgos del infantilismo narrativo: aquel candor que, por lo general, tiende a sacar de quicio al lector bienintencionado.

Las declaraciones caprichosas, es decir, intempestivas y sin sustento, son una muestra de lo que acabo de decir: “Cómo podría enterarse cualquiera de lo terrible que es ver que existen familias felices”, acota una muchacha que se cree más lista de lo que es en el cuento titulado “Marrón Glacé”. Las simplificaciones burdas de la adultez también son parte de la misma trenza, mientras que la pobreza de recursos metafóricos, la falta de imaginación, queda bien expuesta en la siguiente frase cursilona de la protagonista de “Mowgli”: “No me ofende tener algo usado ni fantaseo con el momento en que, por arte de magia o a puro ñeque, mi esposo pueda comprarme perlas y diamantes. Las joyas falsas brillan igual, y también lo hacen las gotitas de rocío sobre el pasto, los destellos de luz sobre el mar y los techos de zinc al calor del sol. Me basta con tener a alguien que me quiera a mí, sólo a mí”. Algunas páginas más adelante, la mujer también revela cierta estrechez de mollera al proferir un anhelo patético: “Creo que quería tener, yo también, una doble vida, pero no se me ocurría dónde encontrarla”.

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El acercamiento a la homosexualidad masculina planteado en el cuento “No te vayas dentro” es tan caricaturesco que las razones que da el protagonista para detestar a las mujeres, lejos de ofender a alguien, únicamente producen irrisión: “He visto hombres hincados atándoles los cordones de los zapatos a una niña. He visto compañeros de curso que cargan la mochila de su polola cuando caminan juntos a casa. He visto parejas en una tienda, al hombre pagando una compra para ella y cargando las bolsas después. He visto la esclavitud y la pérdida absoluta de la dignidad”. Pues bien, ese mismo cretino, luego de hacer una escenita en una disco rural y retirarse despechado, admite haber amanecido al día siguiente con “una caña infernal”, algo bastante inexplicable, ya que sólo compró un vaso de alcohol y lo lanzó a la pista de baile casi lleno antes de largarse.

Leserillas como la recién mencionada abundan en estos cuentos fatales, así como también se deja ver alguna que otra falta de ortografía. Lo más grave, sin embargo, no va por allí: Constanza Gutiérrez no distingue la diferencia entre un sustantivo y un adjetivo (dos veces señala que una televisión es “Argentina”, cuando lo que en realidad debió haber escrito fue “argentina”). Y ante un yerro como tal, es poco o nada lo que se le puede exigir a la autora de Terriers.

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