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Culto
Ser una roca y rodar

Ser una roca y rodar

El cálculo es delirante y algo inútil, pero sugiere que si alguien programara de corrido todas las veces que ha sonado "Stairway to Heaven" en las radios del mundo, desde su estreno en 1971 hasta la fecha, la insigne melodía de Led Zeppelin debería escucharse unos 50 años seguidos y sin parar.

Así de expresiva, y rentable por añadidura, ha sido la presencia de una canción a la que se le atribuye un historial de más de cuatro millones de “toques radiales” (con ganancias derivadas cercanas a los 550 millones de dólares) y que hoy enfrenta una muy tardía e inexplicable acusación por plagio.

Los datos que se han difundido en las últimas semanas son los siguientes: antiguos integrantes de un olvidado grupo estadounidense llamado Spirit, activo en una primera etapa entre 1967 y 1973, argumentan que uno de sus instrumentales llamado “Taurus”, de 1968, tiene la misma figura de guitarra que Jimmy Page ocupa en la introducción de “Stairway to Heaven”, editada tres años después.

¿Tiene la misma figura? Sí, la tiene. ¿Pudieron haber sabido los miembros de Led Zeppelin de la existencia del tema de Spirit? Sí, porque telonearon a los californianos dos veces en Estados Unidos entre 1968 y 1969. ¿Hay plagio, así como ha sido presentado en este caso, es decir, como si se tratara de un robo descarado o de un vulgar cogoteo? No, porque aunque es muy discutible si está bien o no acreditar una “inspiración” (quizás hubiera sido lo más recomendable), concluir a partir de esos exactos diez segundos de semejanza que Robert Plant y compañía le robaron a unos viejos amigos gringos su composición más célebre, es derechamente no entender nada.

De haber sido tan fácil dar con una canción como esta, y, en el caso de Spirit, habiendo estado tan “cerca” y con tanta ventaja, la hubieran terminado ellos. Pero si no lo hicieron fue precisamente porque eran los británicos los del talento y la ambición por componer ese gran himno que cerraría el disco que en ese momento simbolizaba su retorno a las grandes ligas como pasó con Led Zeppelin IV (1971). Y aunque para muchos ha sonado más de la cuenta y para otros tantos resume algunos de los vicios más visibles del rock de la época (los ocho minutos y dos segundos de duración, la imaginería del ocultismo, el largo solo de guitarra, etc.), pocos están dispuestos a rebatir su calidad de himno. Porque ése es el verdadero triunfo de “Stairway to Heaven”. Ni siquiera instrumental, lo que derriba la curiosa argumentación de la actual demanda. Su importancia es que es la puerta de entrada a un catálogo más decisivo y trascendente. Un tutorial abierto a una época en que el rock, el rock de grupos como Led Zeppelin, ampliaban los márgenes y deliraban con la posteridad. Por eso lo de Spirit, lejos de ser reivindicatorio, es un ejercicio torpe y sin sentido.

Como un rayado en la puerta de una catedral.


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